"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

2 de noviembre de 2017

España libre


Artículo publicado en el Blog del General Dávila

Si yo fuera un hombre verdaderamente libre , proclamaría, sin temor a ser tachado de fascista o cavernícola y ser excluido de la impostada corrección política, que el origen de la gravísima situación a la que se ha llegado en Cataluña está en los vicios del llamado “consenso constitucional” de la transición que posibilitaron la nefasta redacción del artículo 2 de la Constitución y el modelo de organización territorial del Estado reflejado en el Título VIII de la Carta Magna.

Si yo fuese un español libre y no temiera ser condenado ad perpetuam al exilio interior por los cansinos voceros de la impostada moderación y la componenda, pediría la supresión del Estatuto de autonomía en aquellas comunidades o regiones en las que no estuviera suficientemente garantizada la lealtad a España y a su unidad territorial. Porque la descentralización administrativa debe servir para acercar el Estado a los ciudadanos y no para alejar a éstos de su nación, crear naciones inexistentes y centrifugar para siempre el Estado nacional.
Si yo fuese libre y no esperara las represalias de sectarios e intolerantes y el azoramiento de los blanditos, exigiría que se respetase mi derecho constitucional a utilizar la lengua española en todo el territorio nacional, a dirigirme a todos los tribunales y administraciones autonómicas y municipales en español y a que se me conteste en dicha lengua oficial común de todos los españoles. En definitiva, a sentirme igual de español en todos los rincones de mi patria.
Si yo fuera verdaderamente libre o tuviera una Constitución como la de la República Federal Alemana, exigiría la inmediata ilegalización de todos aquellos partidos políticos y organizaciones que propugnen la secesión e inciten al odio a España y a sus instituciones y señalaría con el dedo acusatorio a todos los políticos y gobernantes que desde hace cuarenta años han mirado para otro lado por intereses electorales cortoplacistas, mientras los genios de la disgregación urdían cuidadosamente sus planes para destruir nuestra vieja y gloriosa unidad mediante la manipulación de la historia común y el adoctrinamiento de los niños en las escuelas.
Si hubiera en España políticos libres que no vivieran atenazados por el cálculo electoral, reclamarían sin complejos la reasunción por el Estado de las competencias de educación y seguridad en todo el territorio nacional y establecerían un plan de choque para españolizar a todos los ciudadanos españoles, porque hoy más que nunca es vital que todos conozcan la verdad de nuestra doliente y gloriosa historia, con sus luces y sus sombras y puedan sentir el legítimo orgullo de ser español. Hora es ya de destapar las mentiras que durante décadas han difundido impunemente los nacionalistas vascos, catalanes, gallegos, valencianos y baleares para extirpar de niños y mayores el sentimiento de pertenencia a la nación española.
Si España no viviese bajo el imperio de la corrección política, podríamos reivindicar sin  complejos aquella frase escrita por José Antonio Primo de Rivera hace 83 años advirtiendo que “sin la presencia de la fe en un destino común, todo se disuelve en comarcas nativas, en sabores y colores locales”
 Pero de nada sirve mortificarnos lamentando los errores del pasado sin proponer soluciones de futuro. España hace tiempo que renunció a una empresa colectiva reafirmando su condición de nación más antigua de Europa y al tiempo, de referente cultural, histórico y evangelizador para Hispanoamérica. Aquí seguimos rumiando las leyendas negras inventadas por Antonio Pérez y Guillermo de Orange y se cuentan por miles los estúpidos que califican de genocidas a los conquistadores españoles para guasa de nuestros vecinos franceses que, para más inri, disfrutan cada vez más de nuestra fiesta nacional mientras nosotros no somos capaces de protegerla de los ataques de tanto descerebrado. Aquí seguimos subvencionando películas ordinarias y sectarias sobre la guerra civil y ridiculizando a los héroes de Baler, en lugar de llevar al cine epopeyas como la de Blas de Lezo, Hernán Cortés, Guzmán del Bueno o Moscardó, conocidas en el mundo entero menos aquí, porque el patriotismo, de ser una noble virtud se ha convertido en rancio baldón propio de carcas o fachas. Y, por supuesto, seguimos bajo la estúpida engañifa de la multiculturalidad renunciando a la reivindicación de las raíces cristianas de nuestra civilización.
España está huérfana de referentes del patriotismo, porque merced a la saña de unos y a la cobardía de otros, se está borrando la huella de insignes intelectuales españoles que, como Ramiro de Maeztu, Unamuno, Ortega o Marañón se mostraron en abierta rebeldía contra la decadencia de una España que navegaba sin rumbo a la deriva de su propia destrucción. Una España a la que amaban porque no les gustaba, con afán de perfección.
Si en España triunfa algún día la verdad sobre la mentira, y se abre paso la verdadera libertad, reflexiones como éstas se escucharán y debatirán sin complejos en unas Cortes convertidas hoy, por diputados de la izquierda radical y de los partidos  separatistas, en un patio de Monipodio en el que se miente con contumacia, se insulta impunemente a España, y se falta clamorosamente el respeto a quienes pagamos con nuestro esfuerzo diario un sueldo que no merecen cobrar, ni ellos, ni quienes con su cobardía han colocado a nuestra patria a los pies de los caballos.

Luis Felipe Utrera-Molina Gómez

20 de octubre de 2017

Cartas a mi padre (I)

Querido Papá:

          Hace apenas seis meses que emprendiste, con emocionante serenidad,  tu última marcha por etapas con destino a los luceros, donde recibirías el abrazo alegre de tantos amigos cuyos nombres recitabas en el silencio de cada noche antes de dormir. A medida que ibas despidiendo a tus amigos y camaradas, solías repetir que envejecer no es otra cosa que quedarse sin testigos. Pero a pesar de que fueron legión los que te precedieron en el tránsito, tú jamás envejeciste porque tu corazón, aunque maltrecho, seguía enamorado, continuaba latiendo con arrebatada pasión por tu mujer, por tu familia, por tus amigos (aún por el último y más recientemente adquirido en una tienda cualquiera, en un vivero o en una frutería), pero sobre todo, por España a la que serviste con lealtad hasta el último aliento de tu vida.

               Desde entonces, no ha habido un solo día en que no haya añorado tu voz, extrañado tu aliento y anhelado tu apoyo y tu consejo. He tenido la inmensa fortuna de conocerte a fondo en estos últimos veinte años de mi vida y a medida que te ibas desnudando ante mi madurez, iba creciendo mi admiración por tu figura, por tu entrega incondicional a todas las causas nobles, por haber sabido vivir con el corazón en la palma de la mano, sin miedo a otra cosa que no fuera vivir en la impostura.

               Ahora que me adentro en la intimidad de tus diarios quisiera arrancarle horas a la vida para abrumarte con preguntas, llenar de palabras el espacio de tantos silencios a tu lado y contarte muchas cosas de mí que acaso tú adivinabas con sólo mirarme a los ojos. Y me doy cuenta de la profundidad de tus reflexiones, de la autenticidad de tus sentimientos y del coraje de tus actuaciones, en definitiva, de lo lejos que estoy de llegarte a la suela de los zapatos.
        
Pero hoy quiero hablarte de lo que sucede en España.  Lo único que puedo celebrar es que tú nos contemples hoy con la distancia y ternura metafísica de quien ya ha conocido la Verdad, porque tu corazón mortal no habría podido soportar el triste espectáculo al que día tras día asistimos desde hace meses en Cataluña que no es sino el desenlace previsible de lo que tú advertías ya cuando se discutía el texto constitucional en 1978 mientras ABC estrenaba contigo aquél pie de página en el que no se hacía responsable de la opinión vertida en el artículo.  El monstruo nacionalista alimentado durante décadas por los grandes partidos de gobierno se ha hecho mayor y ya no se contenta con dinero, competencias o apaños judiciales.

Ante el anunciado desafío por parte de la Generalidad que se ha situado al margen de la ley aprobando leyes de desconexión con España, celebrando un referéndum ilegal y controlando una fuerza armada fuertemente politizada de 17.000 hombres, el gobierno de la nación ha mostrado una debilidad balbuceante y una manifiesta falta de previsión, actuando siempre a remolque de las actuaciones del montaraz gobierno catalán. Más interesado en preservar sus perspectivas electorales que en garantizar el cumplimiento de la ley, el gobierno ha tratado de eludir responsabilidades, primero tratando de que jueces y tribunales le hiciesen el trabajo y asegurándose después de no tomar decisión alguna que contase con el beneplácito del Partido socialista que busca pescar en aguas revueltas y juega como siempre a dos bandas por lo que pudiera suceder.

Pero si el gobierno está mostrando una irritable debilidad frente a los sediciosos golpistas, te gustará saber que, ante los balbuceos del gobierno y –lo que es más importante- contra su expresa voluntad, el rey de España supo estar a la altura de las circunstancias, lanzando un mensaje de firmeza en la defensa de la unidad de España y exigiendo el inmediato restablecimiento de la legalidad.  El rey habló a los españoles diciendo la verdad sin ambajes, llamando a las cosas por su nombre –lo que no hacen ninguno de los políticos al uso- y exigiendo el inmediato restablecimiento del orden.   Más te gustará saber de la emocionante reacción patriótica del pueblo español que ha inundado de banderas nacionales los balcones de las ciudades, salió en masa en Barcelona al grito de “Cataluña es España” y reventó las previsiones de asistencia de público en el desfile del 12 de octubre que se convirtió en toda una reivindicación de españolidad y homenaje al Ejército y a las Fuerzas del orden.

Ese pueblo español, dormido durante décadas, no se siente representado hoy por ninguno de los partidos mayoritarios que mercadean de forma vergonzante con el respeto a la ley y la unidad de España  sin atreverse a emplear contra los golpistas toda la fuerza de la ley.  Ese pueblo español contempla anonadado cómo se ofrece continuamente diálogo a los golpistas en lugar de ordenar su detención, cómo mantienen sus puestos, sueldos públicos y el control de las instituciones, desde las que planifican el próximo ataque a la nación y cómo cualquier sospecha de acuerdos claudicantes se torna verosímil. Ojalá toda esa energía nacional liberada pudiera ser encauzada por alguna fuerza política libre de las ataduras de lo políticamente correcto. Ojalá la catarsis que se avecina por la anunciada resistencia de los golpistas pueda ser aprovechada para comenzar sin complejos a desandar un camino centrifugador  hacia el abismo que comenzó hace décadas con vergonzosa irresponsabilidad.

Por mi parte, sólo decirte que, aunque me abruma la responsabilidad, estoy dispuesto a recoger tu testigo. Mi pluma y mi voz no descansarán en defensa de la esencialidad y la grandeza de España y prometo mantener alzada la bandera que con tan limpia dignidad honraste durante toda tu vida, mientras me quede sangre en las entrañas.  

Un abrazo muy fuerte papá.

LFU

10 de octubre de 2017

Los criminales, a prisión.

Puigdemont, Junqueras, Forcadell y Trapero deben ir a prisión, más pronto que tarde, independientemente de lo que hagan hoy, porque los delitos cometidos son gravísimos y el Estado de Derecho no admite excepciones ni privilegios en función de las circunstancias que rodean la comisión del delito. Lo único que pueden hacer hoy es acelerar su detención y provocar la declaración del estado de excepción en Cataluña para proteger los intereses generales de todos los catalanes y españoles. 
Debe quedar meridianamente claro que con los criminales y con los golpistas decididos a quebrar nuestra convivencia y subvertir el orden jurídico no hay nada que dialogar ni negociar. 
Que haya estúpidos demagogos que no sepan contar y prefieran presentar a Pablo Casado como un pirómano por recordar lo que pasó hace 83 años es algo consustancial a una parte de la sociedad que ha perdido el norte, la decencia y la dignidad.
Yo no sé qué pasará esta tarde, pero no puede tolerarse otro espectáculo de fracaso en la previsión, en la coordinación y en la eficacia de la fuerza por parte del gobierno. Y si hay violencia será culpa del miedo y de la falta de determinación del gobierno en impedir ex ante un plan revolucionario ideado al detalle por los nacionalistas desde hace años. Si asistimos a escenas de violencia serán debidas a la planificación revolucionaria y a la falta de coraje para aplicar las leyes y defender la libertad atacada por unos iluminados a los que la sociedad catalana, ahora aterrada ante el precipicio al que se asoma, ha venido dando alas desde hace decenios.

LFU

4 de octubre de 2017

El Silencio culpable . José Utrera Molina

Ante la gravísima hora que vive España, amenazada en su unidad, rescato el artículo que mi  publicó el 22 de junio de 1978 en ABC. Se estaba elaborando la Constitución, concretamente el Título VIII y el artículo -que fue tachado de alarmista y dio origen al primer pie de artículo de ABC desvinculándose del contenido del artículo- resulta leído hoy estremecedoramente profético.  Lo advirtió en 1978, lo siguió haciendo hasta que Dios le dio vida y no había que ser un visionario para verlo. Tan sólo había que ser decente y honrado, cosa que no eran la gran mayoría de los políticos de la transición.

Hay silencios limpios, serenos, honorables, y hay, por el contra­rio, mutismos envilecedores, oscuros y serviles. Hay silencios claros, como el que Maragall ponía en el alma de los pastores. Silencios respetuosos, emocionados, pero hay también silencios sombríos y culpables, silencios del alma, silencios escandalosos, capaces de arruinar, por sí solos, el sentido de toda una vida y de desmentir la autenticidad  de muchas de las lealtades que ayer se proclamaban estentóreamente,  con risueña comodidad, sin la presencia de adversarios amenazantes.

Callar en esta hora significa no solamente desentenderse por completo de un pasado que, de alguna forma, honrosamente nos obliga, sino también una huida de las exigencias del presen­ te y un volver la espalda al reto del futuro. Se atribuye al viejo filósofo Lao Tse la propiedad de una sentencia tan significativa como sobrecogedora: Los más grave padecimientos  -escribía-que gravitan sobre el corazón del hombre, los constituyen el dolor de la indiferencia y el silencio de la cobardía.

Creo que somos  muchos los españoles  que,  sin tener  el ánimo propicio a pronosticar catástrofe, coincidimos en considerar los momentos que vive hoy nuestra patria como graves y decisivos.

La Constitución española se está elaborando en estos días. En el seno de la Comisión Parlamentaria, constituida al efecto, han pasado sus preceptos en medio de silencios estruendosos, hurtados, contra todo pronóstico y esperanza, al gran debate nacional. La consecuencia es que la Constitución no sólo no despierta  ningún entusiasmo  -lo que la época  romántica  del constitucionalismo-, sino que está sumiendo a nuestro pueblo en la confusión y en la perplejidad, al ofrecerle ambigüedades sospechosas que, a cambio de oportunistas consensos de hoy, anuncian larvados enfrentamientos de mañana.

Son muchas las cuestiones graves que han quedado así aplazadas a una interpretación  más o menos audaz de los Gobiernos y los legisladores venideros. No voy a referirme a temas como el divorcio, la libertad  de enseñanza, la estructura  del poder judicial y otros que han sido enunciados.  Hay uno, sin embargo,  que es el que,  en estos momentos,  como español, más me duele y me preocupa,  más me indigna y desasosiega: La sospecha de que esta Constitución pueda ser instrumento liquidador de algo tan sustantivo como nuestra propia identidad nacional.  Atentar contra  ella supone  un crimen sin remisión posible y una traición a nuestra propia naturaleza histórica. Pienso, pues, que la esencialidad española  debe quedar siempre al margen de cualquier alternativa y fuera,  por tanto,  de diferencias ideológicas.

Una Constitución sólo se justifica en el intento de articular la concordia de un pueblo y no propiciar antagonismos  y enfrentamientos. Una Constitución ha de estar dotada  de un ver dadero sincronismo y no acierto a ver en su articulado actual una auténtica confluencia conciliadora; la normativa existente nada tiene que ver con el consenso,  porque  mientras aquélla se asienta  en  los principios -acaso pocos,  pero  imprescindibles- que deben configurar el ser nacional y la voluntad de un proyecto común de futuro, más allá de las opiniones de los partidos, éste se establece sobre la ambigüedad y el travestismo político de las palabras  aptas  para  acoger,  bajo su equívoco ropaje, los más escandalosos cambios de sexo. No se pretende la exaltación de la diversidad,  sino el puzzle. No se busca  la necesaria descentralización, sino el mosaico gratuito. Estamos asistiendo a una malversación de fondos históricos.

Tal es el caso del término “nacionalidades”, auténtica bomba de relojería, situada,  consciente o inconscientemente,  por los muñidores del consenso, bajo la línea de flotación de la unidad nacional.

No pretendo entrar en disquisiciones semánticas o históricas que, por otra parte, se han hecho ya y se harán -así lo espero-con mucha mayor autoridad. Como político o como simple español de a pie no puedo ver en ese término otra cosa que la enquistada pretensión de una explotación futura amparada  en su reconocimiento constitucional.

El que afirma que el problema de aceptar o no la voz nacionalidades se reduce a una cuestión terminológica, o no tiene sentido de la política, ni de la Historia, o no obra de buena fe. En política no hay palabras  inocuas cuando se pretende  con ellas movilizar sentimientos. El término nacionalidad  remite a nación o Estado. Cuando alguien dice recientemente que Cataluña es la nación europea, sin Estado, que ha sabido mantener mejor su Identidad,   resulta  muy difícil no ver, por  no decir imposible, que se está denunciando una «Privación del ser», que  tiende  «A ser colmado  para  alcanzar  su  perfección»,  y preparando  una sutil concienciación para reclamar un día ese estado independiente a que la imparable dinámica del concepto de nacionalidad  habrá de conducir hábilmente  manejada.  El propuesto cantonalismo generará la hostilidad entre vecinos, la rencilla aldeana y el despilfarro del común  patrimonio. Se está haciendo  la artificial desunión  de España  y, además,  sin explicarle al pueblo lo que le van a costar las tarifas. Se quiere parcelar lo que está agrupado,  malbaratando siglos de Historia. Cuando  otros se esfuerzan en aglutinar lo distinto, aquí se pretende  desguazar lo aglutinado y cuando se sueña  con una Europa  unida aquí parece como si se persiguiera el establecimiento de pasaportes  interiores que habría que mostrar cada vez que cruzáramos una región.

Frente a esta peligrosa ambigüedad  hay que afirmar, una y mil veces, que la nación española es una y no admite, por tanto, subdividirse en nacionalidades. España  creó hace siglos una nueva fórmula de comunidad humana, basada en una realidad geográfica, cultural e histórica. Fue un hallazgo moderno,  con sentido de universalidad. Cambiar el curso de la Historia, incorporando a la nueva Constitución estímulos fragmentadores, es mucho más que un disparate colosal, es alentar hoy la traición de mañana,  y me anticipo a negar mi acto de fe en una Constitución que se inicia con esta amenaza.

Creo que hay que robustecer el hecho regional, que hay que descentralizar a ultranza, que hay que armonizar la unidad  y la diversidad,  pero creo que  nadie  puede  romper  la unidad nacional  porque  eso representaría  el secuestro  de la libertad de España y la dolorosa hipoteca de su destino.

Pienso, finalmente, que hay quienes tienen derecho a su silencio; hay quienes  no pueden,  en modo alguno, ser ofendidos por su mutismo; hay quienes pueden callar con humildad y compostura,  y hay, también, quienes ya tienen helados sus silencios porque la muerte les acogió sin que conocieran esta posible  y próxima  desventura, pero  creo  que  los que  ayer repitieron hasta la afonía, desde tribunas públicas notorias, la invocación de España una, los que hicieron la fácil retórica de la unidad, los que nos explicaron sus valentías a los que, por razón de edad,  no conocimos  contiendas ni trincheras,  no tienen derecho al silencio. Podrán, tal vez padecer el dolor de la indiferencia, en cuyo caso son dignos de compasión  y de lástima, pero si se callan hoy por miedo o se esconden por utilidad y conveniencia, no encontrarán  en los demás justificación posible y, por supuesto, ellos mismos no podrán redimirse del drama íntimo de su autodesprecio.

Callar cuando la unidad de España está en peligro sería la peor de las cobardías. Yo, al menos, no quiero dejar de sumar mi voz a las que, con escándalo y alarma, se levantan frente al riesgo clarísimo de perdería. Quiero que se sepa que no todos los españoles estuvimos de acuerdo en quedarnos  sin Patria.


(ABC, 22 de junio de 1978)

2 de octubre de 2017

Delenda est España

El denigrante espectáculo de ayer, en el que un gobierno cobarde desamparó a unas fuerzas de seguridad que se emplearon de forma impecable en cumplimiento de las órdenes judiciales, tras ser traicionadas de forma vergonzosa por los Mozos de Escuadra, cuyo control debía haber asumido el Gobierno días atrás; en el que un gobierno medroso, agazapado tras jueces y fiscales e incapaz de dar la cara ante la más grave situación que ha sufrido la unidad de España en sus últimos doscientos años, salió a decir algo así como que nada había pasado y ofreciendo diálogo a quienes quieren destruir España;  en el que los golpistas siguen en sus despachos planificando el próximo ataque mortal contra nuestra patria, cobrando su sueldo de todos los españoles; en el que el rey de España ha desaparecido por completo enviando el insólito mensaje de que ha despejado su agenda; en el que a la mayoría de los españoles les importa una higa lo que le suceda a España porque sólo piensan en donde van a pasar el próximo puente del Pilar; en las que no ha habido un solo militar que recuerde en voz alta cual es la misión del ejército consagrada en el ordenamiento constitucional, nos dice muy claro que España no tiene ya quien la defienda.

Esta semana veremos de nuevo cómo desde un balcón se hiere de muerte a la nación española y tampoco pasará nada, porque lo primero es pensar en las próximas elecciones antes que pensar en España, lo primero, recibir la nómina a fin de mes y luego ya veremos.

A mí me duele España, me duelen las entrañas y me atenaza la tristeza. Pero soy, somos muy pocos quienes lo sentimos y nada podemos hacer nada frente a la indolencia de una sociedad que sigue pensando que España es algo que se puede votar cada 100 años,  que no es algo que no nos pertenece, que hemos recibido de nuestros mayores y tenemos la obligación de legársela a nuestros hijos. Una sociedad que ha sido incapaz de plantarle cara a la mentira y la sinrazón de un separatismo al que se ha vendido España por treinta monedas.

Estamos a punto de ver desaparecer a nuestra patria y son muy pocos los que alzan su voz en esta hora triste para una de las naciones más antiguas del mundo. Responderán ante Dios y ante la historia porque hoy ya no queda apenas ninguna esperanza. Malditos quienes faltan a su juramento mientras España desaparece por el desagüe de su cobardía y su indignidad.  Yo no pienso faltar jamás a un juramento que hice dos veces ante Dios y ante mi Patria a la que seguiré amando y defendiendo aunque se desangre.

¡Arriba España!   


LFU

7 de septiembre de 2017

Cataluña: situación límite

Me perdonarán mis amigos catalanes, que los tengo y buenos, este desahogo, precisamente en los días en que comienza a consumarse materialmente en el Parlamento de Cataluña la voladura del Estado de Derecho y la ruptura de la unidad nacional.

Vaya por delante mi indignación con la actitud cobarde del gobierno español que no tiene parangón posible en la historia reciente de una nación moderna, al haber renunciado desde hace tiempo a exigir coactivamente el cumplimiento de la ley en dicha región española. La excusa de que hasta ahora “no existía ningún acto jurídico” es verdaderamente sonrojante, pues nadie imagina que un gobierno permaneciese quieto y a la espera de acontecimientos si un general diese una rueda de prensa con la tropa formada anunciando un golpe de Estado a un mes vista. Pues bien, los sucesivos anuncios del Gobierno catalán, escenificados en ocasiones para hacer ver todo su poder, anunciando la ruptura del orden constitucional, han sido consentidos de manera irresponsable por un Presidente del Gobierno que no ha dado la talla en una de las encrucijadas más graves por las que ha atravesado nuestra nación.  Hoy, además, ya tenemos actos jurídicos concretos en los que se cristaliza el desafío a la legalidad y el gobierno, además de enviarnos a su Vicepresidenta con un mensaje de plañidera en la que se lamenta de la vergüenza que ha pasado –como si no fuera con ella la cosa- se limita a dar parte a la Fiscalía y al Tribunal Constitucional para que les resuelvan la papeleta.

Pero al margen de las distintas responsabilidades políticas de unos y otros en haber llegado a esta coyuntura, que arrancan del irresponsable pacto constitucional de 1978, no podemos olvidar la enorme responsabilidad que atañe a la sociedad catalana, en su mayor parte anestesiada y en gran parte embrutecida por la mentira, el odio y la manipulación. El odio a España inoculado durante decenios, ha conseguido que buena parte de los catalanes de hoy no se sientan españoles y los que aún sienten a España como su patria están, con honrosísimas excepciones, en su mayor parte callados y acobardados ante el desamparo del gobierno de España. Demasiadas veces he tenido que escuchar de personas supuestamente razonables solemnes estupideces relativas a supuestos agravios o incomprensiones por parte de quienes vivimos fuera de Cataluña como si se tratara de un planeta lejano o un territorio amazónico. Es verdaderamente insoportable la suficiencia e irresponsabilidad  con la que se han conducido muchos empresarios catalanes que ahora se lamentan cuando, gracias a su silencio, han caído en manos de ladrones y criminales de la peor estopa.

Amo a Cataluña por española, pero creo que la sociedad catalana merece pagar las consecuencias de tantos lustros de mirar para otro lado mientras sus políticos se dedicaban a robar a manos llenas mientras procuraban adoctrinar con mentiras y patrañas a dos generaciones de catalanes que costará mucho recuperar para España. Nos encontramos ante una situación límite que requiere de un gobierno firme y de una cirujía  política profunda para comenzar a desandar un camino hacia el abismo que nunca debió permitirse transitar.  España no se merece un gobierno que no defienda su grandeza y su unidad.


LFU

27 de agosto de 2017

José Utrera Molina, Una promesa cumplida.

(artículo publicado en Razón Española en el número correspondiente a julio-agosto 2017)


“No estoy dispuesto a olvidar lo que fui, ni me arrepiento por tanto de lo que soy. El ayer, el hoy y el mañana enlazan mi irrevocable filiación falangista. Me reconforta la seguridad de que mi vida no ha sido una promesa incumplida o un destino traicionado y que todavía no tengo que poner en mi esperanza ninguna negra colgadura. No podría, pues, hacer cuenta nueva porque las cifras serían las mismas y, fatal o felizmente, el resultado habría de ser también invariable; morir sin cambiar de bandera es el sueño que acaricio día tras días y hora tras hora. Ante la realidad actual de la vida política española, que frecuente contemplo con ojos atónitos, donde toda gallardía es inexorablemente condenada y toda lealtad a lo que fue nuestro pasado maldecida y proscrita, Dios quiera que este último sueño al menos se cumpla con honor y, si es posible, también con ventura.”

Con este párrafo, tan auténtico como el espíritu de su vida, concluía el autor de mis días el prólogo de su libro de memorias “Sin cambiar de bandera” en el año 1989, cuando aún le restaban 27 años más de vida para hacer honor a su promesa, con más gallardía si cabe, en una España en la que la mezquindad, la vileza y la cobardía se han institucionalizado hasta límites difícilmente imaginables en aquel momento.

Mi padre es –me resisto a hablar de él en pasado, pues su presencia llena mi vida en cada momento- un monumento a la lealtad. Pero no a una lealtad ciega, servil  o romántica, sino a una lealtad que es pura coherencia con su propia trayectoria vital.  Mi padre fue uno de tantos niños a los que la guerra arrebató la niñez. Contempló con asombro el odio desatado contra todo lo que rodeaba su existencia y a menudo recordaba el olor a quemado que desprendían los templos quemados de su Málaga natal.  Jamás pudo olvidar las macabras romerías que cada mañana subían hasta el lugar de los fusilamientos para profanar con odio los cadáveres aún calientes de los fusilados al amanecer y vio como caían algunos de los jóvenes que le habían hablado por primera vez de una bandera nueva, de primaveras, de amaneceres y de rosas.  Pero aquella guerra fratricida también rompió su familia en dos, por lo que sus afectos también estuvieron en el bando perdedor. Ésta circunstancia marcó su carácter abierto, siempre alérgico al sectarismo y su capacidad para empatizar con los adversarios políticos.  Buena muestra de ello fue su empeño en acoger en su centuria del Frente de Juventudes a los hijos de los que mataron con los hijos de los que murieron, en superar la contienda y dedicar todos sus esfuerzos a levantar una España necesitada de patria, pan y justicia para todos.

Sus dotes de mando, su autoridad moral y su vibrante oratoria pronto llamaron la atención de un Gobernador civil de Málaga, Luis Julve, que fue quien comenzó a promocionarle para tareas de más alto calado.  Con apenas 30 años se convirtió en el Gobernador civil más joven de España. Ciudad Real, Burgos y Sevilla fueron testigos de la pasión arrebatada y la firme decisión con la que asumió unas tareas de gobierno que para él no eran sino la oportunidad de servir a los demás transformando una realidad que no le gustaba para lograr el bienestar de los más humildes. Abrió su despacho de par en par y pronto se formaron colas para hablar con el gobernador, para exponerle las preocupaciones más primarias. Se convirtió en visita incómoda de Ministros y Directores Generales a quienes acababa desarmando con la autenticidad de sus argumentos y la pasión que ponía en todas sus actuaciones. 

               Pero de todos esos destinos, Sevilla sería finalmente, como él solía decir, el paisaje que mejor le sonrió, “el lugar –escribió- que más he querido y donde siempre tuve el depósito de mi más noble nostalgia”. Una Sevilla a la que llegó con el vértigo de su origen malagueño y que le abrió su corazón de par en par cuando vio cómo se desvivía por aquella tierra y se identificaba con su manera de ser. Durante sus ocho años de gobierno se crearon barriadas enteras, entregándose 10.491 viviendas sociales a familias necesitadas que vivían en infraviviendas o en corrales de vecindad en situaciones lamentables y podían tener por fin un hogar digno. Mi madre siempre recuerda que, cuando llovía torrencialmente por las noches, mi padre se desvelaba y le decía “hoy habrá mucha gente que se va a quedar sin techo”, y se iba a su despacho para pedir el parte de incidencias de bomberos y policía.  Se erradicaron más de 34 núcleos chabolistas y se crearon más de 80.000 puestos escolares en toda la provincia.  Todo esto se consiguió pese a la precariedad de medios, por el entusiasmo de un hombre para el que la justicia social era la base sobre la que debía sustentarse cualquier acción de gobierno. Y Sevilla le correspondió con una entrega y agradecimiento que aún perdura, siendo innumerables los testimonios de personas sencillas que durante estos días hemos recibido sus hijos, en los que nos muestran la flor de la gratitud a quien lo dio todo por las gentes de aquella tierra, en la que siempre tuvo el depósito de su más noble nostalgia. 

               Su fecunda labor en los gobiernos civiles hizo que Franco quisiera tenerlo cerca. Su nombramiento como ministro se debió directamente al Generalísimo quien había sido testigo de su eficacia, de su lealtad y de su autenticidad, de la que pudo hacer gala en la Subsecretaría del Ministerio de Trabajo, posteriormente en su efímero paso por el Ministerio de la Vivienda y, sobre todo, desde la Secretaría General del Movimiento, empeñándose en nadar vigorosamente contra una corriente espesa de lodo decidida a sepultar para siempre las huellas de una era de la historia de España que algún día se reconocerá como la más próspera y fecunda de cuantas ha conocido nuestra convulsa y amada patria.  Fue esta última responsabilidad la más ilusionante por cuanto suponía para un miembro del Frente de Juventudes llegar al más alto escalón del Movimiento, y al mismo tiempo la más dolorosa pues fue testigo doliente del aluvión de deserciones y traiciones que se anunciaban soterradamente a la espera de colocarse bien en la casilla de salida de una nueva era que debía romper con el pasado.

               Y es precisamente en el momento en que las ratas se apresuraban para abandonar el barco, cuando mi padre nos ofrece una lección magistral de lealtad que no puedo calificar sino de heroica. Con apenas 50 años y 8 hijos pequeños a sus espaldas, sin una oposición ni patrimonio alguno que le respaldara, decidió rechazar los treinta denarios con el que pusieron precio a su silencio y su mudanza. Muchos –casi todos- habrían entendido una elección más sensata y prudente. Pero, como a menudo me decía, quería seguir mirándonos a los ojos sin tener que bajar la mirada de vergüenza. Era consciente de que durante décadas había guiado a miles de personas con la autenticidad de unos ideales que no merecían acabar apolillados en el baúl de la comodidad, con tal de poder descansar cómodamente desde las mullidas alfombras de los Consejos de Administración sin preocuparse del futuro de sus hijos. Y en ese difícil trance, en el que tantos encontraron tan diversas justificaciones, decidió seguir los dictados de su noble corazón, manteniéndose fiel a su propia trayectoria y a la bandera que siempre había servido, sabedor de que ello le granjearía el silencio, el desdén y el desprecio de quienes no tenían un porqué para vivir, sino tan sólo un cómo.

Fue entonces, con ese acto indudablemente heroico donde José Utrera Molina alcanzó para mí la cima de su grandeza. Desde aquella difícil decisión, que no hubiera sido posible sin el aliento de una mujer abnegada y leal como mi madre, asumió el papel de paladín solitario de un régimen cuya historia comenzaba a desfigurarse por la mentira, el odio y la manipulación, pero sobre todo por la cobardía, el silencio y la indiferencia de quienes todo le debían.

Fue Albert Camus quien afirmó que “existe una filiación biológica entre el odio y la mentira” y ya Orwell anunciaba que «quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro».  Mi padre fue consciente desde un principio de que tendría que luchar contra fuerzas titánicas para tratar de mantener vivo el testimonio de una verdad cada vez más desdibujada, pero que seguía viva en su corazón y en su memoria. Le dolían profundamente los silencios de tantos ante la falsificación sistemática de nuestra historia reciente, ante la criminalización de toda una generación de políticos y servidores públicos que acometieron con ilusión la ingente tarea de la reconstrucción nacional. Pero jamás le ganó el desaliento. Se cuentan por cientos los artículos que escribió hasta los últimos días de su vida para contestar ésta o aquella mentira, para condenar los ataques injustos que día tras día recibía la figura de Francisco Franco, para reivindicar la memoria de quienes ya no tenían voz para poder defenderse del ataque cobarde y cruel de la mentira.  Jamás rechazó una entrevista, jamás cerró las puertas de su casa a quien quisiera conocerle y he de decir que se cuentan con los dedos de una mano –y sobran- quienes se aprovecharon de su generosidad y gentileza para zaherirle.

Los que quisieron herirle en sus últimos años tan sólo consiguieron emponzoñar su propio corazón de vileza y mezquindad. Mi padre estaba muy por encima de las miserias humanas y tan sólo sentía lástima de que una pasión tan aniquiladora como el odio se hubiese vuelto a instalar en la vida española. Le dolió, sí, lo de Sevilla, porque allí lo había dado todo y por todos y esperaba que al menos hubiera habido un solitario gesto de nobleza, de dignidad. Pero ni la vileza de unos ni la cobardía de otros pudieron arrebatarle jamás la alegría, porque hasta el último día recibió a raudales con una dulce sonrisa el torrente de amor que siempre repartió.

Cada noche recitaba los nombres de sus amigos muertos encomendándoles en su plegaria. “Más de 500” -me decía-. Aprendí de él que nunca era tarde para abrir el corazón a nuevas amistades, pues la amistad era para él una fuente nutricia esencial para el crecimiento de la persona. Tenía alma de poeta y nos dejó escritos versos maravillosos encerrados en esa cárcel  del alma que es el soneto, como estos con los que se refiere a su ideal:

Estoy de pie con mi ideal, y sigo
sin cansarme, llevándolo conmigo,
vivo el sueño, mas roto mi estandarte.

Si me pides que luche todavía
Sobre el pecho te juro que lo haría.
Me iré muriendo, sin dejar de amarte. 

Fue un hombre esencialmente bueno en el que la humildad y la generosidad brillaron siempre con luz propia. Amó arrebatadamente a su mujer, mi madre, «que alentó mis sueños, que compartió valerosamente mi esperanza y compartió con amor mi empeño imposible»; a sus hijos y a sus nietos, en los que se sentía «venturosamente continuado» y siempre, siempre, tenía una palabra amable y gentil para todo el que se le acercaba.  Su enorme corazón ha resistido hasta el final los más duros y amargos ataques, porque por encima de todo, mi padre ha sido un luchador que jamás estuvo dispuesto a arriar su bandera.  Leyendo todo lo que durante estos días se ha escrito de él, escuchando lo que dicen gentes ilustres y sencillas, sintiendo la admiración de tantos y el amor de su gran familia, no cabe duda de que mi padre ha sido un triunfador, porque sólo los hombres grandes dejan tan profunda huella de gratitud en los demás.

Termino con algunas frases de la carta con las que quiso despedirse de nosotros:

“Quiero ser enterrado con mi camisa azul. No es un gesto romántico sino la postrera confirmación de que muero fiel al ideal que ha llenado mi vida. (…) “Quiero pedir perdón a cuantos ofendí en mi vida y reiterar mi creencia en Cristo y mi fe en España, cuya bandera ha de ser mi sudario”. 

Tú ya has cumplido tu promesa, con honor y con ventura. Te has ido con el honor intacto, por la puerta grande y sin cambiar de bandera.  A nosotros nos queda ahora la difícil tarea de llevar con orgullo tu apellido hasta el final de nuestros días, con la esperanza de poder mirar atrás con la satisfacción de haber sido dignos de tu ejemplo.

Descansa en paz querido padre, camarada y amigo. Guíanos siempre desde tu lucero y ruega siempre por tu querida España.

Tu hijo que te quiere y admira,


Luis Felipe 

23 de agosto de 2017

"CANCIÓN PARA DESPUÉS". Soneto inédito de José Utrera Molina

Transcribo a continuación el soneto encontrado entre los papeles de mi padre, a los cuatro meses de subir a la casa del Padre. Sus versos, absolutamente visionarios, cobran ahora su verdadero significado.



Cantadme el cara al sol cuando yo muera
si es que queda una voz para entonarlo,
si perdura el arrojo de gritarlo
con el alma y en alto la bandera.

Cantadme el cara al sol cuando yo muera,
acaso yo lo escuche todavía,
está en el cielo azul su melodía
como el grito del alba en primavera.

Cantadme el cara al sol en la esperanza
de arrebatar su sitio a la amargura.
Con tristeza el mañana no se alcanza.

Que la rosa en el puño aprisionada
recobrará mañana su tersura
del rencor y del odio liberada.


José Utrera Molina



2 de agosto de 2017

Así despidió Ciudad Real al gobernador Utrera Molina

No cabe duda de que la política, entendida como un noble ejercicio del servicio a los demás, hace décadas que cayó en desuso.  Vivimos tiempos recios, en los que la actividad pública está tristemente desacreditada por el abandono absoluto de principios y valores y por el efecto nocivo de una oligarquía partitocrática que, lejos de premiar la excelencia, adjudica destinos y cargos en función de la componenda y el servilismo. Tal vez por ello, se manipula y borra con más ahínco la historia reciente de España para evitar comparaciones que resultan especialmente odiosas a quienes no ofrecen a los demás más que los desechos de su rencor y de su mediocridad. Pero al olvido y la mentira no podemos oponer la indiferencia o la resignación. Estamos obligados a rescatar la verdad y a airearla aunque ello implique ser desterrados a la caverna y sufrir el acoso de los miserables. 

Por eso las imágenes que hoy rescato del archivo de mi padre cobran especial significado.  Hace ahora 55 años, el pueblo de Ciudad Real se echó literalmente a la calle para despedir a un Gobernador de 36 años que abandonaba la capital manchega. Las imágenes no mienten. El día 2 de marzo de 1962 amaneció frío y lluvioso, pero eso no evitó que miles de manchegos llenasen la Plaza de Cervantes para dar su adiós a un joven gobernador que había entregado su juventud a aquella tierra con verdadera pasión  y eficacia.  

Hoy día, resulta imposible imaginar una despedida semejante a un político español y eso debería servirnos de reflexión. Reproduzco a continuación, algunas palabras de la despedida que le tributaron: 

"Aquí nos tienes a todos los trabajadores desde el más potente empresario hasta el más modesto productor, para decirte con emoción y sencillez adiós. Un adiós profundo y sentido que nos entristece cuando con tus actos y servicios tan hondo has calado en el corazón de la Mancha; de esta Mancha que escuchó de los labios de este caballero andaluz, las frases más bellas y los cantos más sonoros (...)como un nuevo Don Quijote, Utrera Molina paseó nuestros pueblos, recogió sus inquietudes y por todos y cada uno de ellos, esparció con sus cálidas palabras y consejos, esperanzas y alientos que cuajaron en nuevas escuelas, viviendas, teléfonos, abastecimientos de aguas, electrificaciones, et..,. fruto todo ello de sus constantes desvelos."

Para terminar, voy a dar ese grito que tantas veces he oído de personas vistiendo ropa de pana y abarcas, cuando te hemos acompañado en tu caminar por las rutas polvorientas de nuestra tierra: ¿Viva nuestro Gobernador Civil!"

Y también, de su discurso de despedida: 

"Os puedo decir que he amado esta tierra con delirio. Mis hijos han crecido aquí. Y he estado abierto a todos porque nuestra causa es una causa abierta a todos los españoles, y por ellos, sin discriminaciones sobre el color de cada cual, el despacho de un hombre de la Falange ha estado abierto a todos los que a el acudieron. 

Lo importante no es vivir, sino llegar al alma de los demás. M
e llevo el recuerdo de las piedras viejas de Calatrava, del azul intenso de las Lagunas de Ruidera, de los pueblos pequeños, de las iglesias, de los escudos de las casas...todo lo llevo dentro de mi corazón en visión perpetua e irrevocable. 

He conocido de vuestra lealtad castellana y manchega y sobre todo he aprendido mucho de vuestra humildad y sencillez, humildad que es precisa para que los hombres se entiendan.

Siento que mis hijos no tengan más edad para poder decirles: "Hijo levanta tus ojos y besa esta tierra que tiene un fondo milagroso de esperanza y eternidad."

40 años después de aquella despedida, un grupo de manchegos se trasladó a Madrid para entregarle la medalla de oro de la Ciudad que nunca se le había llegado a entregar. Mi padre sintió hasta el final un especial amor por aquella tierra manchega en la que lo dio todo siendo el gobernador más joven de España. 

Mi gratitud y homenaje a los muchos ciudadrealeños que aún le recuerdan con cariño.

Luis Felipe Utrera-Molina

18 de julio de 2017

"Agresión al 18 de julio" por José Utrera Molina

(Rescato de la hemeroteca este artículo, publicado hace 36 años, por su indudable calidad y su rabiosa actualidad. Lo único que ha quedado superado por los acontecimientos es el título, puesto que el 18 de julio se ha convertido en una fecha no agredida, sino anatemizada, salvo para cobrar la paga extraordinaria, claro)

AGRESIÓN AL 18 DE JULIO
(publicado en El Alcázar, 18 de julio de 1981)



El destierro a la memoria de que hablaba don Miguel de Unamuno es sin duda el riesgo temerario del recuerdo. Por eso tuve desde siempre un radical desacuerdo con los que hacían de los aniversarios plataformas habituales de proclamación política, convirtiéndolos en territorios de recreación retórica, en refugio de nostalgias o en amparo de añoranzas  y de melancolías.

Pero hay ocasiones en que es preciso y necesario recordar, hay circunstancias en que el recuerdo se convierte en exigencia ética, en deber de conciencia, en compromiso moral,  en demanda inesquivable, en urgente requerimiento.  Ocurre esto cuando  peligra la verdad  que un día honestamente  defendimos, cuando secuestra  un hecho y se manipula con su intención, cuando se desnaturaliza la historia y se falsifica y corrompe la naturaleza  de la realidad,  alterando sensiblemente su nominación  y su espíritu, cuando  se descalifica y se injuria, cuando se menosprecia  y no se respeta un caudal de sacrificio y de heroísmo.

Pienso que cuando esto ocurre, conmemorar  no es tan sólo volver a pasar por la memoria sino también volver a recorrer el corazón, dar testimonio de fidelidad, levantar justamente la voz para responder serenamente a los agravios y ofrecer claramente nuestra voluntad para combatir sin miedo la deformación y la injusticia.

En estos días presenciamos  una ofensiva de determinados medios de comunicación  social –convertidos en habituales vehículos de la difamación,  de la calumnia y del resentimiento –con el propósito de alterar la significación histórica y política del 18  de julio de 1936.  Lo que fue el inicio de un afanoso y fecundo proceso  de  reconstrucción   nacional,  se presenta como  una fecha sombría, como un hecho vergonzoso,  como un acto indigno, como  una  traición a la llamada representación democrática.  No se hace mención de la podredumbre de un sistema que cayó derribado  por sus propias culpas, por la falsificación de su esencia,  por la esterilidad de su representación social y política y por el atentado  que supuso  su radical empeño de desmembración y de sometimiento a poderes extraños que operaron  a extramuros  de los intereses nacionales.

Ante esta siniestra manipulación,  ante  este vil y despiadado ataque no podemos permanecer en silencio. Callar no sería otra cosa que replegarse cobardemente, con dimisión humillante de nuestro  propio honor  y dignidad.  Dejo a un lado la repugnancia  que siento ante  los que  fueron  durante  muchos años fervorosos apologistas  del Movimiento Nacional del 18 de julio y que hoy permanecen mudos, con sus plumas, y sus palabras clausuradas, por el miedo a perder beneficios, a abandonar  privilegios, a cesar en los consejos de administración  o a comprometer su seguridad  personal.

 Para nosotros, el 18 de julio no fue la voluntad de perpetuar un enfrentamiento, sino el comienzo de una  nueva era en la que pudieran  integrarse las razones dolientes del alma partida de España, en un común impulso de superación de pasadas  y amargas diferencias, fue un emocionante  proyecto popular que sin duda en parte se frustró después  por egoísmos  inconfesables,  por mercaderes  y por arribistas de toda especie.

El 18 de julio no fue un movimiento de clase, ni el triunfo de una tendencia partidista, sino el reencuentro con nuestro destino  nacional  en tantas  ocasiones malogrado,  el levantamiento de un pueblo que  no quiso morir estrangulado  por la tiranía del marxismo, la heroica y ejemplar decisión de un Ejército que quiso impedir la desmembración de España, y la voluntad joven, ardiente y revolucionaria de emprender todos juntos un nuevo camino  de sincera y auténtica  participación  popular, una vez probada  de forma evidente la esterilidad partitocrática.

Las razones de 18 de julio fueron lícitas; no se combatió una legalidad,  la legalidad se había  derrumbado ella misma. De aquella fecha arrancó una etapa histórica que tuvo, como toda obra  humana,  errores,  defectos  y equivocaciones, pero  que ofrece sin embargo en su conjunto un balance colosalmente positivo. Los españoles sintieron la alegría del reencuentro con una incitante tarea colectiva, donde se armonizó la libertad con la autoridad  para preparar  una vida democrática sin artificios y una convivencia civilizada en un marco sereno  de diálogo y no en un plano de beligerancia y de disputa.  El orden social mejoró con el desarrollo económico y el impulso industrial fue uno de los más vigorosos y espectaculares que ha conocido el mundo occidental. España recuperó su impulso vital, su memoria  su ambición histórica, de ser mediatizados por Europa, pasamos a tener  prestigio, independencia y dignidad, sobre todo respeto, en extensos ámbitos internacionales.

Resulta paradójico, pues, que desde determinadas posiciones del régimen actual se ejerza la crítica demoledora  del sistema anterior, cuando el vigente no puede ofrecer nada más que  un panorama desolador,  donde,  podrida  la libertad, sólo prospera la injusticia, la zafiedad, el mal gusto, el desbarajuste social, la disgregación y el desencanto.

Desde muy calificados y penetrantes medios  de comunicación social se aniquilan los fundamentos de la sociedad,  se caricaturizan nuestras tradiciones, se hace burla y escarnio de nuestras creencias religiosas, se atenta descaradamente contra la institución familiar, se presentan  como lógicas, normales y deseables  las mayores  aberraciones sexuales,  se fomenta  la prostitución y se destruye con un sarcasmo  que estremece  la misma esencia del amor. Lo cierto es, y acaso lo más penoso, que  nos encontramos indefensos ante esta invasión negadora de todo principio moral.

Evito también  referirme a los que, hoy enemigos y adversarios, pero correligionarios  ayer, situados  en  puestos oficiales de preminencia,  no sólo callan sus antiguos fervores, sino que contribuyen con sus conductas y con sus actuaciones  a la desmembración de España y, por lo tanto, a abatir la razón integradora de aquella fecha, porque creo que tarde o temprano serán juzgados implacablemente por el rotundo juicio de la Historia. En estas circunstancias yo sólo me limito, porque no estoy habituado  a mudar de creencias, a dar testimonio de mi lealtad y a no renunciar, aunque  las circunstancias sean adversas, al compromiso  histórico que suscribí ante mismo y al juramento que  un día presté de defender unos principios poniendo a Dios por testigo.

Yo no escribo hoy del 18 de julio de 1936 con memoria de protagonista. Por razones de edad no participé en aquella contienda y, por lo tanto, no me refiero a ella a través de vivencias de luchador y de combatiente. No tengo, pues, recuerdos de riscos conquistados o de trincheras defendidas, escribo tan sólo con la memoria de la paz y de la concordia, con entera fidelidad  a un propósito  de entendimiento y de solidaridad  entre todos los españoles.

Muchos de los hombres de mi generación entendimos con generosidad  la significación de aquella fecha. No hubo jamás en nosotros descalificación de los hombres que se enfrentaron en trincheras distintas ni el menos asomo de agresividad a los que resultaron vencidos en aquel conflicto fraterno, ni por supuesto la más ligera condena  dialéctica a los que defendieron con valor y nobleza sus propios ideales. Hubo, por el contrario, un enorme respeto por el caudal de decisión y de brío que los combatientes de una y otra parte demostraron.

Cabe preguntarse, ¿qué oscuro, tenebroso e inconfesable proyecto se esconde detrás de estas campañas? Sólo cabe una respuesta coherente: se intenta la destrucción de todo un orden moral, la mutilación de toda vertiente espiritualista, la siembra del rencor y del odio, la negación, en definitiva, del respeto a la dignidad y a la libertad del hombre.

Estamos en presencia de una profunda crisis económica, de una escandalosa elevación del gasto público,  la unidad  de España  se resquebraja,  se grita la independencia  en el Nou Camp de Barcelona, en Vizcaya se suceden  las demandas de autodeterminación y en Navarra, puño  en alto en la plaza de toros, se insulta al Ejército y se canta  la canción del soldado  vasco. La representación social baja,  mientras se eleva a la más alta cota el terrorismo, que es, sin duda, el más grave de Europa. Se falsea la democracia y paso a paso perdemos el pudor histórico y ganamos en indignidad colectiva. Se desconocen  las reglas morales, se rompe sistemáticamente nuestro destino comunitario, no hay el menor respeto a los grupos divergentes, los grandes valores de nuestra historia se ridiculizan, España se desvertebra, prospera el enfrentamiento sobre el diálogo responsable, se acentúan los conflictos entre el poder central y las autonomías, progresan las diferencias entre el ejecutivo y el legislativo, se señalan diferencias entre políticos y Fuerzas Armadas, entre Policía y Poder Judicial. Todo es provisional, indeciso e inseguro, y la vida política está llena de peligrosas incongruencias.

Y yo me pregunto, ¿desde este miserable haber histórico, desde esta evidente realidad, se puede denostar una época que fue fecunda en realizaciones y envilecer su sustancia ideológica propiciadora de fraterna solidaridad, con falsedades y calumnias?

Desde esta confortable perspectiva, ¿se tiene legitimidad moral para mancillar el honor del 18 de julio?


José Utrera Molina