"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

4 de octubre de 2017

El Silencio culpable . José Utrera Molina

Ante la gravísima hora que vive España, amenazada en su unidad, rescato el artículo que mi  publicó el 22 de junio de 1978 en ABC. Se estaba elaborando la Constitución, concretamente el Título VIII y el artículo -que fue tachado de alarmista y dio origen al primer pie de artículo de ABC desvinculándose del contenido del artículo- resulta leído hoy estremecedoramente profético.  Lo advirtió en 1978, lo siguió haciendo hasta que Dios le dio vida y no había que ser un visionario para verlo. Tan sólo había que ser decente y honrado, cosa que no eran la gran mayoría de los políticos de la transición.

Hay silencios limpios, serenos, honorables, y hay, por el contra­rio, mutismos envilecedores, oscuros y serviles. Hay silencios claros, como el que Maragall ponía en el alma de los pastores. Silencios respetuosos, emocionados, pero hay también silencios sombríos y culpables, silencios del alma, silencios escandalosos, capaces de arruinar, por sí solos, el sentido de toda una vida y de desmentir la autenticidad  de muchas de las lealtades que ayer se proclamaban estentóreamente,  con risueña comodidad, sin la presencia de adversarios amenazantes.

Callar en esta hora significa no solamente desentenderse por completo de un pasado que, de alguna forma, honrosamente nos obliga, sino también una huida de las exigencias del presen­ te y un volver la espalda al reto del futuro. Se atribuye al viejo filósofo Lao Tse la propiedad de una sentencia tan significativa como sobrecogedora: Los más grave padecimientos  -escribía-que gravitan sobre el corazón del hombre, los constituyen el dolor de la indiferencia y el silencio de la cobardía.

Creo que somos  muchos los españoles  que,  sin tener  el ánimo propicio a pronosticar catástrofe, coincidimos en considerar los momentos que vive hoy nuestra patria como graves y decisivos.

La Constitución española se está elaborando en estos días. En el seno de la Comisión Parlamentaria, constituida al efecto, han pasado sus preceptos en medio de silencios estruendosos, hurtados, contra todo pronóstico y esperanza, al gran debate nacional. La consecuencia es que la Constitución no sólo no despierta  ningún entusiasmo  -lo que la época  romántica  del constitucionalismo-, sino que está sumiendo a nuestro pueblo en la confusión y en la perplejidad, al ofrecerle ambigüedades sospechosas que, a cambio de oportunistas consensos de hoy, anuncian larvados enfrentamientos de mañana.

Son muchas las cuestiones graves que han quedado así aplazadas a una interpretación  más o menos audaz de los Gobiernos y los legisladores venideros. No voy a referirme a temas como el divorcio, la libertad  de enseñanza, la estructura  del poder judicial y otros que han sido enunciados.  Hay uno, sin embargo,  que es el que,  en estos momentos,  como español, más me duele y me preocupa,  más me indigna y desasosiega: La sospecha de que esta Constitución pueda ser instrumento liquidador de algo tan sustantivo como nuestra propia identidad nacional.  Atentar contra  ella supone  un crimen sin remisión posible y una traición a nuestra propia naturaleza histórica. Pienso, pues, que la esencialidad española  debe quedar siempre al margen de cualquier alternativa y fuera,  por tanto,  de diferencias ideológicas.

Una Constitución sólo se justifica en el intento de articular la concordia de un pueblo y no propiciar antagonismos  y enfrentamientos. Una Constitución ha de estar dotada  de un ver dadero sincronismo y no acierto a ver en su articulado actual una auténtica confluencia conciliadora; la normativa existente nada tiene que ver con el consenso,  porque  mientras aquélla se asienta  en  los principios -acaso pocos,  pero  imprescindibles- que deben configurar el ser nacional y la voluntad de un proyecto común de futuro, más allá de las opiniones de los partidos, éste se establece sobre la ambigüedad y el travestismo político de las palabras  aptas  para  acoger,  bajo su equívoco ropaje, los más escandalosos cambios de sexo. No se pretende la exaltación de la diversidad,  sino el puzzle. No se busca  la necesaria descentralización, sino el mosaico gratuito. Estamos asistiendo a una malversación de fondos históricos.

Tal es el caso del término “nacionalidades”, auténtica bomba de relojería, situada,  consciente o inconscientemente,  por los muñidores del consenso, bajo la línea de flotación de la unidad nacional.

No pretendo entrar en disquisiciones semánticas o históricas que, por otra parte, se han hecho ya y se harán -así lo espero-con mucha mayor autoridad. Como político o como simple español de a pie no puedo ver en ese término otra cosa que la enquistada pretensión de una explotación futura amparada  en su reconocimiento constitucional.

El que afirma que el problema de aceptar o no la voz nacionalidades se reduce a una cuestión terminológica, o no tiene sentido de la política, ni de la Historia, o no obra de buena fe. En política no hay palabras  inocuas cuando se pretende  con ellas movilizar sentimientos. El término nacionalidad  remite a nación o Estado. Cuando alguien dice recientemente que Cataluña es la nación europea, sin Estado, que ha sabido mantener mejor su Identidad,   resulta  muy difícil no ver, por  no decir imposible, que se está denunciando una «Privación del ser», que  tiende  «A ser colmado  para  alcanzar  su  perfección»,  y preparando  una sutil concienciación para reclamar un día ese estado independiente a que la imparable dinámica del concepto de nacionalidad  habrá de conducir hábilmente  manejada.  El propuesto cantonalismo generará la hostilidad entre vecinos, la rencilla aldeana y el despilfarro del común  patrimonio. Se está haciendo  la artificial desunión  de España  y, además,  sin explicarle al pueblo lo que le van a costar las tarifas. Se quiere parcelar lo que está agrupado,  malbaratando siglos de Historia. Cuando  otros se esfuerzan en aglutinar lo distinto, aquí se pretende  desguazar lo aglutinado y cuando se sueña  con una Europa  unida aquí parece como si se persiguiera el establecimiento de pasaportes  interiores que habría que mostrar cada vez que cruzáramos una región.

Frente a esta peligrosa ambigüedad  hay que afirmar, una y mil veces, que la nación española es una y no admite, por tanto, subdividirse en nacionalidades. España  creó hace siglos una nueva fórmula de comunidad humana, basada en una realidad geográfica, cultural e histórica. Fue un hallazgo moderno,  con sentido de universalidad. Cambiar el curso de la Historia, incorporando a la nueva Constitución estímulos fragmentadores, es mucho más que un disparate colosal, es alentar hoy la traición de mañana,  y me anticipo a negar mi acto de fe en una Constitución que se inicia con esta amenaza.

Creo que hay que robustecer el hecho regional, que hay que descentralizar a ultranza, que hay que armonizar la unidad  y la diversidad,  pero creo que  nadie  puede  romper  la unidad nacional  porque  eso representaría  el secuestro  de la libertad de España y la dolorosa hipoteca de su destino.

Pienso, finalmente, que hay quienes tienen derecho a su silencio; hay quienes  no pueden,  en modo alguno, ser ofendidos por su mutismo; hay quienes pueden callar con humildad y compostura,  y hay, también, quienes ya tienen helados sus silencios porque la muerte les acogió sin que conocieran esta posible  y próxima  desventura, pero  creo  que  los que  ayer repitieron hasta la afonía, desde tribunas públicas notorias, la invocación de España una, los que hicieron la fácil retórica de la unidad, los que nos explicaron sus valentías a los que, por razón de edad,  no conocimos  contiendas ni trincheras,  no tienen derecho al silencio. Podrán, tal vez padecer el dolor de la indiferencia, en cuyo caso son dignos de compasión  y de lástima, pero si se callan hoy por miedo o se esconden por utilidad y conveniencia, no encontrarán  en los demás justificación posible y, por supuesto, ellos mismos no podrán redimirse del drama íntimo de su autodesprecio.

Callar cuando la unidad de España está en peligro sería la peor de las cobardías. Yo, al menos, no quiero dejar de sumar mi voz a las que, con escándalo y alarma, se levantan frente al riesgo clarísimo de perdería. Quiero que se sepa que no todos los españoles estuvimos de acuerdo en quedarnos  sin Patria.


(ABC, 22 de junio de 1978)

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Desde Ciudad Real, donde su padre dejó un magnifico recuerdo en su epoca de Gobernador Civil, que palabras mas apropiadas en su momento, por culpa de algunos malvados y bastantes ignorantes de entonces tenemos esta situación de ahora. De aquellos polvos....
Alli donde este José Utrera, sencillamente gracias por tu ejemplo.

José Ubalde dijo...

Le llamaron reforma y era ruptura, lo calificaron de reconciliación y era revanchismo. En aquellos días la izquierda sabía que caminaba hacia la revancha y el separatismo disfrazado con la solicitud de estatutos de autonomía preparaba el camino hacia el separatismo con la consiguiente ruptura de España. No los crítico iban a lo suyo. Pero no perdonare jamás a los que habían llevado camisa azul y jurado los Principios del Movimiento que luego se pasaron a la derecha liberal, vendiendo España a revanchistas y secesionistas con su cambio de bandera.

En estos momentos tan difíciles para la Unidad de España para los Nacional-Sindicalistas el recuerdo al camarada José Utrera Molina es de los pocos alicientes que nos quedan para seguir en la lucha por la conquista de la Patria, el Pan y la Justicia.


No parar hasta Conquistar!


Delegado Territorial APUN de Falange.

Geppetto dijo...

Pues mira...han pasado los años y la historia le ha dado la razon al camarada Utrera y a la gente como yo que desde el primer momento supimos que la Constitucion troceaba España.
Nos llamaron bunquerianos y ahora sencillamente nos llaman fascistas, cosa por otra parte que a mi, personalmente, me importa un pito.
De nuevo estamos casi donde empezo Jose Antonio, lo malo es que hoy en dia nadie ocupa la plaza que el dejo vacante
Ni la de el ni la del Ejercito
Por eso veo el futuro de lo mas negro
Saludos
http://lapoliticadegeppetto.blogspot.com.es/

Sérgio Gonçalves dijo...

Bellísimo artículo. Dios quiera que un día sea lectura obligatoria en todas las escuelas de España.

Soy un portugués con sangre española en mis venas (aparte de sangre portuguesa, por supuesto), que reside y crecío en los EEUU. En años recientes, me ha apasionado por España y su historia, particularmente por Francisco Franco y su obra. Estoy siempre aprendiendo más sobre su gran nación.

Debido a mi posición quizá un poco rara, he seguido lo que ha pasado en los últimos meses con una mezcla de tristeza, preocupación, y, sí, curiosidad.

En los últimos tiempos, he leído mucho sobre la unidad de España. He estudiado y considerado las diversas opiniones sobre el tema que han sido pronunciadas en los últimos años.

Debo decir que estas palabras de su padre son las más humildes, sensatas, justas, y corajosas que jamás he leído sobre lo que es y debe ser España. Han hecho mucho para clarificar mi opinión sobre lo que está pasando en Cataluña.

¿Se importaría usted si yo tradujera este artículo al inglés y lo pusiera en mi blog? (Con un vínculo a esta página, por supuesto).

¡Viva la unidad de España!

¡Arriba España!

Sérgio Gonçalves

LFU dijo...

Para mí es un honor. Muchas gracias amigo Sergio y Arriba siempre

LFU dijo...

Para mí es un honor. Muchas gracias amigo Sergio y Arriba siempre