"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

20 de febrero de 2017

La leña y el árbol


Muchos habrán comulgado este domingo sin saber que la gracia  ha podido abandonarles con tanta intensidad como la que ellos han empleado en disfrutar de la condena de Iñaki Urdangarin y lamentar la absolución de la Infanta Cristina de Borbón. 

Confieso que me duele ver la afición de la masa por hacer leña del árbol caído.  Aunque el proceder del marido de la Infanta diste mucho de la ejemplaridad y la condena, desde el punto de vista jurídico, me parezca justa.

Pero desde el punto de vista humano la caridad exige también ir un poco más allá de la causa judicial. Como decía ayer un buen amigo la infanta ha hecho honor a sus votos matrimoniales. Pese al brutal linchamiento mediático, se ha mantenido al lado de su marido en silencio y con dignidad, en las alegrías y en las penas.

Algunos monárquicos medulares le afean el no haber roto sus votos para salvar el honor de la institución, colocando a la institución monárquica por encima de la institución del matrimonio, pese a que ésta es un sacramento y aquella una tradición. Lo que nos dice mucho de su monarquismo y muy poco de su caridad.

Se echa en falta una mínima dosis de empatía en lo personal y no es pequeña la condena que para la infanta y sus hijos implica la de su marido y padre.  Me resisto a alegrarme del mal ajeno aunque, como en este caso, esté justificado por sus actos propios. Jamás se me ocurriría repudiar a mi mujer por un hecho semejante y tampoco daría la espalda a una hermana por mucho que su marido fuera un miserable. Porque creer en Dios es creer en el amor y en el perdón. Entiendo que el rey Felipe se haya visto obligado a distanciarse de su hermana, porque llovía sobre mojado, pero a la vista de los globos sondas que hoy lanza la prensa, mucho me temo que los españoles no perdonarían al rey Felipe que volviese a abrazar a su hermana, a quien muchos piadosos querrían ver ardiendo en la pira junto a su cónyuge.


Azorín

10 de febrero de 2017

Sin Franco no son nada.


Aunque no estamos en noviembre, la gira de Pedro Sánchez cantando la internacional puño en alto por toda la piel de toro ha hecho saltar los resortes del antifranquismo retrospectivo en el PSOE.  Al grito fecundo del “no-es-no” de Schez, el PSOE responde sacando el cadáver del viejo general porque a rojos no nos gana nadie. Nada de ofrecer un proyecto de futuro para el país, la socialdemocracia se la dejamos mejor al PP que ya nos quita votos por allí y a ver si arrancamos votos a la izquierda, arremetiendo contra el cadáver momificado de Franco.   

 A los millenials Franco les queda tan lejos como a mí la guerra de África, pero da igual, porque sin Franco la izquierda no es nada. Nunca podrán agradecerle bastante haber muerto en la cama y haber hecho tantas casas y cosas, sus inundaciones franquistas (antes llamadas pantanos) y ciudades sanitarias de nombre reciclado. ¡Qué sería de ellos si no tuvieran placas que arrancar, calles y hospitales que renombrar y medallas y honores que retirar!  

En definitiva, aunque la coyuntura manda y las primarias se acercan, tras la petición de que saquen a Franco de su última morada, en la que reposa por orden del rey Juan Carlos, se esconde un terrible complejo de inferioridad por no haber podido hacer por los españoles, con una presión fiscal 20 veces mayor, ni una décima parte de lo que hizo el viejo general y encima tener que soportar que el viejo jamás metiese la mano en la caja, lo que no puede decir ningún partido del arco parlamentario.

Si Franco hubiese fracasado, si hubiese muerto arrastrado por los pies y con un país en la ruina como quedaron los países del socialismo real, al PSOE le importaría una higa donde estuviesen sus restos. Pero no pueden resistir que Franco muriera de éxito.  Eso en España no se perdona. Es el pecado nacional por excelencia, la envidia, aliada en este caso con la estupidez.


LFU

9 de febrero de 2017

LA LA LAND


Me llevó mi hija de quince años. Ella quería verla y yo también, aunque los musicales no me terminan de convencer por aquello de la credibilidad: uno no se pone a cantar en plena calle por cualquier motivo y, desde luego, la reacción que eso provoca en el prójimo tiene poco que ver con la emulación.

A estas alturas, todo el mundo sabe que los protagonistas de la película son un músico de jazz puro que aspira a abrir su propio club en L.A., y una aspirante a actriz que quiere convertirse en una estrella y trabaja de camarera en los estudios Warner Bros. para pagarse el alquiler.

Lo que entendemos por éxito, lo que hacemos y -lo que es más importante- a lo que renunciamos, por conseguirlo, y si eso termina teniendo algo que ver con la felicidad, es el tema principal de la película. Y parece que el tratamiento del mismo interesa de verdad a Damien Chazelle, su director, porque éste ya filmó la magistral “Whiplash”, una película áspera, con aristas, de las que hacen pensar y se disfrutan al mismo tiempo.

En “LA LA Land. La ciudad de las estrellas”, los personajes son responsables; esto no quiere decir que siempre toman las decisiones que podríamos considerar correctas desde nuestra atalaya distante, sino que soportan, asumen y entienden las consecuencias de sus decisiones. Y esto resulta curiosamente original en el cine comercial.

Esto no quiere decir que la película sea dura en absoluto, de hecho es bastante “blanca”. Para conseguirlo, la música amortigua el peso de la historia; su argumento, que al principio parece un cuento de hadas sobre el sueño americano, es solvente. Todo está tratado desde el compromiso con la verdad y la ausencia de concesiones a la ñoñería.

La historia se desarrolla principalmente en un año natural y se cierra unos años después. En las dos horas casi justas que dura la película vemos cómo se conocen los protagonistas, cómo se enamoran, cómo sus carreras empiezan a despegar y cómo eso afecta a su relación y, en la misma medida, cómo sus sueños iniciales, puros, se adaptan a las circunstancias, buscan compromisos, se renuncian en parte su pureza original, vuelven a ella (con consecuencias) en un reflejo casi hiriente de lo que ocurre tantas veces en nuestras vidas.

En definitiva, una película madura, una gran película, en la que el aspecto formal tiene poco que ver con la idea que la mayoría de nosotros probablemente tiene sobre lo que es un musical clásico.



Lezo

6 de febrero de 2017

La verdadera Ley mordaza.

Artículo publicado en el ABC del 6 de febrero de 2017.

A finales del pasado año, el Pleno de la Diputación provincial de Sevilla, acordó, con el voto a favor de los grupos socialista, comunista (Podemos incluido), Ciudadanos y la abstención del Partido popular, retirar “de forma definitiva” la medalla de oro de la Provincia concedida a mi padre, José Utrera Molina en el año 1969 por dicha institución.  La noticia no debiera trascender el ámbito local o personal de la persona e institución concernidas si no fuera porque constituye un peligroso precedente, claramente liberticida, de hasta qué extremos de persecución ideológica está dispuesta a llegar la izquierda –con el beneplácito o indiferencia del partido popular- con la aplicación de la denominada Ley de Memoria Histórica, que alumbró la mente sectaria de Rodríguez Zapatero y ha sido mantenida por la irresponsable abulia acomplejada del Partido popular, posibilitando que próximamente pueda “celebrarse” la primera década de la misma.

Se trata en este caso del primer intento de remoción de honores concedidos a una persona viva, pues hasta ahora las distintas administraciones han venido participando en una verdadera orgía iconoclasta de carácter póstumo retirando honores, placas y menciones a personas ya fallecidas, sin la menor oposición por parte de ningún grupo político, sin duda por miedo a señalarse como afín o partidario del personaje removido, evidentemente relacionado con la España de Franco, cuando no se trataba del propio Jefe del Estado.  Lo más relevante es, sin duda, la motivación que emplea en este caso la Diputación para justificar la revocación o remoción de la distinción concedida, pues considera de forma abierta que el mero hecho de su participación activa en el régimen franquista fue determinante en la concesión de la distinción u honor concedido, por lo que, haciendo abstracción de cualquier merecimiento que hubiera sido tenido en cuenta a la hora del reconocimiento y, por supuesto sin alegar en modo alguno la existencia de una conducta posterior que desmereciera los honores concedidos y justificase dicha retirada, el mero ejercicio de dicho cargo público  durante “la dictadura” es motivo suficiente para su revocación o retirada de acuerdo con las previsiones de la Ley de Memoria Histórica.   

La indudable trascendencia de tal precedente -que de recibir respaldo judicial podría determinar, por ejemplo, la retirada de cualquier honor o mención concedido a los actuales reyes eméritos durante su etapa como príncipes de España- adquiere tintes ciertamente delirantes cuando la propia Diputación en el acuerdo mencionado, censura expresamente y utiliza como elemento ad maiorem que Utrera Molina haya osado manifestar en el trámite de alegaciones de forma explícita su lealtad a la figura de Francisco Franco  y haya hecho confesión de su condición de falangista, manifestaciones éstas que en opinión de la Diputación de  Sevilla “entran en colisión con la Ley de Memoria Histórica”.  

Que la lealtad y la coherencia política de un hombre –sean del signo que sean- puedan ser consideradas un descrédito o ser merecedoras de sanción, identifica el talante antidemocrático de quienes lo afirman.  Bajo el amparo de la Ley de Memoria Histórica, se rinden honores e inauguran monumentos a golpistas como Prieto y Largo Caballero mientras se destruyen con saña, no ya los dedicados a Francisco Franco, sino a cualquier persona relevante del bando vencedor, sobre el que se extiende el manto del olvido y el deshonor. Pero si la visión maniquea de la contienda civil es ya censurable, resulta aberrante que se condene y estigmatice a todo aquél que sirvió a España desde cualquier cargo público entre el 18 de julio de 1936 y el 20 de noviembre de 1975, independientemente de su labor concreta, por considerársele miembro de un “aparato represor”.

Tales dislates se amparan y escudan en una verdadera ley mordaza que supone una enmienda a la totalidad del espíritu de reconciliación que posibilitó la transición española y representa un instrumento letal en manos de sectarios insensatos. Desde su sectaria y falsaria exposición de motivos, que impregna e inspira su articulado, se establece una condena injusta y vergonzante contra la memoria de millones de españoles que hace 80 años tuvieron que luchar contra sus hermanos a raíz de un proceso revolucionario que hizo imposible la convivencia pacífica de los españoles y contra toda una generación de españoles que, actuando de buena fe, trabajaron para levantar una nación de sus cenizas para legarnos un futuro en paz que superase la cruel contienda fratricida.

Una ley dictada desde el odio cainita, contra una parte de los españoles, no puede ser jamás una ley justa: de ahí la grave irresponsabilidad de quienes la promulgaron y de quienes la mantienen. Su aplicación ha llevado a la profanación de sepulcros, al derribo de monumentos, a la eliminación de cualquier recuerdo de una etapa que está ya sometida al juicio de la historia, en un intento liberticida de reeducar a toda una generación de españoles para que reniegue de sus ancestros conniventes  con el franquismo.

Fue Albert Camus quien afirmó que “existe una filiación biológica entre el odio y la mentira” y que “allí donde prolifere la mentira, se anuncia la tiranía”. La ley de memoria histórica, la más mendaz, maniquea y liberticida de cuantas se han aprobado en democracia, ha vuelto a dividir a los españoles en buenos y malos, nos ha debilitado como nación aventando nuevamente odios olvidados y sepultando bajo una pesada losa la dura y esforzada conquista de nuestra reconciliación nacional. Por eso la única celebración que merece es la de su absoluta y definitiva derogación para bien de España y de los españoles.

Luis Felipe Utrera-Molina Gómez

Abogado

4 de enero de 2017

"Patria" de Fernando Aramburu




“Patria”
de Fernando Aramburu

Fernando Aramburu compone una grandiosa novela que es una sinfonía afinadísima en la que cada instrumento, cada personaje, aporta un matiz, o más, a un resultado francamente redondo.

“Patria” no es sólo una gran novela, la mejor, sobre el terrorismo, sus causas y sus consecuencias; es mucho más que eso: es una grandísima novela sobre la culpa, la responsabilidad personal, la necesidad del perdón y de la redención. Sobre la necesidad de justicia, no sólo penal, sino, más importante, personal.

La novela narra unos acontecimientos y las vidas de unos personajes imaginarios, pero que han sido muy reales con otros nombres, y de las personas (no entelequias difuminadoras de culpas) que los hicieron posibles, que ampararon y estimularon a unos en su locura criminal, y trataron de doblegar a otros, mediante la eliminación, física en unos casos, social en otros. La acción transcurre fundamentalmente en un pueblo cuyo nombre no se menciona porque podría haber sido cualquiera.

En particular, resulta especialmente interesante el enfoque que el autor da a la necesidad del perdón para seguir adelante, a la falta de rencor como elemento imprescindible para alcanzar la paz y con ella la felicidad, unida a la necesidad de justicia, que es requisito y condición de la verdadera paz.

La estructura de la novela es moderna; no sigue un relato lineal. El autor prefiere proponer capítulos de duración reducida en los que a modo de flash-back se revelan las circunstancias de la vida de los personajes, se explican sus razones (o sus sinrazones) y se profundiza, sin aburrir nunca, en su psicología. Los diálogos son de frases breves y directas, aspecto que refleja la forma de hablar característica de los vascos y que el autor demuestra conocer perfectamente. Las descripciones son las justas para ambientar la obra y el autor incluye muchos personajes secundarios que representan distintas actitudes y reacciones ante un mismo hecho, y que completan el mosaico de la novela.

El ambiente en el que transcurren los acontecimiento es a menudo muy lluvioso, no sólo para reflejar el clima del escenario en el que transcurren los hechos, sino también como un elemento simbólico.

En definitiva, “Patria” es una grandísima novela, que no sólo resulta imprescindible para entender una parte de nuestra historia que muchos tienen demasiada prisa en olvidar sino también arroja luz para comprender los resortes del alma humana.


Lezo

30 de diciembre de 2016

Nota de prensa de José Utrera Molina sobre la revocación de la medalla de oro de la provincia de Sevilla.

Nota de prensa de José Utrera Molina en relación con el acuerdo de revocación de la medalla de oro de Sevilla por el pleno de la Diputación de Sevilla celebrado el 29 de diciembre de 2016.


Ante la publicación de la noticia relativa a la aprobación por el pleno de la Diputación de Sevilla celebrado ayer, día 29 de diciembre, del segundo acuerdo de revocación de la medalla de oro de la provincia que me fue concedida por esa misma institución en el año 1969, quiero manifestar lo siguiente: 

1º.-        El acuerdo de revocación se fundamenta única y exclusivamente en motivos ideológicos como lo son mi condición de falangista y mi lealtad al que fue Jefe del Estado Español D. Francisco Franco Bahamonde, circunstancias éstas que concurrían en mi persona al tiempo de recibir tal distinción y permanecen incólumes, por lo que el acuerdo vulnera frontalmente la prohibición de discriminación por motivos ideológicos consagrada en el artículo 14 de la Constitución Española.

2º.-        En el expediente del que se me dio traslado por la Diputación para efectuar las  alegaciones que estimara pertinentes  en defensa de mi derecho, no constaba la existencia de testimonio alguno de personas o familiares de personas supuestamente represaliadas durante mi mandato como gobernador, ni de prueba alguna referida a tales extremos, por lo que cualquier referencia a tales testimonios es mendaz y vicia de nulidad el referido acuerdo en cuanto se refiera a los mismos, creando indefensión, pues no existe ni puede existir prueba alguna de tan graves e injustas acusaciones. 

3º.-        Toda vez que la actual Diputación de Sevilla se ha erigido en sanedrín de la historia reciente de la provincia, personalizando en mí la reprobación de cualquier persona que tuviera responsabilidades durante el régimen nacido el 18 de julio de 1936, me veo en la obligación moral de defender mi honor y el de tantos alcaldes, gobernadores y cargos públicos que sirvieron a Sevilla y a España con honestidad y con el único propósito de mejorar las condiciones de vida de los españoles.

4º           Por todos los motivos anteriores, anuncio mi intención de recurrir, nuevamente, el acuerdo de revocación ante la jurisdicción contencioso-administrativa.



Madrid, a 30 de diciembre de 2016

28 de diciembre de 2016

Los inocentes

Reproduzco por su calidad e interés el artículo de Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz
Monumento al niño no nacido

Si las Navidades le parecen demasiado empalagosas, es que está usted abusando del turrón y las tortas pardas. Estos días mantienen un equilibrio extremo entre la ternura y la entrega, entre la misericordia y el sacrificio. Los poetas del Siglo de Oro lo tenían claro, y en sus villancicos contemplaban también el llanto del Niño, el frío del invierno, la pobreza del pesebre, el puñal que atravesaría el pecho de la Virgen y la futura cruz. Véase Lope de Vega: "Dormid entre pajas/ que, aunque frías las veis,/ hoy son flores y rosas,/ mañana serán hiel"; o Luis de Góngora: "Cuando el silencio tenía/ todas las cosas del suelo,/ y coronada del yelo,/ reinaba la noche fría,/ en medio la monarquía/ de tiniebla tan crüel,/ caído se le ha un clavel/ hoy a la Aurora del seno..."
Además, entre la gran fiesta de la Navidad y el festejo total de fin de año, se sitúa la festividad de los Santos Inocentes, con su recuerdo de horror y muerte. La historia es conocida, pero, por si la tradición tontaina de las inocentadas la está relegando, la recuento. Herodes, temeroso de las profecías que hablaban del nacimiento de un Rey en Belén, ordena que pasen a cuchillo a los niños de la comarca menores de dos años. El cristianismo los consideró como sus primeros mártires, santos por su bautismo de sangre.
Hoy es fácil (y en cierto aspecto consolador) ver en ellos a los patronos de tantas víctimas del aborto. Entonces y ahora, la actuación del poder político es desalmada y plantea en toda su crudeza las contradicciones entre la legalidad establecida y la justicia por establecer. Otra similitud tremenda es la completa inocencia de las víctimas.
Me escandaliza -y al reconocerlo me meto en camisa de once varas- que a Sarah Palin, por ejemplo, le critiquen la supuesta incoherencia de estar a favor de la pena de muerte y en contra del aborto. Los que usan ese argumento demuestran la envergadura de su desorientación moral. Pena capital y aborto son radicalmente distintos, y su diferencia estriba, fíjense, en el concepto de culpa, que nuestra sociedad está perdiendo a pasos agigantados de una manera suicida. La pena de muerte -que yo, cuidado, no considero imprescindible ni, por tanto, conveniente- sólo se aplica a los autores de crímenes muy graves, y después de haber sido juzgados con las máximas garantías. En el aborto, por el contrario, se mata al feto sin juicio previo, lo cual no es de extrañar porque sería declarado inocente en todos los casos. A menudo, lo único que el feto hizo fue tener una discapacidad psíquica o física. El aborto, como sabe todo el mundo, se ha convertido en un instrumento eugenésico masivo que habría hecho las delicias de Hitler. Sobre esto, que socava profundamente la legitimidad de nuestro sistema político, tendríamos que reflexionar cada día. Pero ninguno más apropiado que hoy para recordar cómo el aborto se ceba con los inocentes."

Enrique García Máiquez