28 de marzo de 2016

Sevilla palpita todavía en mi corazón. Por José Utrera Molina



Aún en pie y punto de cumplir 90 años, no me falla, gracias a Dios, la memoria y soy aún consciente de los viejos dolores y las ilusiones maltrechas. Usted sabe que yo fui durante cerca de ocho años gobernador de Sevilla. Recuerdo que siendo Gobernador Civil de Burgos, me hicieron el ofrecimiento del gobierno civil de Sevilla. Inicialmente me negué a aceptar este cargo porque sabía su tremenda dificultad y el hecho de ser malagueño podía suponer una dificultad añadida a mi nombramiento. No fue así.

No tuve más remedio que aceptar por sentido de la responsabilidad ante la insistencia de Franco y el 14 de agosto de 1962 tomé posesión del gobierno civil de Sevilla. Fueron años de ejercicio de mi responsabilidad, venciendo múltiples dificultades, pero al final puedo decir que conté con el apoyo significativo de las gentes que trataba ante los inmensos problemas que Sevilla tenía. Entregué, sin reservas, mi vida entera a todo lo que Sevilla significaba. Sentí sus tradiciones, sus sensibilidades, sus alegrías, sus dolores, su forma singularísima de ser y me convertí en un sevillano más. Allí nacieron tres de mis ocho hijos y no hubo día, ni noche, ni madrugada en que los problemas de Sevilla fuesen por mí olvidados. Estuve al pie del cañón, tantas veces como la urgencia de los problemas me reclamaban.

No voy a hacer la historia de todo lo acontecido en estos años que han sido para mí la mejor referencia de mi modesta vida política. No recuerdo con tanta nitidez ni mi paso por el Ministerio de la Vivienda, ni por la Secretaría del Trabajo, ni por la Secretaria General del Movimiento. De aquella época han pasado 47 años.  Cuando salí de Sevilla un verdadero clamor y lo digo sin vanidad alguna sino con verdadero orgullo, me acompañó en mi marcha. Llovieron las condecoraciones y las muestras de afecto que posiblemente yo no merecía del todo, pero las recogí con un gozo infinito y agradecido en mi alma. Siempre me he sentido orgulloso de que los sevillanos no me habían olvidado. Centenares de cartas, llamadas y muestras de afecto las he recibido en estos últimos años. Y es que Sevilla palpita todavía en mi corazón de forma continua con un afecto inacabado y a veces con un entusiasmo delirante.

Al hilo de una querella argentina, que más que una acción judicial es una iniciativa política dirigida por quienes en España fracasaron en una prevaricadora instrucción penal, me retiran los honores que me concedió, en su día, la Diputación de Sevilla. Me sobran esos honores pues siempre me ha bastado el afecto probado de muchos sevillanos de bien, del pasado y del presente, que fueron testigos de mi desempeño. Espero que algún día alguien reivindique lo que fue una etapa limpia y esforzada con aciertos y errores pero siempre llena de un amor inconmensurable a todo lo que Sevilla representa.

Sr. Director, he querido explicarme al pueblo de Sevilla al que no olvido, con la secreta ilusión de que habrá más de un sevillano que recordará conmigo la alegría de aquel servicio prestado con amor.


JOSÉ UTRERA MOLINA
(publicado en ABC de Sevilla el 19 de marzo de 2016)

16 de marzo de 2016

Nietos de la ira


         Una de las notas más inquietantes que definen la actual coyuntura política viene dada por el ambiente de crispación creado a raíz de la entrada de fuerzas de ultraizquierda en el parlamento.  Las notas del “cambio progresista” aparecen así acompañadas de trazos gruesos, estudiadas provocaciones y faltas de respeto al adversario que convierten la nueva política en matonismo propio de repúblicas bolivarianas.  Esta estrategia, en modo alguno espontánea, provoca en una sociedad condicionada por las directrices de la “memoria histórica”, el aventamiento de odios atávicos de impredecibles consecuencias a medio plazo. El odio cainita que parece haber anidado en la generación de los nietos o bisnietos de los que hicieron la guerra y que se proyecta sobre los descendientes de sus enemigos, presenta así un carácter claramente recesivo, pues no anidó de igual manera en las generaciones intermedias.  
               
              En una reciente columna, Herman Tersch recordaba en este periódico los antecedentes familiares de Pablo Iglesias, hijo de un militante de la banda terrorista FRAP y  nieto de un comunista condenado por “dar el paseo” al Marqués de San Fernando y a su cuñado en noviembre de 1936.  Siendo esto así, no deja de asombrar que el líder carismático del nuevo totalitarismo de corte bolivariano tenga la soltura de acusar en el Congreso de criminal a Felipe Gonzalez y llamar “hijos del totalitarismo” a todos los diputados del  Partido popular haciendo alusión a la condición franquista de los fundadores de su partido.  Pero lo preocupante no es tanto que Iglesias tenga esa desenvoltura como que dichas prácticas no hayan merecido la unánime repulsa de los medios de comunicación social.

               El viejo maniqueísmo de la nueva izquierda, inoculado a la sociedad española durante décadas con la venia de una derecha instalada el pragmatismo que carece de un proyecto de futuro y de referentes en la historia, está dando sus frutos.  El resultado es una sociedad miope que no ve mal alguno en la izquierda, porque el mal absoluto está encarnado en una derecha que se avergüenza de serlo.  Así, la violencia o mera intimidación –puramente marginal- procedente de grupos de ultraderecha es convenientemente amplificada por su condición de “agresión fascista”, mientras que la cada vez más generalizada violencia e intimidación de los círculos y organizaciones del ámbito de Podemos en juntas de distrito, universidades, iglesias. etc. es escandalosamente ignorada por los medios cuando no justificadas como reivindicaciones de la laicidad, de los “derechos de las mujeres”, de las “víctimas del franquismo”, y demás eufemismos genuinamente “progresistas”.

               Resulta desalentador que a estas alturas de la historia, con tantos problemas sociales de urgente solución, anden ahora los políticos echándose a la cara las culpas de sus mayores e impregnen la vida política de un cainismo atávico.  Pero esta es la consecuencia de la caja de pandora que, de forma colosalmente irresponsable, abrió en su primera legislatura un gobernante nefasto llamado Rodríguez Zapatero, imponiendo una versión sectaria de la historia y convirtiendo la memoria en un garrote sectario y letal.  Los que hemos conocido a los que lucharon, sabemos lo que les costaba recordar, que les dolía en el alma haberse enfrentado a tiros con sus hermanos, que habrían dado su vida por no vivir aquella tragedia. La guerra fue para ellos la mejor vacuna para curar el odio que los enfrentó. Educaron a sus hijos en el perdón y el abrazo, en la superación de aquella dolorosa fractura, porque lo importante era mirar al futuro y sacar adelante una España rota y desangrada.

               Justo es decir que la resurrección del odio viene de un solo lado de la mesa.  Los  caínes de la nueva izquierda utilizan el mismo lenguaje incendiario de sus abuelos antes de que se pusieran a matarse por los campos de España.  Es el lenguaje rancio de la “libertad” (Caín) contra el “fascismo” (Abel), porque para ellos “fascista” no es sino el término que define a quien osa desafiar le pensamiento único de la izquierda. 

               Los nietos de la ira no hacen justicia a sus abuelos.  Por el contrario, su odio rescatado, su sectarismo disfrazado de “progreso” deshonra su memoria y parece desahuciar a España de un futuro necesitado de paz y concordia.  Los errores del pasado deben servir de lección para que las nuevas generaciones no repitan los mismos yerros de sus mayores. Y España, tan rica en potencialidades de todo orden, no puede regresar al pozo insondable del odio, precisamente cuando los españoles están pidiendo a gritos el entendimiento, como fórmula indispensable del verdadero progreso.

               Hoy más que nunca debemos reivindicar la grandeza de España y lo que nos une frente a lo que nos separa. Frente al odio y el sectarismo estériles, el orgullo de pertenecer a una nación milenaria por tantas razones envidiada. Si nos empeñamos en manipular la historia y en utilizarla como arma arrojadiza, sólo conseguiremos división y pobreza, que harán las delicias de los enemigos de una España que debe saber mirar al futuro sin repetir los errores del pasado.


               LFU

11 de marzo de 2016

"En defensa del Ejército". Por José Utrera Molina


Reconozco que el asombro casi ha desaparecido de mi esfera mental acostumbrado a contemplar la política española como una sucesión inagotable de mediocridades, impulsos irracionales,  odios contenidos y rencores ocultos.

El último episodio, por ahora, de esta decadencia nacional lo constituye la intolerable ofensa de la alcaldesa de Barcelona a nuestras fuerzas armadas. Desconoce esta “preclara” política catalana –o lo conoce demasiado bien- que un pueblo no puede vivir sin su Ejército, que vertebra y encarna siempre las mejores virtudes de su identidad nacional. Una nación sin ejército no es nada. La sangre derramada, la abnegación, el sacrificio personal, el espíritu de servicio y la ofrenda de una vida rechazando la comodidad, son señas de identidad de quienes visten el uniforme militar.

Nunca me he sentido más hombre ni más español que cuando he vestido ese uniforme y no puedo permanecer callado cuando se le ofende porque hay juramentos que obligan hasta el último día. La ofensa incalificable de esta alcaldesa alcanza límites insospechados, bravuconerías de burdel, desprecios de almas insanas. Como español, me siento orgullosamente representado por el ejército y me siento insultado sin poder responder adecuadamente a tanta desfachatez.

¿Qué clase de vergüenza le queda a la Sra. Colau para desairar así una institución que a todos nos representa? ¿qué clase de gobierno, qué clase de medios de comunicación tenemos incapaces de responder a esta mezquina ofensa con una condena rotunda?. ¿Imaginan las consecuencias de una ofensa igual en Estados Unidos, en Francia o en Gran Bretaña?

No nos equivoquemos. Vejando a ese uniforme no se pretende otra cosa que insultar a toda una nación, porque saben bien que su sola existencia garantiza todavía que España no pueda desaparecer del todo. Porque entre sus paredes se sigue pronunciando el nombre de España con unción y se cultivan el honor, la disciplina y la lealtad. Confieso que me siento abrumado por el desengaño porque nunca creí que llegáramos a contemplar la institucionalización de la chulería, la normalización de la zafiedad. No es posible permanecer indiferente ante tales hechos y no entiendo la indulgencia ante tanta provocación.

Sé que los muertos de mi propia familia, que son muchos y que honraron ese uniforme, me agradecerán que pronuncie mi grito de rebeldía y de indignación. Dios que ve y contempla a un pueblo como el nuestro a punto de desustanciar su historia juzgará algún día a quien se ha caracterizado por su indignidad y su desprecio ante el baluarte de un ejército al que yo desde estas páginas rindo mi homenaje y ante el que me cuadro con la misma emoción que lo hice cuando tuve el honor de vestir su uniforme.

Sé que muchos soldados habrán sentido como yo ante tamaño desafuero un estremecimiento cordial. Nuestro corazón apenas es capaz ya de resistir la infamia de tantos insultos continuados, de tanta falta de dignidad por quién se ha permitido ofender a vivos y muertos de una institución que en todo momento, con gallardía y limpieza ha estado dispuesta a darlo todo por salvar el honor de España.

JOSÉ UTRERA MOLINA

Cabo honorario de la Legión

10 de marzo de 2016

Utrera Molina y el honor de Sevilla. Por Reyes Utrera

EL HONOR DE SEVILLA

Hace 45 años la Diputación de Sevilla concedió a un hombre bueno la medalla de oro de la provincia. Sevilla saldó entonces una deuda de gratitud con quien durante más de siete años dirigió los ásperos caminos de la dirección política de la provincia. Desde la Roda a Sanlucar la Mayor, desde el Cuervo a Cazalla de la Sierra, toda la provincia sintió en las más diversas circunstancias la enorme carga humana, esperanzadora y emotiva de quien fue su Gobernador Civil entre 1962 y 1969. De la misma manera se pateo la ciudad de Sevilla desde el Cerro del Águila o Torreblanca al Tardón, desde San Jerónimo a Heliópolis, no quedando barriada, casa, escuela, asilo, hospital o guardería que no haya sentido en alguna ocasión la alegría de su presencia, escuchando primero y disponiendo después, dentro o fuera de sus limitadas posibilidades, lo necesario para solucionar los problemas humanos más urgentes.
Los hombres y  mujeres de Sevilla, estudiantes y obreros, pobres y ricos, comerciantes, agricultores y ganaderos, los  círculos y las cofradías encontraron siempre abierta la puerta de un gobernador que no cejó ni un solo día en la tarea de buscar soluciones a los que acudían a él con el corazón atribulado. Su labor como gobernante no tuvo más fallos que aquellos que la realidad imponía a sus desbordados deseos de buscar lo mejor para Sevilla y para los sevillanos.
Hace 45 años, Sevilla entendió que, con buena o mala fortuna, un hombre joven se entregó apasionadamente a un servicio en el que dejó lo mejor de su vida. Desde aquel 14 de agosto -fecha que cada año recuerda con lágrimas en sus ojos-, en que iniciara su andadura en tierras hispalenses, supo identificarse plenamente con el sentir y el espíritu sevillano. Vivió horas de esperanza y muchas de zozobra, sufriendo como suyos los problemas de los sevillanos. En Sevilla dio la medida de su hombría y de su humanidad sin ningún puritanismo frío, y sin otra sonrisa que la que sale de la pureza de intenciones. Y allí gobernó con la llama intelectual y la acción decidida, como decía Ortega. Para comprobar todo esto no tienen más que asomarse a la hemeroteca de aquellos años, como yo hago hoy, al conocer hoy la indignidad cometida por la diputación hispalense.
Emotivas visitas a viviendas en ruinas que se erradicaron y sustituyeron por nuevos y decorosos hogares. Brenes y la Rinconada salen en la prensa por las mejoras en urbanización y pavimento para sus términos municipales, También se reflejan los continuos desplazamientos por Constantina, Carmona, Gerena, La Luisiana y Olivares, necesitadas de urgentes mejoras. Durante su mandato, se inicio el polo de desarrollo y la magna obra del canal de Sevilla-Bonanza que repercutió notablemente en la estructura sociológica de la provincia y sobre todo en la mejora de su bienestar. Nunca estuvo ajeno a los difíciles problemas de Villanueva del Río y Minas, y con resueltas y decisivas decisiones solucionó muchos de los problemas que angustiaban a los hombres que trabajaban en las minas. Por ello fue reconocido como hijo adoptivo de Villanueva del Río y Minas, también de Morón de la Frontera y de Utrera. Se crearon nuevos ambulatorios y parques infantiles tan pioneros como el de tráfico.  Pasó noches a la interperie con los afectados por las inundaciones de 1962, y no faltó nunca su aliento y compañía cuando la desgracia hizo acto de presencia en accidentes mineros y de otra índole.
Mi padre no cejo jamás en su lucha por dejar una Sevilla mejor que la que había encontrado. No se conformó con lo preciso de su deber, con pasar desapercibido. Se comprometió en cuerpo y alma, fomentó el acceso del pueblo a la cultura con la creación de centros de estudios y universidades laborales que adecuaran la formación de los hombres a la exigencia de los nuevos tiempos; luchó con denuedo y fue su máxima preocupación la justicia social como base para la convivencia, y no desfalleció en su lucha para que la juventud tuviese un papel activo en la tarea integradora. En el ámbito puramente económico consiguió subvenciones y auxilios económicos del orden de 170 millones de las antiguas pesetas.
A Sevilla, ciudad milenaria, de cultura vieja, excelsa sensibilidad e ingenio fino, llegó un hombre bueno el 14 de agosto de 1962, estrenando una nueva dimensión de su alma sensible. Luchó por ella con desvelo, escapando de la gestión política para entrar en el terreno de la obra humanitaria.   Hoy, la Diputación de esta misma ciudad, cuyos nuevos integrantes distan mucho de participar en lo que ha sido tradicionalmente la esencia hispalense, ha decido retirar los honores que le había concedido a José Utrera Molina en el año 1970, cuando se le otorgó la Medalla de Oro,  “por sus excepcionales cualidades personales de inteligencia y de carácter que han marcado un estilo y acción difícilmente inigualables en el cumplimiento de sus funciones”.
Nadie le regaló nada. Sevilla no le concedió la medalla de su provincia por adulación o protocolo, sino como muestra de gratitud, por una exigencia de justicia. La prueba es que fue el único gobernador de toda la era de Franco que recibió tal distinción. Hoy, 45 años más tarde y a punto de cumplir 90 años, tiene que contemplar con tristeza cómo otros sevillanos, quizás los nietos de sus testigos, sin conocerle de nada, han decidido que todos sus desvelos y sus realizaciones sociales no merecen reconocimiento alguno. Ninguna justificación han alegado para aprobar la moción presentada por Izquierda Unida y Participa Sevilla, que salió adelante con los votos a favor de PSOE y Ciudadanos, y con la cobarde y miserable  abstención del Partido popular. 
Nadie puede dar lo que no tiene. Los diputados provinciales de hoy podrán borrar reconocimientos oficiales, pero jamás podrán administrar honores que les son ajenos. Desgraciados ellos que  no saben que el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios.

Reyes Utrera 



7 de marzo de 2016

"Utrera Molina" por Francisco Correal

Utrera Molina

FRANCISCO CORREAL |  Publicado hoy en el DIARIO DE SEVILLA
PEPITA Barbero tenía tres años y nunca más volvió a ver a su padre. Emilio Barbero Muñoz, interventor de ferrocarriles, fue fusilado el 10 de agosto de 1936 en el cortijo de Hernán Cebolla ante el mismo pelotón que acabó con la vida de Blas Infante. Sigue viviendo en la misma casa de la calle Jamaica de Heliópolis de la que se llevaron a su padre, militante de Unión Republicana, uno de los catorce concejales del Ayuntamiento de Sevilla fusilados. Su madre, la viuda de Emilio Barbero, sacó adelante a su familia convirtiendo la casa en pensión de huéspedes y con sus trabajos de costurera. 

Conocí a Pepita Barbero en 2011, cuando se cumplían 75 años del asesinato de su padre. El historiador Juan Ortiz Villalba me puso en la pista y el encuentro fortuito con uno de los nueve hijos de Pepita me llevó hasta su casa de Heliópolis, uno de los antiguos hotelitos construidos para la Exposición de 1929. Gracias a ella pude conocer a José Utrera Molina, a quien la Diputación Provincial de Sevilla le acaba de retirar la medalla de la provincia que le entregó en 1979. Fue el propio ministro de Franco, gobernador civil en los años sesenta de Ciudad Real, Burgos y Sevilla, quien se puso en contacto conmigo para devolverle la gratitud que Pepita Barbero mostró en aquella entrevista. 

La hija del interventor de ferrocarriles me contó las duras vicisitudes de una infancia sin padre, de una madre trabajando en plan estajanovista, del estigma de criar a su propia familia como hija de republicano fusilado. Pepita tuvo nueve hijos, nunca consiguió el certificado de defunción de su padre, ni las bonificaciones de familia numerosa. Pudo conservar la casa de la que se llevaron a su padre gracias a la gestión que realizó en Madrid ante el ministro de Vivienda. "No quiero morirme", me decía el día que la conocí, "sin darle las gracias a Utrera Molina". Fue esa frase la que me permitió conocer por teléfono al político malagueño que en abril cumplirá 90 años y visitarlo en su casa de Nerja. 


Tiene razón Manuel Alcántara, decano de los columnistas, amigo de Garci, Aldecoa y Neruda, letrista de Mayte Martín, cuando en el prólogo del libro del ex ministro Sin cambiar de banderaescribe: "¡Cómo tendrían que revisar sus opiniones sobre ese hombre si algunos de los que hablan de Utrera Molina conocieran a Pepe Utrera!".