23 de marzo de 2018

Utrera Molina: La dignidad de un malagueño



“Ser malagueño significa caminar por la vida con el desventajoso equipaje de la sinceridad; y la sinceridad no es otra cosa para nosotros que una servidumbre de honor que se alienta en el aire, en el sol y la luz de nuestro paisaje; ser malagueño es hacerle frente a la vida de una manera metafísica y desenfadada, al propio tiempo; ser malagueño es sentir la alegría como reflexión y la gravedad como signo de una jerarquía civilizada; ser malagueño significa sentir la dignidad del dolor y no estar dispuesto sin embargo a venderle las lágrimas a nadie; ser malagueño significa darle un quiebro a la pena y traer sin embargo y de la mano al corazón, una sonrisa”

Estas palabras fueron pronunciadas por mi padre, José Utrera Molina en el Teatro Cervantes el 6 de septiembre de 1975 con motivo de su nombramiento como hijo predilecto de Málaga y de su provincia, delante de su entonces Alcalde, el inolvidable Cayetano Utrera Ravassa, y del entonces Presidente de la Diputación Provincial, Francisco de la Torre, hoy primer edil de la ciudad.

Muy lejos estaba entonces de suponer que cuarenta y tres años después de aquella tarde, el Pleno del Ayuntamiento de la ciudad que le vio nacer, votase, sin un sólo voto en contra, iniciar los trámites oportunos para retirarle todas las distinciones concedidas aquél día tras aprobar una moción en la que, entre otras falsedades, insidias y calumnias se afirmaba lo siguiente: “Está claro, por su papel destacado en el régimen y su participación directa en actos de represión, que mantener los honores y distinciones a José Utrera Molina es un incumplimiento flagrante del Artículo 15 de la Ley de Memoria Histórica”.

Lo de menos es que el autor de dicha moción sea un junta-letras además de un ignorante enciclopédico. Está en el ADN del grupo que lo presentaba la utilización de la injuria y de la mentira como arma política, propia de un partido de ideología totalitaria. Lo grave, lo verdaderamente doloroso es que no hubiera entre todos los ediles malagueños, ni un solo gesto de dignidad para denunciar tamaña injusticia y clamar contra semejante falsedad.

Habría preferido darle un quiebro a la pena y guardar silencio ante tanta mezquindad, pero creo que haría un flaco favor a los malagueños y faltaría a mi deber cristiano de honrar al hombre que me dio la vida y me enseñó un sentido del honor.    

Mi padre no fue jamás un represor, si no lo fue de la miseria que acuciaba cada día a los que habitaban en inmundas chabolas en Huelin o en la Playa de San Andrés. A José Utrera Molina no le concedieron esos honores, Alcalde De la Torre, “por su cariño a Málaga”, sino por porque sacrificó siempre su bienestar y comodidad personal, le quitó horas al día y la noche y a su familia para mejorar la vida de los malagueños. Para él, la política no era otra cosa que la emoción de hacer el bien y jamás miró el color de los que llamaban a su puerta. De sobra lo saben muchos de los que tanto le deben.

Los que como buitres carroñeros han querido escupir sobre su tumba sin conocerle, no merecían que su odio contase con la complicidad de la ingratitud de quienes saben de sobra lo que Málaga le debe a José Utrera Molina. El Alcalde De la Torre, que tuvo el gesto noble de acompañarnos en su último adiós, sabe bien de lo que hablo. La vida se encarga de ponernos frente a encrucijadas en las que poder demostrar nuestra categoría moral y el Pleno del pasado 25 de enero le dio la ocasión de poder  caminar el resto de su vida con el desventajoso pero digno equipaje de la sinceridad. 

Decía Albert Camús que la libertad consiste, en primer lugar, en no mentir y yo añado que también en no compadrear ni vivir esclavo de la mentira. Porque la mentira es el germen del odio y el fruto de la maldad. Allí donde prolifere la mentira, se anuncia la tiranía. Y a la tiranía se le hace frente con dignidad y gallardía y no lavándose las manos desde el Pretorio mientras crucifican a quien tanto bien hizo en vida, por mucho interés electoral que esté en juego.

Termino con las palabras que cerraron aquella tarde emocionante en el Teatro Cervantes: “sigo creyendo que no hay noche tan larga que no vea después su aurora, y yo estoy completamente seguro de que esa aurora ha de venir; permitidme queridos amigos, que levante en vilo mi corazón agradecido y que ponga sobre el alba azul de la nueva mañana, como cristiano viejo, con amor y con fe, la señal de la cruz en mi esperanza.”

Él ya descansa en paz esperando la resurrección, pero yo no descansaré jamás hasta que vuelva a reír la primavera y se haga por fin justicia con el nombre y la memoria del mejor malagueño que jamás he conocido.

Luis Felipe Utrera-Molina Gómez

17 de marzo de 2018

Mentira y la intoxicación como arma política: La ultraizquierda y el caso "Puig Antich"

El subinspector Francisco Anguas

El 25 de septiembre de 1973 fue asesinado el Subinspector de la Policía Armada D. Francisco Anguas, de 24 años. El autor de los dos disparos que terminaron con la vida de Anguas fue Salvador Puig Antich, un miembro activo del Movimiento Ibérico de Liberación-Grupos Autónomos de Combate (MIL) de ideología comunista-libertaria que había participado en varios atracos a sucursales de entidades bancarias.

El 8 de enero de 1974 un tribunal militar, que de acuerdo con el Código de justicia militar era la jurisdicción competente para el enjuiciamiento de los asesinatos de miembros de las fuerzas de orden público, condenó a Salvador Puig Antich a la pena de muerte.  La sentencia condenatoria fue ratificada por el Consejo Supremo de Justicia militar mediante sentencia de 11 de febrero de 1974, que ordenó su ejecución.

De conformidad con lo dispuesto en el Código de Justicia Militar, la ejecución de las sentencias de condena a la pena capital debían notificarse al Consejo de Ministros que debía dar el enterado. Es decir, no se trataba de un acto administrativo discrecional, sino reglado u obligado, por lo que conforme a lo que establecía la ley, el Consejo no podía denegar el enterado, que era tan sólo la confirmación de que se había cumplido el trámite legal de la notificación previa de la ejecución de la sentencia.

A estos efectos, la Ley Orgánica del Estado en su artículo 6 atribuía con carácter exclusivo el ejercicio del derecho de gracia al Jefe del Estado, modificando la Ley de Gracia y Justicia que desde 1870 confería tal derecho al Consejo de Ministros.

El Ministro de Justicia informó al Consejo de Ministros reunido el día 2 de marzo de 1974 sobre la notificación de la próxima ejecución de la sentencia por parte del Consejo Supremo de Justicia Militar, cumpliéndose así el trámite legal establecido, sin que el Jefe del Estado ejerciese en aquél caso el derecho de gracia.

Puig Antich fue declarado culpable con pruebas irrefutables del asesinato, siendo condenado a la pena establecida legalmente para el asesinato de miembros de fuerzas del orden. Es importante señalar -pues hasta en esto ha mentido la izquierda con tal de presentar a Puig Antich como una víctima de la "represión"- que hasta sus propios compañeros, en memorias y entrevistas, han reconocido que Puig  Antich fue quien asesinó al Subinspector Anguas.

Independientemente de los hechos, que no admiten más discusión pues hasta el Ttibunal Supremo recientemente rechazó revisar el caso por falta de elementos que lo justificasen, es necesario recordar que en aquél contexto histórico, la pena de muerte estaba vigente en la mayor parte de  los países de nuestro entorno y no digamos en el paraíso comunista de la URSS, en el que se ejecutaba sin juicio previo a cualquier disidente político. En Francia,  el último ejecutado con guillotina en Francia fue el  inmigrante de origen tunecino Hamida Djandoubi el 10 de septiembre de 1977, siendo abolida en 1981. En el Reino Unido, fue abolida en 1998. En Estados Unidos, sigue vigente en muchos Estados de la Unión. 

Por supuesto, en Cuba, China, Corea y todos los países comunistas tan ardientemente defendidos por Podemos, sus confluencias y compinches, se encuentra plenamente vigente y se aplica con profusión, por motivos estrictamente políticos y en alguno de estos países se ha ejecutado a un Ministro de Defensa con un cañón de artillería por tener el atrevimiento de dormirse en un desfile militar (aunque seguramente Rufián o Garzón (el mozo de espadas de Podemos) le encuentran una justificación a tamaño delito alegando que sería un espía fascista o contrarrevolucionario.

Estos son los hechos, que la ultra izquierda ha venido manipulando ad nauseam desde hace años con el objeto de presentar la ejecución de Puig Antich como un crimen de lesa humanidad, poder convertir a dicho atracador en un "mártir de la libertad" y poder culpar de ello a quienes en aquél momento formaban parte del Consejo de Ministros.

Así, bajo la inspiración y auspicio del exjuez prevaricador Baltasar Garzón, la extravagante jueza de extrema izquierda María Servini en Argentina dictó un delirante Auto en el que declarándose competente para el enjuiciamiento de los hechos ocurridos en España en base al principio de justicia universal, imputaba a todos los miembros del Consejo de Ministros no fallecidos, un delito de lesa humanidad consistente en la “convalidación con su firma de la ejecución de Salvador Puig Antich”, dictando una orden internacional de detención contra ellos.  Ni que decir tiene que la Interpol no dio curso a la citada orden por tratarse de un proceso con motivaciones políticas y que la justicia española rechazó de plano cualquier petición de la Jueza argentina por carecer manifiestamente de jurisdicción para el enjuiciamiento de unos hechos que en modo alguno podían constituir delito de clase alguna.

Pese a ello, el aparato propagandista de la izquierda no tuvo reparos en culpar a ministros como Carro, Fernando Suárez o José Utrera Molina (que ocupaban las carteras de Presidencia, Trabajo y Secretaría General del Movimiento) de “convalidar” la ejecución del asesino del policía Anguas. Y siguiendo la estrategia estalinista de convertir una mentira en verdad a base de repetirla hasta la saciedad, dicha intoxicación ha alcanzado a los dirigentes de partidos tan “demócratas” como Podemos y Esquerra Republicana de Cataluña que no pierden ocasión para repetir dicha mentira en las redes sociales y hasta en el parlamento nacional ante el silencio de la mayoría.

Cuentan con que a la mayor parte de la gente todo esto le importa una higa y generalmente no encuentran ninguna contestación, por lo que no encuentran obstáculos para dejar sembrada en internet tan repugnante y falaz especie.

Pues bien, aunque muchos obligados moralmente a contestar han decidido dejarlo pasar, algunos hemos decidido decir basta a las mentiras de la izquierda y hacerles frente con la ley en la mano.  Al día siguiente del fallecimiento de mi padre, en un ejercicio de colosal bajeza y mezquindad el diputado Rufián se lamentó de que mi padre hubiese muerto en la cama pese a “haber firmado la sentencia de muerte de Puig Antich” (sic).  Cualquiera puede entender que en esos días sus deudos se dedicasen a todo menos a hacer caso a las especies de semejante congénere.

Pero el pasado 2 de marzo, aniversario de la ejecución del asesino del policía Anguas –de quien sólo se acuerda su familia-, volvió a la carga, seguido por alguno de sus secuaces, como la inefable Teresa Rodríguez de Podemos Andalucía y otros conmilitones, haciendo un llamamiento público para que nadie olvide que quienes firmaron la sentencia de aquél criminal hayan muerto en la cama.

Y esta vez han tenido la mala suerte de que han topado con quienes no estamos dispuestos a que se mancille nunca más el nombre de nuestro padre con mentiras y patrañas, hartos ya de tanta mezquindad y de tanta calumnia impune. Esta es la razón por la que hemos decidido acudir a la justicia para que, de una vez por todas, los mentirosos, los calumniadores profesionales y los manipuladores, respondan de sus actos y no se regodeen en la impunidad. Que se rasquen el bolsillo y Dios mediante, sean condenados por mancillar con mentiras el honor de un hombre grande como mi padre.

Y de paso, para que quede en las redes como testimonio de la utilización de la mentira y la intoxicación por parte de la izquierda de unos hechos en los que la única víctima que merece el recuerdo y homenaje de todos los españoles se llamaba Francisco Anguas, a quien un terrorista de ultraizquierda, atracador y asesino, segó para siempre la vida a los 24 años de edad.

LFU