20 de abril de 2020

El silencio de los corderos

Hace algunos días, el ex magistrado del Tribunal Constitucional Manuel Aragón, advertía en un artículo en El País que el gobierno estaba vulnerando la Constitución. Basta leerse el artículo 55 de la Carta Magna para darse cuenta de que la libertad de circulación de los españoles solo puede restringirse en los estados de excepción o de sitio, y no estamos en ninguno de esos escenarios.  Pero, salvo al ilustre magistrado, poco sospechoso de reaccionario, no he escuchado a ningún líder político advertir que se estaba vulnerando la Constitución y, hasta donde sé, nadie ha acudido al Tribunal Constitucional para denunciarlo, aunque, para qué decirlo, confiar en que dicho Tribunal, tristemente politizado, actúe conforme a derecho, conduce a la melancolía

En la peor crisis desde la guerra civil, España está en manos de un gobierno absolutamente inútil, irresponsable, sobrepasado por los acontecimientos y que ha antepuesto su sectarismo a una empresa de salvación nacional que demandaba la crítica coyuntura. En los momentos difícileses cuando se mide la talla de los gobernantes y Pedro Sánchez no sólo carece de credibilidad, sino que balbucea noqueado sobre el rumbo que debe imponer a la nave del Estado.  Sin la más mínima autocrítica por la falta de previsión, por la falta de categoría de sus ministros, por los errores cometidos y la absoluta descoordinación con los gobiernos regionales, aparece cada semana a sacar pecho y continuar en una gigantesca operación de marketing, pagada por todos los españoles, consistente en esparcir las culpas al adversario y amenazar a la oposición con la Fiscalía General del Estado en manos de una sectaria enciclopédica.

Ya llevamos más de 20.000 muertos oficiales y todos sabemos que son muchos más. Los españoles de a pie no podemos hacernos test y nos contentamos con una llamada semanal del centro de salud y aplicaciones informáticas que no sirven para nada, hasta que te falta el aire y te tienes que ir al hospital. Es difícil comprar guantes, faltanmascarillas, faltan equipos de protección y la culpa de todo la tienen “los recortes”, palabra mágica con la que el Rasputín de la Moncloa pretende alejar de su amado líder cualquier responsabilidad por la catastrófica gestión de la pandemia.

Un gobernante serio, que pensase en servir a España en lugar de servirse de ella, habría hecho una crisis de gobierno a principios de marzo y habría llamado a la oposición para nombrar un gobierno de salvación nacional con personalidades independientes en todos los órdenes. No sólo habría sido aplaudido por toda España, sino que también habría conseguido diluir su posible responsabilidad en el retraso en actuar. Pero lejos de hacer lo que aconsejaba la prudencia y el bien común, ha mantenido un gobierno de ineptos revolucionarios que un día reivindican la república, otro día reciben de madrugada a la Vicepresidenta delincuente de Venezuelaotro se bajan los pantalones ante los que quieren destruir la nación española otro releen las tesis revolucionarias del admirado Lenin desde sus amplias dachas del extrarradiopara saber cómo emular su toma del poder en medio de una desgracia, mientras España ocupa el triste podio de los países con mayor mortandad de todo el mundo.

Para ello cuenta con la entusiasta colaboración de unos medios de comunicación genuflexos ante la lluvia de millones que les llega antes que la renta mínima universaly que se pasan el día detectando bulos fascistas por doquier sin reparar en las mentiras que se vierten a diario desde el Palacio de la Moncloa. Y con el silencio cada día más indignado de millones españoles encerrados en sus casas atemorizados por el virus y más aún con un futuro sombrío de paro y carencias que asolará nuestra nación.

No puede pedirse a los españoles sacrificios como los que están haciendo, encerrados en sus casas, sin poder ganarse la vida, viendo cómo se mueren sus seres queridos en soledad, sin poder despedirse de sus padres, de sus hijos, de sus mujeres y al mismo tiempo gastar bromitas en el parlamento, e insultar los sentimientos y los símbolos de la mayoría de los españoles amenazando con enviarte a la fiscalía si osas desafiar la verdad oficial. Me avergüenza especialmente la nula sensibilidad de unos gobernantes que ni siquiera han tenido la decencia de decretar luto oficial cuando los españoles se mueren a chorros como nunca antes desde la guerra civil.

Estamos en una situación límite en la que se están pisoteando los derechos fundamentales de los españoles por un Estado que zozobra sin rumbo ni timonel, empeñado sólo en saber cada mañana qué le aconseja su Rasputín de cabecera para mantener la integridad de su mullido colchón.  Ante esta situación de una gravedad extraordinaria, no cabe la componenda ni la comprensión. La oposición en bloque debe dar una respuesta constitucional seria y rotunda y exigir la formación de un gobierno de salvación nacional que tome el mando del Estado sin hacer política partidista, que afronte la crisis sanitaria y económica con determinación y amplios poderes. Los españoles estamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad para salvar a España, para salvar vidas y puestos de trabajo, pero nunca para ver cómo queda inerme y moribunda, a merced de los que quieren acabar definitivamente con ella.

Luis Felipe Utrera-Molina
Abogado  

15 de abril de 2020

Escolios (VI)


Uno de los frutos amargos de la opulencia suele ser la esterilidad, fraterna hermana del egoísmo. En el siglo pasado en Occidente, en un momento de crecimiento y optimismo, la mentalidad anticonceptiva se abrió paso a partir de 1968. Un Papa, ese mismo año, advirtió, profético, de todas sus consecuencias al mundo entero. Demasiados dentro de su Iglesia desoyeron y desoyen, aún, con soberbia, sus enseñanzas. 52 años después, tanto las sociedades opulentas de todo el mundo como la Iglesia Católica junto con muchas otras iglesias cristianas, fueron transformadas por esa mentalidad. Los resultados: se enfrentan mal a su inevitable envejecimiento; asisten debilitadas a una pandemia que afecta más a sus ancianos; sus mensajes de apoyo espiritual de las Iglesias se diluyen en un maremágnum de mensajes bienintencionados. Es preciso recordar, ahora, que fruto indirecto y cuasi simultáneo de la píldora y la mentalidad anticonceptiva son las innumerables víctimas del aborto, siendo imposible deslindar este horror de esa mentalidad cuya tristeza casi nunca ha sido contada y cuya imposición blanda o imperativa casi nadie combate y que sigue perfilando una pendiente inclinada por la que transitan todas las sociedades opulentas sin excepción hasta su colapso o catársis.

                                                                                                                                       FUEYO


2 de abril de 2020

Honrar a nuestros mayores




“Quisiera haber muerto despacio, en casa y cama propias, rodeado de caras familiares y respirando un aroma religioso de Sacramentos y recomendaciones del alma: es decir, con todo el rito y la ternura de la muerte tradicional. Pero esto no se elige (…)”. Estas palabras, escritas hace 83 años por un joven de 33 años condenado a muerte la noche antes de su fusilamiento, nos estremecen y apelan estos días viendo como tantos de nuestros mayores cierran los ojos sin el consuelo de una mano, de un beso, del cariño de sus familiares, quienes al mismo tiempo sufren el desgarro emocional de no haber podido dárselo.

Yo tuve la fortuna y el privilegio de poder cuidar de mi padre en sus últimos días. Un privilegio que compartí con mis siete hermanos y con mi madre. Nunca le faltó la mano, el beso ni el te quiero de cada día. No le faltaron los sacramentos, ni el cariño de sus amigos. Y aunque estaba en paz con todos y esperaba la muerte con enorme serenidad, sé que su marchito corazón era sensible a tanta ternura. Y también sé que, después de su partida, los que nos quedamos sentimos el consuelo de no habernos dejado ningún beso, ningún abrazo, ninguna oración, ningún te quiero por decir.

Hoy, cuando se cuentan por millones los besos que nunca llegarán a su destino y tantos te quiero han quedado para siempre amordazados, la impuesta soledad de nuestros mayores en la hora del sufrimiento parece interpelar a una sociedad que los aparta y parece más empeñada en buscar fórmulas que faciliten su tránsito que en atender a su dignidad como personas y proporcionarles el consuelo y compañía que merecen en el ocaso de sus vidas. Fiel reflejo de lo que escribo es la escandalosa, por indecente, reacción de las autoridades holandesas, paladines de la eutanasia, por la excesiva presencia de ancianos en las unidades de cuidados intensivos ocupando el lugar de personas jóvenes.

Esos mayores fueron los que levantaron una España rota y en ruinas con su trabajo y su ilusión; los que soñaron con la bicicleta que no tuvieron y fueron felices al poder comprársela a sus hijos, los que hicieron posible que sus hijos vivieran en una España mejor que la que les había tocado vivir; los que estaban dispuestos a abrazarse con los que habían combatido en distinta trinchera, o con los que mataron a su padre, porque creían en el futuro de España. Son los mismos que han cuidado de nuestros hijos para que nosotros pudiéramos trabajar o irnos de viaje, los que les han enseñado a rezar; los que hoy mueren en soledad para que podamos vivir los demás.

Quisiera pensar que esta maldita catarsis, además de llevarse tantos abrazos perdidos, pueda barrer todo lo vacuo y egoísta que infecta esta sociedad desde hace décadas. Quisiera creer que la cultura de la muerte (aborto, eugenesia y eutanasia) ceda frente a la cultura de la vida, de la esperanza, del amor; y que el espíritu de unión y socorro que nos hace fuertes aplaste el gregarismo aldeano de una nación que parecía abocada a su desaparición. No podemos rendir mejor homenaje a nuestros mayores que enderezar el rumbo de una nave que dejaron en nuestras manos y se encuentra a la deriva.

Cuando todo esto termine, cuando volvamos a llenar las calles, cuando sonriamos en medio de un atasco, cuando nos apretemos en el tendido de la plaza y nos demos codazos ante un natural interminable, cuando nos abracemos jubilosos por un gol en el descuento, cuando recuperemos nuestras vidas, no estaría de más que nos acordásemos de los que lo dieron todo ayer y están dándolo todo hoy y les rindamos el enorme tributo de admiración que se merecen.

Mientras tanto, los que aún podáis, besad y abrazad a vuestros padres y a vuestros abuelos. Saboread cada minuto de su compañía, decidles mil veces te quiero y pedidles que os repitan otras mil esa historia que ya os sabéis de memoria pero que les gusta contar, porque mañana puede ser muy tarde.

Dicen los hombres de la mar que el momento más oscuro de la noche es el que precede a la aurora. Aún desde esta ardiente oscuridad no debemos perder la esperanza en una nueva amanecida. Detenernos, volver la vista atrás y repetir nuestros errores, sería traicionar el mandato de nuestros mayores, desoir su exigencia, hacer inútil su sacrificio e incapacitar la posibilidad de conquistar con su ejemplo la dignidad de un nuevo mañana fraterno y solidario, que haga que nuestros hijos se sientan orgullosos de esa empresa, grande y apasionante que se llama España.


Luis Felipe Utrera-Molina
Abogado