No ha tardado mucho la dirigente del Pp andaluz en pedir disculpas por haber dicho que el proyecto de su partido, único para toda la nación no era otro que "Arriba España". Imagino la angustia y la tribulación que habrán asaltado a esta pobre criatura tras ser asaeteada por propios y extraños (seguro que no faltó la llamada de la merdellona Villalobos) por pronunciar una expresión tan políticamente inconveniente.
Y es que, al fin y al cabo, comprendo perfectamente la reacción de la dirección de su propio partido. No hay más que recordar las bellas palabras con las que José María Pemán explicaba la síntesis de un grito hoy tan denostado:
“No servimos para cosas bajas, pequeñas o menudas. No servimos más que para las cosas altas y grandes. Por eso cuando decimos ‘Arriba España’, en esas dos palabras, a un tiempo, resumimos nuestra Historia y ciframos nuestra esperanza. Porque lo que queremos es que España vuelva a ‘su sitio’: al sitio que la Historia le señala. Y el sitio es ese: ‘Arriba’. Es decir, cerca del espíritu, del ideal, de la fe… Cerca, sobre todo, de Dios“.
Ese no es el proyecto del Pp, un partido que ha renunciado a defender y reivindicar lo mejor de nuestra historia y, sobre todo, a situarla cerca de Dios. La llamada derecha vive aún secuestrada por el mundo ideológico construido hace decenios por la izquierda española más sectaria, que al no poder derribar a Francisco Franco en vida, terminó identificando a España con el franquismo por puro resentimiento. De ahí la alergia de buena parte de la izquierda hacia los colores nacionales, de ahí la proliferación de tricolores y los eufemismos de "país" o "estado" para evitar pronunciar la palabra España. Una alergia tan contagiosa que ha llevado a una representante de la derecha a pedir perdón por decir Arriba España.
Por esa misma razón, sin complejos ni disculpas que valgan hoy grito muy alto, para que me oigan: ¡Arriba España!
LFU
"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO
11 de noviembre de 2015
9 de noviembre de 2015
Rajoy y las siete plagas
Impávido. Así se muestra el presidente mientras un parlamento autonómico desafía descaradamente a toda la nación saltándose la propia legalidad que lo ampara. El pueblo español está harto de la tomadura de pelo de unos golfos apandadores que han secuestrado una parte de nuestro territorio para robar a manos llenas y llevarse calentito lo que hemos pagado todos.
España clama por una actuación contundente del gobierno y la respuesta que se encuentra es que van a recurrir, una vez más al propio Tribunal Constitucional al que el parlamento catalán ha decidido por votación que le va a hacer una peineta como una catedral.
Me recuerda la imagen de aquél Ramses II que, tras cada plaga, reunía a sus notables para encontrar una solución plaga, sin decidirse nunca a hacer lo que tenía que hacer para que cesase el tormento divino.
Rajoy es así. No tiene redaños ni personalidad para tripular la nave de España en medio de una de sus peores tormentas. El tiempo, otrora su aliado para dejar las cosas como están, ahora corre en su contra. O se decide de una vez a aplicar la ley de una vez por todas en Cataluña caiga quien caiga, o quien acabará cayendo, con deshonor y vergüenza, será él mismo, a quien todos pediremos responsabilidad por la ruptura de España.
LFU
España clama por una actuación contundente del gobierno y la respuesta que se encuentra es que van a recurrir, una vez más al propio Tribunal Constitucional al que el parlamento catalán ha decidido por votación que le va a hacer una peineta como una catedral.
Me recuerda la imagen de aquél Ramses II que, tras cada plaga, reunía a sus notables para encontrar una solución plaga, sin decidirse nunca a hacer lo que tenía que hacer para que cesase el tormento divino.
Rajoy es así. No tiene redaños ni personalidad para tripular la nave de España en medio de una de sus peores tormentas. El tiempo, otrora su aliado para dejar las cosas como están, ahora corre en su contra. O se decide de una vez a aplicar la ley de una vez por todas en Cataluña caiga quien caiga, o quien acabará cayendo, con deshonor y vergüenza, será él mismo, a quien todos pediremos responsabilidad por la ruptura de España.
LFU
29 de octubre de 2015
Mi princesa roja
Sólo por ver la primera escena ya merece la pena haber ido. Como los buenos aficionados que después de ver una buena verónica se levantan del tendido y se van a casa porque lo demás no puede superarlo.
El musical, con sus licencias históricas, que las hay, es un canto a la verdad y al amor en la vida de un José Antonio desconocido por la España de hoy.
Me quito el sombrero ante quienes han puesto su afán, su dinero y su vida por dignificar a uno de los mejores políticos que han nacido en España. Sólo por eso ya tendrían mi apoyo. Pero además, el musical contiene sorpresas y temas de altura. Merece mucho la pena, de verdad.
LFU
28 de octubre de 2015
No es provocación, es sedición
Confieso que, en mi ardorosa ingenuidad, llegué a pensar ayer que Mariano Rajoy iba, por fin, a tomar una decisión sobre el problema catalán. Que, por fin, el imperio de la ley y el Estado de derecho iban a ser respetados en Cataluña.
La percha que le dieron los independentistas con la resolución presentada en el Parlamento de Cataluña no podía ser mejor. En negro sobre blanco se hace público un acuerdo para cometer un delito de rebelión o, cuando menos, de sedición, de los regulados en los artículos 472 y 544 del Código penal, lo que implica ya la comisión del delito en grado de conspiración.
Rajoy tenía y tiene elementos suficientes para incitar al Fiscal General para que cumpla con su deber, es decir, garantice el cumplimiento de la legalidad en Cataluña y tiene elementos más que suficientes para aplicar el artículo 155 de la Constitución, asumir las competencias de la Generalidad y nombrar un delegado del Gobierno en Cataluña para que garantice el orden y el cumplimiento de la legalidad.
Pues no. se limitó a llamar provocación lo que no es sino sedición. Se limitó a repetir solemnemente lo que constituye su obligación más básica, cumplir y hacer cumplir la ley. Pero esto no es lo que espera ni necesita España. Los españoles que cumplimos con la ley cada día exigimos un respeto y que, de una vez por todas se pasen de las palabras a los hechos.
La hora ha llegado y ya está tardando el gobierno en asumir su responsabilidad.
LFU
15 de octubre de 2015
Independencia con acento en la “a"
Resulta sintomático que la canalla cateto-nacionalista-catalana
haya adoptado en sus eslóganes la tradicional fonética abertzale-etarra consistente en acentuar la última sílaba de las
palabras, sean éstas esdrújulas o llanas.
¡In!-¡dé!-¡indé-pendén-siá!
braman los catetos en cada ocasión que tienen con gesto
desafiante y desafiando todas las reglas de la gramática catalana. Se produce
así una curiosa mimetización con el cateto nacionalista vasco –ahora en estado durmiente-
adoptando sus gritos de rebelión.
Ya sólo nos falta ver a Arturo Mas con un pendiente y una
coleta teñida a un lado de la cabeza para completar el esperpento.
LFU
8 de octubre de 2015
¿Muerte digna?
Durante los últimos días ha sido incesante y unidireccional el mensaje que los medios de comunicación han venido ofreciendo con ocasión de la petición de unos padres de procurar una “muerte digna” a su hija Andrea de 13 años, aquejada de una enfermedad degenerativa irreversible, y que, según acabo de conocer, ya descansa en paz.
Debo decir que me impresionó escuchar a la madre de esta niña decir que no querían ver cómo sufría inútilmente, cuando al parecer y según el testimonio de los médicos que la trataban, la niña tan sólo estaba siendo alimentada mediante una sonda nasogástrica ya que sus órganos vitales funcionan por sí solos.
Lejos de mi intención el juzgar el comportamiento de unos padres atribulados por el sufrimiento, y que hoy velarán con inmenso dolor el cuerpo sin vida de su hija. Pero su caso, convenientemente aderezado, está siendo arteramente aprovechado y difundido por los defensores de la eutanasia, para lanzar un mensaje tan claro como perverso: resulta incompatible la dignidad con el sufrimiento, lo cual implica despojar a un ser humano de un rasgo inherente a su propia naturaleza.
La dignidad de un ser humano no puede contraponerse a su naturaleza. Sufrir, envejecer –que no es sino degenerarse progresivamente- y morir no son fenómenos que degraden la dignidad de un ser humano sino que son consustanciales a su propia condición humana. Es muy diferente aplicar métodos terapéuticos para ahorrar sufrimientos innecesarios ante el inevitable final de la vida que provocar voluntariamente la muerte de un ser humano negándole la alimentación para evitar ver cómo se degrada lentamente hasta la muerte.
No se trata de impedir la muerte por medios artificiales extraordinarios -lo que merece análogo reproche- sino de dejar que la naturaleza siga su curso, paliando sufrimientos innecesarios con métodos terapéuticos.
El veneno que se inocula con la falacia de la mal llamada “muerte digna” no es sino una variante de la narcotización de una sociedad nihilista que sólo encuentra su razón de ser en el placer. Una sociedad egoísta que trata de despojar de dignidad a los moribundos, a los más débiles, a los que, a la luz de la ciencia no tienen esperanza de recuperación, a los que tan sólo suponen una carga para la sociedad. Una sociedad que se ha acostumbrado tanto a mirarse a sí misma que es incapaz de abrir los ojos a la realidad y defender la vida de los seres humanos más indefensos.
Pienso hoy en los miles de ancianos aquejados del mal de alzheimer a los que sus familiares se afanan cada día en cuidar con amorosa ternura, sabiendo la condición irreversible de dicha enfermedad degenerativa. No creo que ninguno de ellos se lleve a engaño ni espere una mejoría. Saben que si dejaran de alimentarlos, si dejaran de cuidarlos, de limpiarlos, provocarían su final. Pero no les imagino diciendo que no quieren seguir viendo cómo se apagan. Cada sonrisa, cada día que amanece en los ojos de esos enfermos, es una oportunidad para los que le rodean de crecer como personas, aprendiendo el verdadero sentido del amor.
Ojalá algún día podamos vivir en una sociedad en la que, frente a la cultura de la muerte, podamos proclamar sin complejos la cultura del amor, la cultura de la vida. Como gritó Santa Teresa de Calcuta en la sede de Naciones Unidas “No los matéis, dádmelos a mí”. Se refería a los más débiles indefensos, a los no nacidos y a los ancianos, a los abandonados, a todos los que suponen una pesada losa para una sociedad anestesiada y egoísta que sólo piensa en su propio bienestar. Ella fue la pública encarnación del mensaje de amor y entrega de Cristo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” (Mt. 25. 31-46) y seguro que con ese mismo amor habrá abrazado esta mañana el alma de Andrea.
Publicado de ABC el 10 de octubre de 2015.
Luis Felipe Utrera-Molina Gómez
Abogado
Debo decir que me impresionó escuchar a la madre de esta niña decir que no querían ver cómo sufría inútilmente, cuando al parecer y según el testimonio de los médicos que la trataban, la niña tan sólo estaba siendo alimentada mediante una sonda nasogástrica ya que sus órganos vitales funcionan por sí solos.
Lejos de mi intención el juzgar el comportamiento de unos padres atribulados por el sufrimiento, y que hoy velarán con inmenso dolor el cuerpo sin vida de su hija. Pero su caso, convenientemente aderezado, está siendo arteramente aprovechado y difundido por los defensores de la eutanasia, para lanzar un mensaje tan claro como perverso: resulta incompatible la dignidad con el sufrimiento, lo cual implica despojar a un ser humano de un rasgo inherente a su propia naturaleza.
La dignidad de un ser humano no puede contraponerse a su naturaleza. Sufrir, envejecer –que no es sino degenerarse progresivamente- y morir no son fenómenos que degraden la dignidad de un ser humano sino que son consustanciales a su propia condición humana. Es muy diferente aplicar métodos terapéuticos para ahorrar sufrimientos innecesarios ante el inevitable final de la vida que provocar voluntariamente la muerte de un ser humano negándole la alimentación para evitar ver cómo se degrada lentamente hasta la muerte.
No se trata de impedir la muerte por medios artificiales extraordinarios -lo que merece análogo reproche- sino de dejar que la naturaleza siga su curso, paliando sufrimientos innecesarios con métodos terapéuticos.
El veneno que se inocula con la falacia de la mal llamada “muerte digna” no es sino una variante de la narcotización de una sociedad nihilista que sólo encuentra su razón de ser en el placer. Una sociedad egoísta que trata de despojar de dignidad a los moribundos, a los más débiles, a los que, a la luz de la ciencia no tienen esperanza de recuperación, a los que tan sólo suponen una carga para la sociedad. Una sociedad que se ha acostumbrado tanto a mirarse a sí misma que es incapaz de abrir los ojos a la realidad y defender la vida de los seres humanos más indefensos.
Pienso hoy en los miles de ancianos aquejados del mal de alzheimer a los que sus familiares se afanan cada día en cuidar con amorosa ternura, sabiendo la condición irreversible de dicha enfermedad degenerativa. No creo que ninguno de ellos se lleve a engaño ni espere una mejoría. Saben que si dejaran de alimentarlos, si dejaran de cuidarlos, de limpiarlos, provocarían su final. Pero no les imagino diciendo que no quieren seguir viendo cómo se apagan. Cada sonrisa, cada día que amanece en los ojos de esos enfermos, es una oportunidad para los que le rodean de crecer como personas, aprendiendo el verdadero sentido del amor.
Ojalá algún día podamos vivir en una sociedad en la que, frente a la cultura de la muerte, podamos proclamar sin complejos la cultura del amor, la cultura de la vida. Como gritó Santa Teresa de Calcuta en la sede de Naciones Unidas “No los matéis, dádmelos a mí”. Se refería a los más débiles indefensos, a los no nacidos y a los ancianos, a los abandonados, a todos los que suponen una pesada losa para una sociedad anestesiada y egoísta que sólo piensa en su propio bienestar. Ella fue la pública encarnación del mensaje de amor y entrega de Cristo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” (Mt. 25. 31-46) y seguro que con ese mismo amor habrá abrazado esta mañana el alma de Andrea.
Publicado de ABC el 10 de octubre de 2015.
Luis Felipe Utrera-Molina Gómez
Abogado
29 de septiembre de 2015
¿Por qué hubo un 18 de julio de 1936?. Por José Javier Esparza
Por su gran claridad e interés, reproduzco a continuación el artículo de J.J. Esparza en La Gaceta.
Sin el alzamiento de 1936, la consecutiva guerra civil y su victoria, Franco habría pasado a la Historia simplemente como un sobresaliente militar de la guerra de África. Pero hubo un 18 de julio. Hubo una guerra. La ganó él. De esa guerra salió un régimen que modificó para siempre la Historia de España. Por eso es imprescindible empezar este repaso del franquismo, cerca ya del cuadragésimo aniversario de la muerte del dictador, por el principio: por qué hubo un 18 de julio de 1936.
Primer acto: Octubre de 1934
Hay que repasar detalladamente los acontecimientos para entender qué pasó. En octubre de 1934, la izquierda –fundamentalmente el Partido Socialista- y el separatismo catalán habían intentado un levantamiento revolucionario contra el gobierno de la República. La excusa fue la entrada en el Gobierno de la CEDA, el partido de las derechas, que era, por cierto, el que había ganado las anteriores elecciones, pero al que la presión de la izquierda había vetado hasta entonces las carteras ministeriales. Los socialistas, mayoritariamente bolchevizados bajo el liderazgo de Largo Caballero, querían instaurar la dictadura del proletariado, y los separatistas catalanes, por su parte, aspiraban a proclamar su independencia. El golpe de la izquierda fracasó, aunque en lugares como Asturias dio lugar a una pre-guerra civil.
Las represalias políticas sobre los dirigentes de la intentona fueron mínimas: el propio Largo Caballero, principal líder del complot, sólo cumplió un año de cárcel y, juzgado, resultó asombrosamente absuelto. Sin embargo, la propaganda de la izquierda, que exageró hasta el infinito la represión gubernamental sobre los insurrectos (y, enseguida, el nimio caso de corrupción conocido como “estraperlo”), creó una atmósfera de revanchismo absolutamente insoportable. La inestabilidad de los sucesivos gobiernos de centro-derecha, acosados por la hostilidad del presidente de la República, Alcalá Zamora, hizo el resto. En noviembre de 1935 Alcalá Zamora fuerza un cambio de gobierno, desaloja del poder a la CEDA, entrega el gabinete a un hombre de su confianza, Portela Valladares, y firma el decreto de disolución de las cámaras con la consiguiente convocatoria automática de elecciones legislativas. Una de las primeras decisiones de Portela fue alejar de Madrid a los militares que consideraba poco afectos. Franco, por ejemplo, fue enviado a las Canarias.
Alcalá Zamora tenía, sin duda, sus razones. Persuadido de que la derecha no compartía su proyecto republicano original, y convencido igualmente de que la izquierda volvería a echarse al monte si la derecha ganaba de nuevo, se veía a sí mismo como única garantía de estabilidad. Su objetivo era crear una gran fuerza de centro que templara a unos y a otros. Sin duda Alcalá Zamora sobreestimó sus propias capacidades, porque aquel “centro” nunca fue una “gran fuerza”. De hecho, se hundiría en la más absoluta irrelevancia. Las elecciones de febrero de 1936 fueron su tumba.
Urnas sucias
Las elecciones de febrero de 1936 fueron cualquier cosa menos un ejemplo de limpieza democrática. El clima general, para empezar, era de una crispación irreversible. La izquierda comparecía en un amplio bloque, el Frente Popular, que abarcaba desde los republicanos de Azaña hasta el entonces pequeño Partido Comunista, pasando, por supuesto, por el Partido Socialista Obrero Español, que era el gran partido de masas de la izquierda. La coalición contaba además con el respaldo expreso de los anarquistas de la CNT. Azaña veía este bloque como una “conjunción republicana” que permitiría mantener a la derecha alejada del poder y llevar a cabo el proyecto reformista radical por el que venía clamando desde 1930: una suerte de revolución francesa a la española. ¿Y la izquierda revolucionaria consentiría en quedarse al margen? Azaña parecía persuadido de que su mera persona bastaba para conjurar cualquier peligro. Además, contaba con la proximidad de socialistas notables como Indalecio Prieto, partidarios de una “revolución gradual”.
Pero las cosas se veían de forma muy distinta en el ala mayoritaria del PSOE, la de Largo Caballero, para quien la victoria electoral no era sino un paso necesario para instaurar la dictadura del proletariado. Hay que leer los textos del propio Largo Caballero y de su periódico, “Claridad”: el PSOE de entonces soñaba abiertamente con una España soviética.
Pero las cosas se veían de forma muy distinta en el ala mayoritaria del PSOE, la de Largo Caballero, para quien la victoria electoral no era sino un paso necesario para instaurar la dictadura del proletariado. Hay que leer los textos del propio Largo Caballero y de su periódico, “Claridad”: el PSOE de entonces soñaba abiertamente con una España soviética.
La derecha, por su parte, comparecía a las elecciones entre la exasperación, la decepción y el miedo: alejada alevosamente del poder –legítimamente ganado- por maniobras de palacio, enfrentada a la áspera constatación de que sus votos habían servido para bien poca cosa y, para colmo, aterrada por la inequívoca voluntad revolucionaria de la izquierda, las candidaturas de la derecha aspiraban cada vez mas a soluciones “de orden” y creían cada vez menos en la propia República. No había, ciertamente, un proyecto de derechas para la II República: si alguna vez lo hubo, la amarga experiencia de gobierno lo había disuelto para siempre.
Las elecciones las ganó el Frente Popular. Lo que nadie puede decir es que las ganó limpiamente. Nunca se proclamaron los resultados –en votos- de la primera vuelta. De hecho, el primer cálculo relativamente documentado del escrutinio real fue el que publicó Tusell en los años 70 (un empate con leve ventaja de la izquierda), y aun este resulta discutible. El recuento de los votos y la consecuente atribución de actas fue una merienda de negros por la presión violenta de los piquetes de la izquierda, que adulteraron escrutinios y atribuyeron actas de diputado a su antojo. No hay nada más ilustrativo que leer las memorias de los propios interesados, desde Azaña hasta Prieto, que no ocultan los sucesos. La derecha denunció el robo de papeletas, pero sus quejas no fueron atendidas por “falta de pruebas”. En plena vorágine, el gobierno de Portela, aterrado, resuelve resignar el poder en Azaña, o sea, en los vencedores de la primera vuelta, de manera que la segunda ronda de las elecciones –porque era un sistema de dos vueltas- se verifica bajo el control de los mismos que habían adulterado la primera. La propaganda de la izquierda ha mitificado mucho la victoria electoral del Frente Popular en 1936, pero la verdad es que aquello fue, propiamente hablando, un “pucherazo”.
¿Qué hacía Franco hasta ese momento? Mirar. Moverse aquí y allá. Aparecer en la vida pública, pero sin estridencias. En 1936 Franco era un joven general de 44 años –llevaba el fajín desde los 33- que levantaba las mayores suspicacias en el Frente Popular. Había sido gentilhombre de cámara de Alfonso XIII, que incluso apadrinó su boda, lo cual le convertía en un monárquico aun sin serlo de forma militante. Primer director de la Academia Militar de Zaragoza –hasta que Azaña la cerró-, relegado luego al mando de una brigada en La Coruña y compensado más tarde con un destino en las Baleares, Franco volvió a entrar en la cúpula militar cuando el gobierno de Gil Robles le ascendió a general de división y, aún más, se le encomendó la misión de sofocar la revuelta de octubre de 1934, cosa que hizo bajo el mando nominal de un militar republicano y masón: el general López Ochoa. Al año siguiente Franco fue designado jefe del Estado Mayor del Ejército, un nombramiento que situaba al general inequívocamente en el ámbito de la derecha republicana. Por eso se le alejó a las Canarias en cuanto Alcalá Zamora privó a la derecha del poder.
El gobierno del Frente Popular enseguida dio muestras de su debilidad. Azaña formó un gabinete exclusivamente republicano, sin socialistas, pues éstos, pese a su mayoría parlamentaria, prefirieron mantenerse al margen de los ministerios. ¿Por generosidad? En realidad, no: más bien para llevar a cabo en las calles lo que no hubieran podido hacer desde el poder ejecutivo. Si Alcalá Zamora esperaba poder controlar a la izquierda republicana, los hechos demostraron que erró gravemente. Y no menor fue el error de Azaña al pensar que podía controlar a su vez a los socialistas. Sólo un dato: el estado de alarma, proclamado formalmente por el gobierno Portela Valladares el 17 de febrero de 1936, fue prorrogado después, mes tras mes, por el gobierno de Azaña contra lo que el propio Frente Popular prometía en su programa.
Primavera trágica
¿Había razones para la alarma? Sí. La violencia ya se había adueñado de las calles. Entre febrero y junio de 1936 va a haber más de trescientos asesinatos políticos. La mecha la habían prendido los anarquistas años atrás, durante el primer mandato de Azaña. Ahora los socialistas se sumaban a la orgía de pistolas e incendios. En el otro lado, los falangistas contestaban. Y no sólo ellos, porque el clima político se deterioró muy rápidamente. El gobierno, ante semejante paisaje, se vio desbordado por los acontecimientos. Podía reprimir a las derechas, pero lo tenía mucho más difícil con las izquierdas porque, al fin y al cabo, su mayoría parlamentaria dependía de ellas.
Para conjurar el clima de guerra civil y asentar su propio poder, Azaña y el socialista Indalecio Prieto urdieron una maniobra más o menos legal que pasaba por derribar a Alcalá Zamora de la presidencia de la República, pues no se fiaban de éste. Ocurría que la ley limitaba a sólo dos las posibilidades del presidente de disolver las cortes, y la segunda debía ser enjuiciada por la cámara. Alcalá Zamora, en efecto, había disuelto las cortes dos veces: una, para formar las constituyentes, y la segunda para convocar las elecciones de 1936 (es decir, para llevar a la izquierda al poder). A esto se agarraron Prieto y Azaña para acusar al presidente de haber disuelto las cortes injustificadamente. En realidad se trataba de un golpe de estado legal. El objetivo era que Azaña quedara como presidente de la República e Indalecio Prieto fuera nombrado presidente del Gobierno, pero algo torció sus planes: la oposición del ala socialista mayoritaria, la de Largo Caballero, que no quería ver en modo alguno a Prieto en el gobierno. ¿Por qué? Tanto por ambición de Largo, alérgico a cualquier liderazgo que no fuera el suyo, como por temor a que Prieto paralizara el proceso revolucionario. Las facciones de Prieto y Largo habían llegado a enfrentarse a tiros en la campaña electoral. Ahora no iban a hacer las paces. Prieto se quedó sin regalo. Era abril de 1936.
La jefatura del gobierno acabó recayendo en un hombre de Azaña, Casares Quiroga, sin energía para controlar a las izquierdas desbocadas. Al contrario, toda su voluntad parecía puesta en ganarse la aquiescencia de los revolucionarios. El resultado fue una política absolutamente arbitraria. Un buen ejemplo de esta política hemipléjica lo sufrió Franco en sus propias carnes cuando concurrió como candidato en las elecciones parciales de Cuenca. En esta provincia, la jarana electoral de febrero había dejado a la circunscripción sin representantes. Hubo que repetir los comicios y las derechas presentaron una lista “preventiva”: la componían José Antonio Primo de Rivera, para librarle de la cárcel, Goicoechea, que era el jefe más notorio de los monárquicos de Renovación Española, y el propio Franco, al parecer porque Gil Robles, entonces en la oposición, quería traerle a Madrid y exhibir su presencia en las Cortes a modo de advertencia. El Gobierno vetó la candidatura de Franco y el resultado final de las elecciones fue tan fraudulento como el de las generales.
A estas alturas las conspiraciones dentro de la derecha ya eran imparables. ¿Y Franco? Franco se reúne con unos y con otros, participa junto a Mola en una discreta asamblea con generales retirados, mantiene también contacto con la CEDA, incluso se entrevista con José Antonio Primo de Rivera (y no se entendieron en absoluto). Pero si algo caracteriza a Franco en este periodo es su extrema prudencia. Muchos le reprocharán entonces indecisión y falta de arrojo, pero no era eso: durante su etapa de jefe del Estado Mayor –Payne y Palacios han documentado muy bien este episodio-, Franco había creado un servicio de contravigilancia para conocer el ambiente en los cuarteles, y gracias a ese instrumento supo que el porcentaje de revolucionarios dentro de las fuerzas armadas era elevadísimo. Franco sabe que cualquier intento de apartar al Frente Popular del poder derramará inevitablemente mucha sangre. Y sabe también que la pasividad del Gobierno está llevando las cosas a una situación sin retorno. El 23 de junio Franco escribe al entonces presidente del Gobierno, Casares Quiroga, manifestándole su inquietud por la situación política y la preocupación en ámbitos militares. Era un último cartucho. Casares ni siquiera contestó.
Mola tuvo listo su plan al final de la primavera. No era un pronunciamiento al estilo decimonónico, ni tampoco un golpe “técnico” con ocupación de centros de poder, sino más bien una especie de marcha militar sobre Madrid a partir de los centros que se esperaba controlar en la periferia: Barcelona, Pamplona, Galicia, Andalucía… Franco seguía sin verlo claro, pero la efervescencia en las calles y la impotencia del gobierno empujaban a un desenlace inevitable. El 13 de julio, policías de obediencia socialista salen del cuartel de Pontejos, en Madrid, para matar a los líderes de la oposición. A Gil Robles alguien le avisa antes y puede poner pies en polvorosa, pero a Calvo Sotelo le localizan en su casa, le hacen subir a un furgón y allí le descerrajan dos tiros en la cabeza. “Ese atentado es la guerra”, dijo el líder socialista Zugazagoitia cuando los propios autores del crimen le contaron lo que había hecho.
Era verdad. Ese día, Franco dejó de dudar. El levantamiento empezó en la tarde del 17 de julio en Melilla. El golpe propiamente dicho fracasó, pero como aquello no era una simple conspiración militar, sino una rebelión de media España, se convirtió en guerra civil. Así comenzó todo.
26 de septiembre de 2015
Cataluña nunca dejara de ser española. Por José Utrera Molina
Artículo publicado en Abc el 26 de septiembre de 2015
Hace ya muchos años en el calendario alborotado de España, se registraba un acontecimiento para muchos españoles extremadamente doloroso. El presidente de la Generalitat de entonces, había culminado su siembra y declarado el Estado Catalán. Yo entonces, tenía 9 años y por tanto no podía comprender la profundidad del acontecimiento que las radios transmitían. Pero hubo algo referido en algún que otro artículo mío, que me llamópoderosamente la atención. Las lágrimas de mi abuelo que se encontraba encorvado junto a un aparato de radio telefunken. Creo que ahí nació el dolor de mi patriotismo. No presumo de él. Lo ostento y creo que me acompañaráen los últimos momentos de mi vida.
Cataluña es una parte fundamental y esencialísima de España. Yo he recorrido sus ciudades, sus pueblos. He convivido con una gente verdaderamente extraordinaria. Jamás se planteó en mi presencia la posibilidad de una separación de aquellas tierras entrañables. Pero lo fataltiene siempre una vertiente de ocurrencia y hoy nos arrebata el corazón las vísperas de un episodio trascendente.
Si repasamos la historia de España, nos encontramos con infinidad de episodios que otorgan al pueblo catalán la hegemonía del patriotismo español. En la guerra de la Independencia, brillaron a gran altura, no solamente figuras excepcionales sino el furor contenido de los catalanes que no podían admitir que nos pisaran las botas el ejército francés comandado por Bonaparte. Nos preguntamos atónitos y turbados pero ¿es posible que se plantee un problema de estas dimensiones, de este significado y de esta importancia?. ¿Es posible que sobre el silencio de los españoles se pueda perpetuar un crimen histórico que abandera y eleva a nuevos altares al espíritu de Cataluña?. Cataluña es española, lo repito una y otra vez. Un hijo mío ha permanecido sirviendo los intereses españoles más de 18 años en Barcelona. Ha vivido las notas increíbles de una sinfonía sin instrumentos. Me refirió en varias ocasiones la úlcera agrandada por insolventes y malhechores y que tarde o temprano esa herida tendría que abrirse ante la perplejidad dolorosa de todos los españoles. Pues bien, esa hora ha llegado. Estamos en las vísperas de un acontecimiento inigualable, de una traición que pone los vellos de punta, de un disparate que no tiene límites ni explicaciones. España no puede permitir que una parte de sus entrañas quede desgajada de su valor central, corrompiendo lo que los siglos han compuesto como una irrevocable unidad de todos aquellos que nos sentimos españoles. ¿Qué vamos a hacer? Todo menos callarnos. Denunciamos en alta voz la trágica desmesura del Señor Mas y nos sorprende dolorosamente que haya gente que le acompañe en su camino infernal y traidor. Yo acuso al Señor Más de traidor y lo hago con toda la fuerza de mi espíritu, con todos los resortes que aún me quedan de mi empobrecido corazón. Le pido a Dios morir antes que contemplar la ruptura de la sagrada unidad de España.
Alguien dirá que tengo el alma encendida. Es cierto. Y me duele y me destroza este fuego interior pero España no puede morir en brazos de gente sin escrúpulos que tienen por emblema la cobardía y por cobijo la mayor de las desvergüenzas.
24 de septiembre de 2015
¿Catalanizar España?
Dejo al margen la para mí disparatada decisión de que un
ministro del gobierno de España se preste a debatir con el número 5 de una
candidatura al parlamento autonómico que propugna la secesión de una parte de España.
Si se sostiene que son unas elecciones autonómicas y que en ellas no se decide la
soberanía, ¿a qué viene darle esta relevancia? ¿no se está entrando en el juego
de los separatistas?
No vi el debate, pero sí alguno de sus cortes. Y una vez más
Margallo nos regaló con una de sus píldoras de complejistina con las que trata de hacerse el simpático a quienes
quieren robarnos la cartera a todos los españoles: “Hay que catalanizar a España”.
Cuando hablo con mi hija adolescente y tengo que decirle que
no, no acostumbro a decirle después que pese a todo, su madre y yo debemos adolescentizarnos. Si lo hiciera, mi
hija, que de tonta no tiene un pelo, captaría perfectamente el mensaje: ella
lleva toda la razón, pero las cosas son como son. Una victoria moral.
Pues bien, la errática y suicida trayectoria del pueblo
catalán en los últimos cuarenta años no es ni mucho menos como para alabar su
sentido común. Teniendo la clase política catalana una evidente
responsabilidad, no podemos olvidar que esa clase política ha sido elegida por sus
conciudadanos, que han convivido sin inmutarse en una ciénaga de corrupción
institucionalizada y con una estrategia creciente de discriminación étnica y lingüística
–sí, lo que leen- propia de la Alemania de los años 30.
Hace tan sólo unos
días, un buen amigo catalán de más de 17 apellidos catalanes y sin embargo –o quizás
por ello- español hasta la médula me decía con resignación “ya sólo falta, querido amigo, que nos pongan la estrella”.
Así pues, aquél seny que era señal de identidad de un pueblo
próspero, abierto, emprendedor y cosmopolita como lo fue en un tiempo el pueblo
catalán, ha sido arrumbado y sustituido por un aldeanismo excluyente y xenófobo
que ha triunfado en la actual sociedad catalana, que avanza a marchas forzadas hacia
el abismo frente a la cobardía y el silencio culpable de la mayoría. Y los pocos que aún conservan aquél señero
sentido común y se atreven a alzar su voz, son una minoría señalada y apestada que
está a punto de ser desahuciada por española.
Nada de dorar la píldora a los canallas. El pueblo
catalán de hoy –salvo muy contadas y honrosas excepciones- no tiene nada que
enseñar al resto de los españoles. Más bien necesita -y merece- una buena cura de humildad
que le redima de unos errores que ya nos están costando mucho a todos.
LFU
21 de septiembre de 2015
Cataluña no es una nación
Esto, que tantos españoles y catalanes tenemos claro y que se publicaba sin ambajes en el año 1932 (magnífico libro, por cierto), no hay
un solo político español actual que se atreva a decirlo. Es más, cada vez menos
españoles de a pie se atreven a decirlo por miedo a molestar o ser tachado de
extremista, radical o intolerante. Por cobardía.
Nadie puede negar la singularidad del pueblo catalán, como
tampoco la del gallego, vasco, andaluz, asturiano, murciano y extremeño, cuya
riqueza y variedad convierten a la nación española en la nación culturalmente más
rica de Europa. Cataluña tiene una lengua propia y una cultura propia,
enriquecida durante siglos por su pertenencia al Reino de Aragón y después al
reino de España. Una tradición que no es posible separar de su condición,
primero aragonesa y luego española, y de
las aportaciones que la emigración del resto de España ha dejado en aquella
tierra de emprendedores y comerciantes, sin incurrir en una falsificación
histórica escandalosa.
El nacionalismo catalán, surgido en el turbulento siglo XIX
y fermentado durante los últimos cuarenta años gracias primero a la
irresponsabilidad de los padres de la constitución y después a los intereses
electorales de los sucesivos gobiernos de uno y otro signo, está basado en una
sucesión interminable de mentiras colosales y burdas, que a fuerza de repetirse
ad nauseam por los diferentes medios
de comunicación públicos y privados –todos vasallos de la Generalidad- y por
los libros de texto en los colegios ha adquirido consistencia en la mente de
dos generaciones de catalanes que ya no se sienten españoles.
Cataluña jamás fue un reino, jamás fue independiente de
Aragón o de España y nunca ha sido reconocida como nación por estado o nación alguna. Pero es que tampoco
lo pretendió hasta ahora. El referente histórico de los separatistas resulta
ser un edil que luchaba porque la casa de Austria mantuviese la corona de España
en la guerra de sucesión. Luchaba en nombre de España, perdió y murió jubilado
como Notario en Barcelona y recientemente sus descendientes
reivindicaban su condición de patriota español. Y los que pretenden pasar a la historia como
los próceres del nuevo estado independiente son el ejemplo más escandaloso de
corrupción política de la historia de España, que sin embargo ha gozado hasta ahora
de una vergonzosa impunidad.
El separatismo catalán es fruto
de la expansión impune de una serie de mentiras consentida en los últimos
cuarenta años por los gobiernos de
España según su conveniencia electoral. La mentira está en su origen, la
mentira, el engaño, la corrupción y el latrocinio ensucia a sus promotores y la
mentira ampara su último envite, prometiendo un estado próspero y europeo en
lugar de una sima profunda de miseria y división que es lo que sería una
Cataluña separada.
La verdad es la verdad, la diga
Agamenón o su porquero. La mentira, su difusión indiscriminada y la ausencia de
una clara contradicción suele acabar en una frustración colectiva. Si no, que
se lo digan a Goebbels.
LFU
8 de septiembre de 2015
Villalobos.
Si Agustín de Foxá hubiera conocido a Celia Villalobos, seguramente
habría superado en su semblanza aquella
célebre de Azaña en su inolvidable Madrid de Corte a Checa. Y es que
confluyen en este cutre y rancio personaje todos los rasgos que definen uno de
los tipos humanos más despreciables de nuestra piel de toro: el clásico merdellón[1]
malacitano.
La condición de merdellón o merdellona lleva consigo la
negación de toda clase, estilo o elegancia. La antítesis de la prudencia y la
ausencia absoluta de pudor. Basta
recordar el célebre
vídeo en el que demuestra el mezquino trato que dispensa a sus servidores
para ver la incapacidad del personaje para mantener una mínima compostura o
dignidad.
Por supuesto, los integrantes de esta singularísima categoría social suelen padecer un exceso de soberbia y desconocen la humildad. Como muestra de lo anterior, valga el botón de la inexistencia de disculpa alguna tras ser pillada in fraganti jugando
al “Candy crush” en una sesión del
pleno del Congreso de los diputados.
Para ser un perfecto merdellón es necesario tener dinero.
Villalobos lo tiene por partida doble, ya que además de cobrar un sustancioso
sueldo público por jugar a videojuegos en el Congreso, está casada con Pedro
Arriola, el rey de las alcantarillas, el brujo de Mariano Rajoy, el mejor
adivinador del pasado que conocieran los tiempos, cuyos honorarios a cargo del
partido popular superan el millón de euros anuales. Y es
que el perfecto merdellón es reconocible más que nunca cuando trata de lucir su
patrimonio, pues se convierte en luminoso escaparate del mal gusto y de la
zafiedad. Como decía Manuel Machado, “no se ganan, se heredan, elegancia y blasón”
y la falta de educación no se disimula, sino todo lo contrario, con la abundancia patrimonial.
Villalobos, el epítome de la vulgaridad y del mal gusto, el
símbolo supremo de la mediocridad del ser humano, ha comparado en su último
rebuzno político a Artur Más con Francisco Franco, a quien en un alarde de
valentía y arrojo ha calificado nada menos que de “nazi que expulsó a los andaluces” (aún no sabemos a cuántos, de dónde
y a dónde). Es natural. Los espíritus
mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance. Y qué duda
cabe que Franco, aquél hombre al que su marido desde el Frente de Juventudes y
ella atacaron con tanta “saña” y riesgo de sus vidas, está a años luz de su
pequeña humanidad.
Hace bien poco, Villalobos, que en su defensa del aborto
tanto se acerca a algunos de los postulados eugenésicos nazis, expulsó
de su partido a quienes se opusiesen al aborto. Hoy le ha echado otra
manita a su jefe para ver si acaba de perder esa parte residual del votante de
derechas, impermeable a lo políticamente correcto, que seguía votando con una
pinza en la nariz a un partido que, con personajes como ella, ha perdido
cualquier respeto por sí mismo.
LFU
4 de septiembre de 2015
He vuelto
He vuelto. Me resistía
a retomar la pluma, adormecido aún por las olas de la mar, pero la entrevista
de esta mañana al miserable Artur Mas en Ondacero me ha despertado del letargo.
Llegaba tarde a una reunión y no he podido escucharla entera.
Pero me bastaba lo oído. El anuncio público
y descarado de la próxima comisión de una serie de delitos de máxima gravedad,
que habrán de culminar con la secesión de una parte del territorio nacional. La
crónica anticipada de un delito anunciado. La escandalosa confesión pública de la
existencia de una conspiración para cometer un delito por quien tiene la
posibilidad de hacerlo.
Adormecido aún por los ecos estivales, he llegado a pensar ingenuamente
que la policía interrumpiría la emisión y detendría de inmediato al malhechor por
orden de la fiscalía para ponerlo a disposición judicial.
He imaginado qué hubiera pasado si Antonio Tejero Molina hubiera
sido entrevistado en enero de 1981 y hubiera desgranado paso a paso su plan
para entrar en el Congreso como fue expuesto en el piso de General Cabrera ante
Armada y los demás. El final de todo sería un gobierno de concentración para
cambiar el rumbo del sistema. Imposible ucronía, ya que ni siquiera Tejero
sabía lo que estaba detrás de su operación táctica. Pero lo que todos sabemos –o no- es que Tejero
no hubiera terminado la entrevista. Ya lo habían detenido y condenado por una
conversación de café en el que hablaba de la posibilidad de un golpe de timón.
Pero he salido de la reunión, he consultado la prensa
digital y España, su gobierno y sus instituciones siguen anestesiadas. Me gustó
el artículo de Alfonso Guerra y su andanada contra el gobierno por su inacción
ante un golpe de Estado a cámara lenta. Más que el de Felipe, dando lecciones
extemporáneas que debiera haberse aplicado a sí mismo en su día. Nada de lo
dicho ha excitado el carísimo celo de la Fiscalía General del Estado.
Me he acordado de la paralela que recibí anteayer de
Hacienda y he pensado que no somos nadie. He pensado en el artículo 14 de la
Constitución, ese que habla de la igualdad de todos los españoles ante la ley y
me he sorprendido a mí mismo esbozando una escéptica sonrisa. Me he acordado de la imagen de Rato
mil veces repetida entrando cabizbajo en un coche policial y de la imagen
idílica de los paseos del “honorable” Pujol y su mujer por la Costa brava.
Y me he acordado que dentro de nada, hay elecciones. Y ni
España, ni el Estado de Derecho valen una higa cuando se trata de decidir quién
será el próximo inquilino de la Moncloa. Tú tranquilo, Mariano, que cuando todo
se haya consumado, a lo mejor ya no tienes que hacer nada más que fumarte un
puro.
Bienvenidos queridos lectores, a este nuevo curso, que
promete ser intenso.
LFU
28 de julio de 2015
Conspiración y Estado de derecho*
La seguridad jurídica es una de las notas consustanciales a
todo Estado de derecho. Los ciudadanos necesitan disfrutar de un grado
razonable de certeza y confianza en las normas jurídicas que regulan su
convivencia y en la estabilidad del ordenamiento y disponer de un grado
admisible de previsibilidad de las consecuencias del incumplimiento de las
leyes, como elemento disuasorio de su violación.
En los últimas tiempos, los españoles –y con mayor
conocimiento de causa los juristas- asistimos atónitos a una perversión de la
seguridad jurídica en función de razones de oportunidad o conveniencia política
establecidas por el gobierno de turno, encargado de cumplir y hacer cumplir la
legalidad vigente.
El recién anunciado pacto entre Convergencia Democrática de
Cataluña y Esquerra Republicana para una candidatura única -cuya letra pequeña no
se ha hecho pública- incluye la secesión de una parte del territorio nacional
en un plazo de seis meses según declaración pública del propio Presidente de la
Comunidad Autónoma catalana. Es decir, con luz y taquígrafos se hace público un
insólito pacto para cometer un delito de rebelión o, cuando menos, de sedición,
de los regulados en los artículos 472 y 544 del Código penal, lo que implica ya
la comisión del delito en grado de conspiración.
No se requiere ningún análisis sesudo de los hechos para
llegar a esa conclusión, que obtendría cualquier estudiante de primero de
derecho. Cierto es que el tipo penal del
delito de rebelión exige que la declaración
de independencia de una parte del territorio nacional venga precedida de un
alzamiento «violento y público», y es
la nota de la violencia lo que dificulta el correcto encaje de los hechos en
ese tipo penal. Ello nos lleva a
considerar como tipo penal más plausible el de sedición «Son
reos de sedición los que, sin estar comprendidos en el delito de rebelión, se
alcen pública y tumultuariamente para impedir, por la fuerza o fuera de las
vías legales, la aplicación de las Leyes o a cualquier autoridad, corporación
oficial o funcionario público, el legítimo ejercicio de sus funciones o el
cumplimiento de sus acuerdos, o de las resoluciones administrativas o
judiciales.». Y
en cuanto al grado de conspiración resulta palmario, a tenor de lo dispuesto en
el artículo 17 del Código penal «La
conspiración existe cuando dos o más personas se conciertan para la ejecución
de un delito y resuelven ejecutarlo.»
Sorprendentemente –o no, ya que la sorpresa requiere una
previa expectativa de lo contrario- la noticia no ha excitado suficientemente el
celo de la Fiscalía General del Estado, ni del Ministerio de Justicia, imbuidos
todos ellos por el dontancredismo
impuesto por el Presidente.
Es legítimo preguntarse cuál sería la respuesta del Estado si
en lugar de tratarse del Presidente de una comunidad autónoma, se hiciese
pública una conspiración de café para subvertir el Estado de Derecho por parte
de un grupo de militares y civiles. La respuesta a tan retórica pregunta nos da
la medida de que el Estado de derecho no funciona en España, o peor aún, lo
hace o no en función de las conveniencias electorales de cada momento y lo que
es casi peor, en función de la identidad de quien lo desafía.
Reza el dicho proverbial que «vale más prevenir que curar». El Estado de derecho no funcionó el
9 de noviembre de 2014 como funciona cuando un contribuyente comete un error en
su declaración de la renta o sobrepasa el límite de velocidad. No hubo nadie en la trinchera de la ley y los
que retaron al Estado de derecho cosecharon una lamentable victoria moral.
Ahora hay razones de sobra para temer que seguirá en fase
durmiente a ver si el tiempo o la ventura le arreglan las cosas a un Presidente
que parece no ser consciente de que puede que haya dejado de serlo cuando otros
quieran consumar un delito para el que ya están públicamente conspirando. Para
entonces, puede ser demasiado tarde, no para el Presidente, sino para España.
* (El artículo, escrito sobre la base de la entrada anterior, fue enviado a ABC pero finalmente no se ha considerado su publicación por la dirección)
Luis Felipe
Utrera-Molina Gómez.
16 de julio de 2015
El Pacto Mas-Junqueras y la conspiración para delinquir
El recientemente anunciado pacto
entre Convergencia Democrática de Cataluña y Esquerra Republicana, cuyo
texto aún no se ha hecho público aunque se publicita en la página
web de CDC, constituye de por sí un flagrante delito de rebelión en
grado de conspiración.
No se requiere ningún análisis sesudo de los hechos para llegar a esa
conclusión. Basta con leer los siguientes artículos del Código penal:
Artículo 17.
1. La conspiración existe cuando dos o
más personas se conciertan para la ejecución de un delito y resuelven
ejecutarlo.
3. La conspiración y la proposición para
delinquir sólo se castigarán en los casos especialmente previstos en la Ley.
Artículo 472.
Son reos del delito de rebelión los
que se alzaren violenta y públicamente para cualquiera de los fines siguientes:
(…)
5.º Declarar la independencia de una
parte del territorio nacional.
Artículo 477.
La provocación, la conspiración y la
proposición para cometer rebelión serán castigadas, además de con la
inhabilitación prevista en los artículos anteriores, con la pena de prisión
inferior en uno o dos grados a la del delito correspondiente.
Del texto de los mencionados artículos
se deduce sin especial esfuerzo hermenéutico que
(i) la declaración de
independencia de Cataluña constituye delito de rebelión o, como poco, si se entendiese que no existe violencia, de sedición del artículo 544 del Código penal.
(ii) el pacto por el que se compromete
la secesión de Cataluña del Estado español constituye una conspiración para
cometer un delito de rebelión; y
(iii) que el delito de rebelión
es de aquellos castigados en grado de conspiración.
Sorprendentemente –o no, ya que la
sorpresa requiere una previa expectativa de lo contrario- la noticia no ha
excitado el celo de la Fiscalía General del Estado, ni del Ministerio de
Justicia, imbuidos todos ellos por el dontancredismo impuesto por Rajoy.
¿Actuarían de la misma forma
dichas instituciones si se descubriera una conspiración similar en una conversación
de dos tenientes coroneles en una cafetería?
La respuesta a tan retórica
pregunta nos da la medida de que el Estado de derecho no funciona en España, o
peor aún, lo hace o no en función de las conveniencias electorales de cada
momento.
No en vano reza el dicho
proverbial que “vale más prevenir que curar”. El Estado de derecho ya hizo
dejación de funciones el 9 de noviembre de 2014 y mucho me temo que seguirá en fase
durmiente a ver si el tiempo le arregla las cosas a Rajoy, que parece no darse
cuenta de que, presumiblemente, ya no presidirá el gobierno de España cuando otros quieran consumar
un delito para el que ya están públicamente conspirando. Para entonces, puede ser demasiado tarde.
LFU
13 de julio de 2015
La Memoria arrojadiza. Por José Utrera Molina
A continuación reproduzco el artículo publicado hoy en LA RAZÓN
Desde mi modestia política y consciente
de mi insignificancia pública, denuncié hace unos años casi en solitario que la
Ley de la Memoria Histórica abriría de nuevo todas las heridas de la guerra
civil española, que dejó en mi propia familia señales inequívocas de su
crueldad. No me equivocaba. Esa injusta ley, paradigma del sectarismo y la
revancha, ha abierto una zanja insondable en la voluntad y la memoria de un
pueblo como el español, curtido en la desgracia y poco enaltecido en sus
innumerables e infinitas acciones ejemplares, pero también ingrato y proclive a
la desmemoria interesada. Yo afirmé entonces –y sigo sosteniendo ahora- que
aquella ley constituía una miserable y peligrosa agresión a la propia estructura
medular de la nación española.
Hemos regresado al cainismo nefasto,
a la España de los rojos y los azules. Volvemos a arrojar los muertos de un
lado a los del otro. Se denigra impunemente la memoria de unos hombres que
habían creído en la verdad eterna de España para ensalzar abiertamente a
quienes desde la trinchera de enfrente, muchos sin ser conscientes de ello,
luchaban por convertir a España en un satélite de la Unión Soviética.
Ahora, mientras contemplo con
tristeza cómo se arrancan las lápidas de las calles de España, se destrozan los
monumentos que recuerdan gestas de aquella guerra que algunos quieren manipular
y perpetuar en sus efectos, se me abre el corazón y sin respiración para el
rencor, tengo un toque de angustia inacabable. Me pregunto cómo puede toda una
nación cubrirse de indignidad por la iniquidad de un gobernante nefasto como Rodríguez
Zapatero, que no dudó en ensuciarse el corazón con las más perversa y cruel de
las intenciones. Le imagino sentado en su sillón del Consejo de Estado,
respirando tranquilo mientras contempla las consecuencias de haber asestado la
más profunda puñalada a la reconciliación de los españoles. Dicen que todavía sonríe al mostrarse
orgulloso de la Ley que él patrocinó.
En mi absoluta pequeñez política, en
mi falta de proyección sobre las gentes, en el clamor humilde de mi amargura,
tengo necesariamente que gritar aunque sea lo último que haga en esta vida, mi rebeldía
y mi intolerancia ante los que se revuelven orgullosos, erguidos y manchados
con este impulso de resurrección inicua, injusta y despiadada. ¿Qué hemos hecho
los españoles para merecer esto? ¿Qué silencio tan profundo nos dan los muertos
para poner sobre ellos el sello del odio y de la crueldad? ¿Qué género de
maldición recae sobre nuestro pueblo que contempla atónito la destrucción
absoluta de todo lo que ha sido una España limpia, reconciliada y abierta a un
futuro con esperanza? ¿Qué pecado hemos cometido para volver a traer a nuestras
retinas imágenes ya enterradas en el tiempo, para merecer este silencio ominoso
y cobarde que atenaza a tantos españoles?.
Yo suscribo este artículo con la más
alta temperatura de mi corazón. Sin rencor, pero con la firme voluntad de
perseverar desde mi pequeñez, en la lucha por la supervivencia de una España
eterna, no ensuciada por los golpes de rencor y de odio como se producen en la
actualidad. Se lo advertí en su día al Sr. Rajoy en una carta que sólo mereció
la contestación de su escribano. Fuimos muchos los españoles que votamos al
Partido Popular creyendo ingenuamente que las dos leyes más inicuas de la era
Zapatero, la del aborto y la de la Memoria Histórica habrían de ser derogadas.
Nada se ha hecho, por pura cobardía y cálculo electoral.
Entre las pequeñas brasas de
indignación que aún transpiran los numerosos huesos de nuestros caídos y de
nuestros muertos, que son todos los que, en una y otra trinchera cayeron con el
nombre de España en sus labios, se alza un grito en el silencio, una luz en la
noche frente a tanto olvido y una petición a Dios para que conserve la dignidad
de los españoles y no volvamos otra vez a la enemistad, al enfrentamiento y a
la crueldad entre aquellos que hemos nacido en este solar tan dolorido. En los pocos años o días que me queden todavía,
no dejaré de proclamar en alta voz lo que los muertos nos recuerdan, lo que nos
dicen sus hijos y lo que callan los eternos sufrientes. España no puede sucumbir
bajo la tiranía de un grupo de desalmados. Sólo Dios puede salvarnos.
JOSÉ UTRERA MOLINA
10 de julio de 2015
Rezar por el Papa
Que el Papa es el vicario de Dios en la tierra y que, como
tal, los católicos le debemos obediencia y por tanto creer, cumplir y aceptar su
magisterio solemne, es decir, el que proclama por un acto definitivo la
doctrina en cuestiones de fe y moral y está asistido por el Espíritu Santo, es
algo indiscutible, desde luego, para mí.
Ello no implica que los católicos debamos estar de acuerdo
con el Papa en todo aquello que no constituya magisterio solemne de la iglesia.
Es evidente que el hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras y
no cabe duda de que el riesgo de meter la pata se incrementa exponencialmente cuanto
mayor es la locuacidad del hablante. El Papa Francisco, que encarna la virtud de
la caridad, no es un prodigio de prudencia en sus manifestaciones ordinarias,
por su condición de extrema locuacidad.
El Papa es un hombre. Como tal puede equivocarse y a menudo
lo hace. Como todos. Y desgraciadamente sus equivocaciones son mucho más
sonoras que sus aciertos, que son muchos más.
No cabe duda de que en su viaje por
Hispanoamérica el Papa ha cometido errores, para empezar, la lectura que ha
hecho de la independencia de los países americanos que no nació de la
conciencia de los oprimidos, sino más bien en las logias masónicas y en las
clases acomodadas. Fue muy claro al respecto San Juan Pablo II al elogiar la enorme
contribución de España a la cultura, los valores y la fe de toda
Hispanoamérica. Aunque hoy sabemos que le dijo "No está bien eso", hubiera preferido también una mayor firmeza ante el miserable
regalo del cretino Morales, pues no imagino lo que hubiera sucedido si el
Crucificado hubiera estado anclado a una esvástica en lugar de una hoz y un
martillo.
Pero no es menos cierto que seguramente los frutos
apostólicos del viaje serán abundantes y mucho más importantes que los errores,
a menudo consecuencia de intereses diplomáticos.
El Papa le pide a todo el mundo que rece por él. Yo lo hago
a diario y todos debemos hacerlo, para que la luz y la prudencia guíen siempre todos
sus pasos.
Los que tenemos el privilegio de disfrutar de padres
mayores, sabemos que éstos se equivocan y no por eso dejamos de quererlos y
rezar por ellos. Ni se nos ocurre ponerlos a caldo delante de los demás. A
mayores errores, más cariño y más oración. Pues eso mismo tenemos que hacer los
católicos con el Papa. Rezar por él.
Que Dios le bendiga, Santo Padre.
LFU
6 de julio de 2015
Pilar Rahola busca la Luz
«Estad alegres. Os lo repito: estad siempre alegres, porque el Señor está cerca.» (San Pablo a los Filipenses 4, 4-5).
Y no es baladí la justificación de la alegría en un lunes de calor infernal en Madrid. Escuchar a Pilar Rahola -sí, han leído bien, a Pilar Rahola- hablar de la fe católica, de la luz que ilumina a quienes tienen fe y viven el cristianismo, de la necesidad de una mayor presencia de la Iglesia en la sociedad, nos recuerda cómo Dios hace nuevas todas las cosas, cómo endereza las ramas más torcidas, cómo se preocupa de los que más le necesitan, como se manifiesta de las formas más insospechadas.
Pilar Rahola se confiesa. Desnuda su alma ante los demás reconociendo que sigue buscando el camino, que tiene sed de Cristo. Nos está pidiendo a todos una oración para llegar a la meta, para encontrar la plenitud de la verdad y del amor, que nosotros cristianos reconocemos en Jesús, Luz del mundo.
Ya tiene la mía y seguro que la vuestra.
LFU
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