"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

4 de diciembre de 2007

Miserables

Quiero reproducir una carta que he leído en el blog de unos amigos http://elbaluartedeoccidente.blogspot.com/. Pero, a modo de prólogo, diré dos cosas:

Miserable el Ministro del Interior del Gobierno Español insistiendo una y otra vez en el carácter fortuito del asesinato, en un repugnante intento de rebajar el nivel de culpabilidad de ETA y dar a entender a la sociedad que "está todo controlado".

Miserables todos los partidos del arco parlamentario -con excepción en este caso del Partido Popular- que se han pasado la legislatura dando alas a los terroristas con el repugnante proceso de paz y ahora se ponen a la cabeza de la manifestación para lavar sus culpas al olor de las urnas.
No voy a asistir a esa pantomima unitaria, porque confieso que a mí si me produce asco ir de la mano de Llamazares -que cogobierna en el País Vasco con el PNV y financia a los familiares de los presos de ETA-, de Carod Rovira -que le pidió a ETA que no matase en Cataluña-, de Pepiño Blanco y compañía. Espero que les llamen todo lo que se merecen. ¡Miserables!
LFU

MISERABLES

Una vez más, la banda terrorista ETA ha actuado. En esta ocasión, no ha sido como ya nos tenía acostumbrados, jugando al ratón y al gato, sino que ha actuado de verdad, a la vieja y macabra usanza: el cobarde tiro en la nuca que asegure su indemnidad. Tal vez porque esta vez querían asegurar el resultado y, desde luego, con total conocimiento de sus objetivos, que no deja de resultar significativo, a estas alturas. Lo que no ha cambiado es la condición de sus víctimas: una vez más, se trata de ejemplares cumplidores del deber, Raúl Centeno, fallecido, y Fernando Trapero, herido muy grave, que se jugaban la vida para librarnos de la lacra terrorista.

Soy hija, nieta, hermana, tía y sobrina de Guardias civiles, y fue un austero cuartel de este benemérito Cuerpo lo primero que vieron mis ojos al nacer, en aquella mi querida tierra vasca. Por ello se agolpan en mi mente y en mi alma tantos sentimientos de orgullo y de dolor contenido, pero también de repulsa -que no odio- hacia tanto miserable que nos rodea. Porque malditos y miserables son todos los asesinos terroristas que continúan golpeando nuestra patria. Pero, por desgracia, no son los únicos.

Miserables son todos aquellos grupos vascos de siglas cambiantes y esquivas que sostienen política y socialmente a la banda terrorista ETA. Quienes contribuyen con su apoyo, sus algaradas o sus recursos económicos al sostenimiento del entramado terrorista. Los que, con fondos públicos, mantienen o sustentan colectivos del entorno de ETA y alientan y fomentan el odio entre los niños y jóvenes vascos.

Miserables todos aquellos -y créanme que son muchos- que hoy se dan golpes de pecho por el atentado contra estos dos Guardias civiles pero durante largo tiempo sonrieron furtivamente o, cuando menos, se encogieron de hombros ante el asesinato de tantos Guardias civiles, ni mejores ni peores que los de ahora, que un día subieron al altar de los héroes.

Miserables, en fin, los que han obtenido, pretenden obtener ahora o buscarán en un futuro alcanzar algún tipo de rédito político con la sangre de un Guardia civil. Y en cambio, todos han merecido, como españoles, el derramamiento de hasta la última gota de la sangre de tantos servidores públicos que fueron fieles a lo que un día juraron. Me consuela saber que su generosidad será recompensada en lo Alto, donde un nuevo tricornio negro luce desde hoy.

30 de noviembre de 2007

La trituradora


Dolor, rabia, indignación, tristeza. Cada uno de estos sentimientos se me anudan en el estómago de forma persistente desde que hace unos días tuve noticia de la carnicería que vienen protagonizando con el beneplácito y silencio de las autoridades, un grupo de salvajes alimañas con bata blanca y manos manchadas de la sangre inocente de cientos de miles de niños, a los que diariamente se enviaba a la trituradora, para borrar sus rastros. Sí, a la trituradora. Sí, a niños de ocho meses, los mismos que tenía mi hija Paloma cuando la vi nacer emocionado. Claro que previamente se habían encargado de acabar con sus pequeñas vidas, bien hundiéndoles el cráneo, bien inyectándoles una letal sustancia en sus pequeños corazones. Dicen que, en sus conversaciones, los hijos de puta comentaban jocosamente el número de “rompe-cocos” que había hecho cada uno. Y estoy seguro de que estos canallas habrán llorado alguna vez viendo La Lista de Schilnder, El Pianista o La Vida es bella. Claro que las víctimas de los Hitler y las de Stalin ya tenían carné de identidad y estos niños nunca podrán obtenerlo.

¿Qué sociedad es ésta que hemos creado? ¿Alguien ha escuchado a alguno de nuestros políticos rasgarse las vestiduras por la masacre cotidiana que miles de niños están padeciendo en Barcelona, en Madrid y en toda España? Unos, los de la izquierda, callan porque no les importa; no hay contradicción con su código moral, pues el aborto es una “conquista social”. Otros, los de la derecha, miran para otro lado para no molestar demasiado, y de tanto adoptar acomplejados perfiles bajos, están arrastrando por el suelo su propia dignidad y el humanismo cristiano que dicen defender.

Digámoslo claro: El aborto, como cualquier crimen, no es un ningún derecho de la mujer. En cambio, los embriones, los fetos, los niños, sí tienen derecho a vivir. El mismo que tiene un niño de dos años a seguir viviendo. Me repugna la indiferencia con la que la mayor parte de nuestra sociedad mira para otro lado ante el fenómeno del aborto, por el simple hecho de que el feto no ha salido del vientre materno. ¿Acaso un recién nacido es menos dependiente que un embrión de 4, 5 y 6 meses?. Triturar a un feto de ocho meses, o de dos, o de seis, o de unos cuantos días, es lo mismo que hacerlo con un niño recién nacido, cerrando la puerta para que nadie lo vea.

Vivimos en una sociedad hipócrita, que se escandaliza con las imágenes de los cadáveres amontonados en los campos de concentración de hace sesenta años, y asiste impasible e indiferente al holocausto diario de cientos de miles de inocentes criaturas, cuyo destino no es ya el horno crematorio, sino una fría e implacable trituradora, en la que se termina su dolor, se ahoga su llanto y se borra para siempre cualquier rastro de su existencia.

Estoy seguro de que algún día, no muy lejano, las generaciones venideras contemplarán con verdadero horror el estéril sacrificio de millones de vidas en nombre del egoísmo y de la sinrazón. Y yo le pido a Dios la dicha de poder verlo con mis propios ojos.

LFU

27 de noviembre de 2007

El último laureado


En medio del silencio oficial más absoluto, y con la misma discreción con la que vivió, ha muerto en Madrid, el último Caballero Laureado de San Fernando, el Teniente General Adolfo Esteban Ascensión. Le fue concedida la Cruz Laureada individual siendo Capitán de Caballería, por su heroica defensa de la posición de Las Minas, en el frente de Vizcaya, el 27 de mayo de 1937. Su escuadrón fue atacado por fuerzas enemigas muy superiores y, agotadas las municiones, las rechazó machete en mano. Es el último exponente del épico heroismo español, el último de los elegidos en un Capiítulo que, muy probablemente, ha cerrado con su muerte su gloriosa historia.

Rusia, una vez derribado el muro del comunismo, sigue honrando a los Héroes de la Unión Soviética. Estados Unidos rinde permanente homenaje al General Lee y a cuantos en el Ejército Confederado lucharon con valor y heroismo. España no. Porque aquí hasta los héroes tienen que ofrecer el pedigrí de "luchadores por la democracia" y liberarse de cualquier costra franquista. Mientras el Parlamento español, con la aquiescencia de la acomplejada derecha del Partido Popular, no tiene pudor alguno en elevar a la categoría de "luchadores por la libertad" a quienes procedentes de los partidos comunistas de toda Europa acudieron en 1936 a la llamada del Komintern para luchar por la victoria del comunismo en España, ni el Gobierno, ni tampoco la oposición, han tenido la generosidad ni la dignidad de representarnos a todos en la despedida al último de nuestros héroes de la milicia.

Por eso, y porque a mí no me representan los enanos que se sientan en el Parlamento, no quiero dejar, desde mi modesta tribuna, de rendirle mi más sentido homenaje a su valor, a su heroismo y a su vida.

Descanse en paz, mi General.

LFU

23 de noviembre de 2007

Valle de los Caídos



El pasado 17 de noviembre asistí, junto a otros miembros de mi familia, al funeral oficiado por el Padre Abad Mitrado del Valle de los Caídos y concelebrado por toda la Comunidad benedictina, en la Basílica del Valle. Se estima que fuimos entre 1.500 y 2.000 españoles los que allí acudimos a rezar por Francisco Franco, por José Antonio y por todos los Caídos enterrados en la basílica (unos 60.000, de ambos bandos), menos que otros años, debido al miedo infundado de algunos a que hubiera incidentes, tras la feroz campaña mediática empeñada en mezclar churras con merinas, o a nosotros con los nazis, cabezas rapadas y demás fauna. Por supuesto, no hubo incidente alguno, ya que el Valle está lo suficientemente apartado para disuadir a los grupos "antisistema" de dar la lata. Y pudimos escuchar una profunda y bien construida homilía, que transcribo a continuación:

Con la perseverancia que os caracteriza os reunís una vez más en torno al altar de esta Basílica para significar que vuestra memoria del pasado y de sus protagonistas la ponéis ante todo bajo la mirada de Dios y la encomendáis a su protección. Él es Aquel “en Quien y para Quien todos viven” (liturgia de Difuntos), el que tiene la última palabra sobre cada hombre y cada acontecimiento. En Él la ‘memoria de la historia’ tiene un testigo y un juez insobornables, el mismo que afirma que dará a cada uno según sus obras.


Pero mientras cada uno espera esa hora de la verdad, vosotros venís ante la Cruz y al mausoleo del Valle a pedir el descanso eterno para todos los caídos, así como la paz para todos los que hemos heredado su sacrificio por una España que sepa vivir en armonía entre todos sus ciudadanos. El vuestro quiere ser hoy un gesto de reconciliación en el que, siguiendo la voluntad del fundador de este templo, D. Francisco Franco, os hacéis valedores de todos ante el Redentor de todos, cuyos brazos abiertos envuelven, desde la Cruz que nos preside, a todos los que reposan detrás de estos muros o en cualquier lugar de nuestro suelo.

Pedís la misericordia de Dios para ellos y para cuantos, en aquella guerra que todos nos dimos, se dejaron su vida en defensa de la causa que creyeron más justa y útil para el interés de España. Ahora las almas de los que están sepultados en esta Basílica, y que se hallen en presencia de Dios, rodean este altar cada vez que en él se celebra el sacrificio de la Misa, y unen su sangre a la de Cristo, en la Cruz y en el cáliz, para expiar los errores que unos y otros pudieron cometer, así como para purificar las profundidades de la conciencia de nuestro pueblo.

Entre estos caídos enterrados en el Valle se cuentan algunos de los mártires ya beatificados, ocho de los cuales: un P. dominico y siete religiosas adoratrices, figuran entre los que lo han sido el pasado 28 de octubre. La misión de todos ellos, hoy, es abogar por esa reconciliación a partir, no de símbolos y palabras efímeras, sino desde la fuerza de su propio testimonio, con el que sellaron a la vez su muerte y su amor a una España que uniera para siempre, en el nombre de Dios y en un abrazo común, a todos los hijos de este pueblo.

Ellos pusieron los primeros hechos positivos por el perdón y la concordia, hechos que se prolongaron en este Valle de los Caídos donde una Cruz y un altar se han convertido en testigos de este propósito de reconciliación. En esos símbolos religiosos radica el máximo estímulo al entendimiento entre los hombres, muy superior al de cualquier palabra o gesto políticos. La conciliación de los corazones no se hace por ley, sino en virtud del amor y de la piedad que dimanan de la Cruz y que nuestros mártires transparentaron en su muerte.

A ellos nos encomendamos para hacer que el Valle pueda ser, de manera eminente y eficiente, ese ámbito religioso de presencia de Dios a través de los símbolos sagrados y del culto que lo caracterizan. Para que sea un espacio para la paz de los corazones a través de la atmósfera de quietud y religiosidad que envuelve cada rincón de este lugar, como tantas personas experimentan, a veces de forma muy sensible.

Los que llegan hasta aquí con espíritu abierto perciben sin dificultad ese mensaje de paz y espiritualidad que se desprende de todos los elementos y símbolos que se dan cita en el Valle, y que representan suficientemente su sentido, y lo consideran como un marco óptimo para esa doble tarea que a todos nos espera siempre: acercarnos en profundidad a la interioridad de nosotros mismos y, al mismo tiempo, tomar la medida de las realidades humanas, sabiendo discernir entre lo verdadero y lo falso de cuanto tenemos ante nosotros. Todos somos conscientes de la necesidad de esa terapia de serenidad y claridad en medio de la confusión que nos envuelve.

En el Valle de los Caídos todo tiene como referencia la Cruz. La misma que ha estado siempre presente en nuestra historia personal y colectiva. Una vez más tenemos que acogernos a ella como lugar de encuentro y de esperanza en esta hora de España. Esa Cruz que permanece inmóvil e inmutable, como todo lo que ella representa en cuanto memoria, a la vez, de Dios y del hombre. Ella es luz en nuestro camino, vigía amorosa de nuestros días, puente entre las generaciones que nos han precedido y seguirán. Ella continúa siendo el signo del precio por nuestros pecados y desvaríos, también los de hoy. Una cruz que ha crecido tanto como esos pecados, pero también como el amor con que siguen siendo redimidos.

Pero se diría que nos estamos distanciando cada vez más de esta sombra de la Cruz, como si quisiéramos eliminar los vestigios de su presencia entre nosotros. Es como si una esponja estuviera barriendo la mente y el alma de los españoles y disipando las huellas del pasado marcado por ella. Lo que nos han traído los tiempos inmediatamente pasados no ha sido sólo unos cambios en el régimen de gobierno de nuestra sociedad, sino la amenaza de la quiebra histórica y espiritual de nuestra nación.

Lo que ha ocurrido ha sido ante todo la ruptura histórica con el pasado, una metamorfosis cultural e ideológica que ha anulado las ideas sustentantes de España, ante todo las de raíz espiritual. De hecho, nos estamos dejando arrebatar el alma a cambio de un plato de libertad y bienestar, de una libertad que, con palabras del profeta Baruc, nos ha convertido “en vasallos, no en señores”.

La sociedad española se está dejando desvertebrar casi sin una réplica” (“Vida Nueva”..), en un proceso de disolución acelerada y fervorosa. Pocas veces un pueblo ha girado tan bruscamente sobre sí mismo para darse la espalda y no reconocerse; pocas veces una nación ha apagado tan súbitamente su luz y su memoria.

Hemos olvidado de improviso que primero es el espíritu y después todo lo demás, porque todo lo demás es humano cuando está inspirado en lo más hondamente humano: el espíritu. Por eso, hay libertades que oprimen: precisamente las que ahogan el espíritu. Es opresiva la libertad que se erige contra Dios, contra la verdad y el bien, o contra el derecho y la justicia, porque son, en ese caso, libertades que se vuelven contra el hombre. La libertad que escapa a la esfera del espíritu escapa a ella misma, escapa al hombre, porque el hombre es su espíritu, es decir, su hálito divino, la fuente de su fuerza creadora y rectora.

Ese hálito se nos está apagando porque, como dice la Escritura (…), de improviso “nos encontramos luchando contra Dios”: contra la Verdad y la Luz, contra lo que el conjunto de los hombres ha considerado, en todas las épocas, como la expresión superior del alma humana. Lo cual no obsta para que imaginemos estar en los albores de una civilización nueva, por la que aseguramos estar alcanzando la plenitud del hombre.

Pero estas esperanzas están sustentadas sobre un falso Cristo, sobre un hombre elevado a supuesto superhombre, que ha decidido ser él mismo apoyado únicamente en sí mismo. Ahora bien, ‘nadie puede poner otro fundamento que el que ha sido puesto: Cristo’, afirma con fuerza el apóstol S. Pablo (1 Cor 3, 11). Nuestras obras, sin Él, se disiparán tanto más rápidamente cuanto más arrogantes sean. Lo hemos escuchado en el Evangelio: “esto que contempláis –el templo- llegará un día en que no quedará de él piedra sobre piedra” (Lc 21, 5) “La salvación procede de nuestro Dios”, asegura el Ap. (7, 11), no de los hombres, de los poderes humanos, las ideologías o los Estados de este mundo. Cristo es la Vida y la Luz del mundo. Él es la única juventud del mundo; por tanto, el único que nos la puede devolver.

En Él, en Dios, “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28), de manera que cuando le expulsamos nos precipitamos en la nada, aunque creamos haber encontrado todo en esa fiesta de la libertad y de la vida que hemos organizado. Él es la Piedra viva que, aunque desechada por los hombres, ha sido escogida por Dios para que sea fundamento de las obras humanas (cf 1 Pe 2, 7).

Es conocido el esfuerzo que se está haciendo para desplazar esta Piedra no sólo de las legislaciones sino de las conciencias humanas, en las que se quiere reblandecer la tenacidad de los que se oponen a este propósito. Una prueba de ello es la Constitución Europea. Pero el intento de anulación de la resistencia espiritual y moral es una acción que tiende al colapso del hombre y de las sociedades, porque busca producir el vaciamiento de su núcleo radical y la convulsión de cuanto se ha construido sobre él. Entonces al hombre no le queda nada de sí, ni para él ni para la sociedad.

Donde se ha anulado la resistencia moral tampoco subsiste la libertad, y sin ambas ya no hay sujeto, pero sin sujeto tampoco hay sociedad sino masa, a la que se puede manipular a placer.
Ocurre, además, que cuando se ha hecho perder el respeto a Dios y a la conciencia, y se ha promovido una sociedad sin criterios morales, la invocación del deber o de la ética, a la que a veces recurren esas legislaciones, resulta superflua: no hay nadie, no hay persona para responder a esa llamada. Tal vez, muchos de nosotros necesitamos un suplemento de energía para no ceder en esta tenacidad. Sabemos dónde encontrarlo: en la fuerza de la Cruz, en la fortaleza de nuestros mártires, en la fidelidad a la fe sobre la que nuestro pueblo ha erigido su identidad y su honra. Como nos ha asegurado Jesús: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”

20 de noviembre de 2007

Franco y el Rey


En la España de las libertades del año 2007, a punto de entrar en la clandestinidad por mi sincera admiración y homenaje a la figura de Francisco Franco, quiero recordar, como revulsivo de desmemoriados y amnésicos, las primeras palabras de quien hoy es Rey de todos los Españoles, sobre quien fue su mentor y antecesor:


Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la Patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio.


Juan Carlos I


Podéis ver el video pinchando aquí: http://www.youtube.com/watch?v=lHznQS8pt64



LFU

19 de noviembre de 2007

Franco: la figura política decisiva del siglo XX en España




Reproduzco a continuación, por su objetividad, concisión y justicia, el análisis que José Javier Esparza hace de Francisco Franco en http://www.elmanifiesto.com/ en la víspera de que se cumplan 32 años de su fallecimiento en la habitación de un hospital de la Seguridad Social. Otro día hablaré de la sensación de clandestinidad que empieza a invadirnos a quienes osamos defender su memoria....

Nos crucificarán por esto, pero ¿acaso no es verdad? Francisco Franco ha sido la personalidad política más decisiva del siglo XX en España. Sin duda es posible formular juicios positivos y, alternativamente, negativos sobre la persona y sobre su obra, pero parece indiscutible que el siglo XX, en la Historia de España, es el siglo de Franco, y que así debería ser recordado. Porque la era de Franco representa, estrictamente, la incorporación plena de España a la modernidad. Y ese debería ser su lugar en la Historia, más allá de leyes de memoria coercitiva. En la Historia, y no en el debate político, porque, treinta y dos años (¡treinta y dos!) después de su muerte, ¿qué sentido tiene hablar de Franco como si aún estuviera vivo? ¿Y a quién le interesa que Franco siga vivo? ¿Que no sea, simplemente, Historia?

Franco recoge simultáneamente dos herencias del XIX: la del reformismo conservador y regeneracionista –pensemos en aquel “cirujano de hierro” que Costa reclamaba- y la del pensamiento tradicional, ambas actualizadas en el primer tercio del siglo posterior. Desde esa trayectoria, Franco encabeza el Gobierno del país durante casi cuarenta años. Bajo Franco se opera la gran transformación de la nación desde un paisaje casi decimonónico hasta una modernidad plena en lo social y en lo económico, con unas amplias clases medias y un elevadísimo grado de industrialización. Desaparecido Franco, el Estado queda bajo el gobierno de personas e instituciones por él designadas. Todo eso acontece entre 1936 y 1978, si se acepta la convención –no del todo rigurosa- de cerrar la era de Franco con la Constitución que restaura la monarquía parlamentaria. En definitiva, con Franco tienen lugar las transformaciones más importantes de la España moderna. Por eso es la figura política decisiva de nuestro siglo XX.

Valoraciones negativas (y positivas)

Reconocer este carácter decisivo de Franco no impide, por supuesto, formular valoraciones negativas. Desde una perspectiva monárquica, puede reprochársele no haber devuelto el trono a sus titulares una vez lograda la pacificación del país. Desde una perspectiva liberal, puede reprobarse que la España de Franco limitara el pluralismo de fuerzas políticas, que mantuviera un perfil tradicional en cuanto a normas y convenciones sociales y que otorgara un peso tan obvio al Estado dentro del tejido industrial. Desde una perspectiva democrática, puede criticarse que el régimen no se preocupara por establecer cauces para la participación política de los ciudadanos, ni siquiera bajo la forma –nunca bien asentada- de la democracia orgánica. Desde una perspectiva socialista o comunista, como es obvio, se podrá censurar a Franco por haber frustrado la experiencia revolucionaria del Frente Popular. Inversamente, desde una perspectiva tradicionalista podrá achacarse al régimen del 18 de julio su progresivo alejamiento de las formas sociales y políticas derivadas del prístino modelo tradicional, del mismo modo que, desde una perspectiva falangista, se le ha afeado su abandono de la “revolución pendiente”. Todas estas objeciones de parte a la política de Franco son admisibles y pueden ser sometidas a discusión: todas ellas arrojarán luz sobre rasgos profundos de nuestra historia. Pero ninguno de estos reproches menoscaba la dimensión histórica del personaje, su cualidad de figura decisiva del siglo XX español.

Junto a las reprobaciones, sería de justicia consignar los méritos y las aportaciones objetivas, que podemos sintetizar en una sola afirmación: Franco contribuyó a resolver el tradicional “problema de España”. Desde la España invertebrada de Ortega, los principales puntos de quiebra del edificio nacional habían sido identificados con nitidez: la división entre las clases sociales, la división entre las regiones, la división entre los partidos –esa triple división que luego José Antonio recogería en un célebre discurso. Y la superación de tales divisiones era el horizonte esencial de todo proyecto reformador. La II República fracasó trágicamente en el reto: no fue capaz de resolver la cuestión social sino por la vía violenta de la lucha de clases, no fue capaz de solucionar el problema regional sino mediante cesiones infinitas al impulso de la periferia, y no fue capaz de solucionar el problema político –doblado, por cierto, con la cuestión religiosa- sino mediante la aniquilación física del contrario. Franco no solucionó definitivamente estos tres problemas, pero, a su muerte, el balance era incomparablemente mejor que en 1939: las divisiones sociales se habían reducido decisivamente gracias al formidable desarrollo económico, que permitió el nacimiento de una anchísima clase media; en ese paisaje social, las divisiones políticas perdieron casi por completo su tensión revolucionaria; respecto al problema territorial, nadie podrá decir que en 1975 era más grave que cuarenta años antes o que treinta años después.

Estos elementos que aquí consignamos forman parte del juicio de la Historia. Son opinables, discutibles, y nadie podrá considerar perjudicial que se sometan a debate. De hecho, ese debería ser estrictamente el lugar de Franco, treinta años después de su muerte, en la vida pública española: un objeto de estudio. Pero, por desgracia, la imagen de Franco en la España actual no tiene nada que ver con la serena ponderación del juicio histórico. Al contrario, la era de Franco y su propia persona aparecen esperpénticamente deformadas bajo una perspectiva que oscila entre la mitología de masas y el folletón sentimental, y donde el general desempeña siempre el papel tópico del Malvado por antonomasia. Sin excepción conocida, quienes hemos tratado de acercarnos a la figura de Franco y a su régimen desde una perspectiva fría, neutra, racional, hemos cosechado la reacción airada de los defensores del orden. Se diría que hemos violado un terrible tabú, como quien osa mirar a los ojos del Gran Monstruo.

La realidad y el mito

Franco se nos presenta hoy, en la rutinaria vulgata de los medios de comunicación y del discurso público, como un general que dio un golpe de Estado para arrasar la legalidad republicana y que instauró un régimen fascista que oprimió violentamente a los españoles hasta el día en que el dictador expiró. Esta descripción, que es la que podría proponer cualquier bachiller relativamente adelantado (los otros ni siquiera sabrían definir el objeto), es fruto del tenaz trabajo propagandístico que ha buscado legitimar al sistema de 1978 por oposición al régimen del 18 de julio. Pero es una imagen sencillamente falsa. Franco no dio un golpe de Estado: se sumó a él en el último momento y cuando la sublevación ya estaba en marcha. Franco no arrasó la legalidad republicana: ésta ya había sido desmantelada desde las propias instituciones de la República por el gobierno del Frente Popular, si no antes. Franco no instauró un régimen fascista: el régimen no tuvo de fascista más que ciertos aspectos litúrgicos, formales, y generalmente limitados a los años cuarenta. Franco no oprimió violentamente a los españoles: excluido el periodo de la represión de la posguerra, la oposición a Franco fue tan minoritaria que no exigió grandes despliegues represivos; mucho menores, en todo caso, que los ejecutados por los regímenes totalitarios o autoritarios que le fueron contemporáneos en Europa. Y ese es, en definitiva, el gran drama de la posteridad de Franco: el país que él gobernó ha desdibujado su figura hasta hacerla irreconocible.

¿Quién fue Franco? Esencialmente, un general que, por trágicos azares políticos, condujo a España desde una pre-modernidad traumática hacia una modernidad prácticamente completa. En este carácter mixto de militar y político, doblado por una mixtura paralela de reformador y conservador, se condensa toda la singularidad histórica y también individual de la persona de Franco y de su obra, así como todas sus contradicciones.

En lo que concierne a España, es sencillamente insensato que nuestra vida pública no ose mirar de frente a su propio pasado: es como si, de algún modo, nuestra democracia se avergonzara de sí. Lo cual tal vez explica esa descabellada operación, promovida por el actual Gobierno, de retrotraer el debate público ya no a 1978, sino a 1931. De Largo Caballero a Corto Zapatero, camino de ida y vuelta, como si tres cuartos de siglo de historia de España no hubieran existido jamás. Algo así sólo puede ocurrir en una sociedad enferma. Más exactamente: en una sociedad enferma de sí misma, como el neurótico que se mira al espejo y siente una profunda extrañeza de sí y un intenso odio de su propia imagen. Y dentro del diagnóstico, tal vez, quepa incluir ese rasgo patológico que consiste en negar quién y cómo incorporó a España a una modernidad plena. Negar, en fin, que Franco es la figura política decisiva del siglo XX español.

14 de noviembre de 2007

"Cortos de razones, largos de espada"

Hace unos días, recibí de un buen amigo copia del artículo del mismo nombre publicado por Arturo Pérez Reverte en El Semanal en el mes de agosto pasado y cuya autenticidad he podido comprobar en la página web del autor. Creo que merece mucho la pena su lectura y su divulgación.


"Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite. Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en tus manos. Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de "Cierra España" ; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo -lo de joven es importante-, que eso no disminuye tu entusiasmo por la historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador -son tus palabras- para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo) estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas, lo que no era del todo cierto.»

Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen, hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga trampas con la Historia real; la auténtica Historia que -eso no lo cuentas, pero se deduce- te enseñaron en el colegio. Así que, con buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No tengo tiempo, y lo siento. Esta página, sin embargo, no es mala solución. La lee gente, y así quizá evite otras cartas como la tuya. De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea, que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado lector, tengas -si me permites una expresión clásica- "la picha histórica hecha un lío".

Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día contra tres galeras turcas, en La Prevesa.

En cuanto a lo de "Cierra España", ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito de ataque de la infantería española -en su tiempo la más fiel, sufrida y temible de Europa-, que en gran número, además de soldados castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada». Y guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a Berbería, de las Indias a la costa turca.

Los oprimidos vascos fuisteis -extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro- protagonistas de todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o en la empresa de Inglaterra. Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio, Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado por un humilde soldado de Hernani, en el curso de una acción sostenida por tenaces arcabuceros vascos. Y te doy mi palabra de honor de que aquel día todos gritaron, hasta enronquecer, "Cierra España": voz que, en realidad, no tenía significado ideológico alguno. Sólo era un modo de animarse unos a otros -eran tiempos duros- diciéndole al enemigo de entonces, fuera el que fuera: Cuidado, que ataca España.

Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera Historia: la de tu patria vasca -«La gente más antigua, noble y limpia de toda España», escribía en 1606 el malagueño Bernardo de Alderete- y la de la otra, la grande y vieja. La común. La tuya y la mía."
Arturo Pérez Reverte