"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

18 de diciembre de 2007

Rajoy no manda

La entrevista de ayer del escudero de Esperanza Aguirre constituye una vuelta de tuerca más en la estrategia de presión al lider popular que, con su silencio, está aventando las más bajas pasiones de sus distintas baronías. Salta a la vista que Rajoy es incapaz de dar un puñetazo en la mesa y poner firmes a unos y otros en sus cuitas personales, que por cierto hacen las delicias de un partido socialista en el que hace tiempo que nadie desafina. Y es que, en política, como en la vida, no se puede decir a cada uno lo que quiere oir.

Aunque no me identifique en modo alguno con el Partido popular, no puedo negar que me preocupa la fragilidad de su lider -a quien no se puede negar honradez y preparación- pues nos coloca a todos ante la terrible perspectiva de una nueva legislatura de Zapatero, que sería letal para España. Y cuando lo que está en juego es España, son muchos los intereses que hay que dejar aparcados. Si el Partido Popular quiere tener alguna oportunidad en las elecciones -el pueblo es voluble cual piuma al vento-, no tiene otra opción que rodearse de sus mejores, de los que concitan más apoyos en forma de votos, ya sean alcaldes, concejales, presidentes, cantantes o empresarios. ¿Acaso se olvidan de que éste es el juego del sufragio universal? En otro caso, el Partido popular, en el que ya se apuntan demasiadas grietas internas, estará definitivamente perdido.

El Sr. González le ha hecho un flaco favor a su partido bailando al son que toca pedrojota. Mientras tanto, la sonrisa de ZP se convierte en carcajada.

LFU

14 de diciembre de 2007

Una sociedad enferma



Vivimos inmersos en una moral pública presidida por el respeto y cuidado del medio ambiente. Son constantes las llamadas que desde el sector público y la sociedad civil se hacen a concienciarnos de que debemos cuidar nuestro hábitat, respetar y conservar la naturaleza, conseguir un desarrollo sostenible que nos garantice un futuro más habitable en el planeta.

La obra pública se pliega a las exigencias medioambientales y no es infrecuente que los trazados de autopistas, carreteras y vías férreas se vean perjudicados por la presencia de colonias de especies protegidas en vías de extinción.

El Código penal ha dado entrada a figuras delictivas como el maltrato a los animales, la gente se lo piensa dos veces antes de salir a la calle con un abrigo de piel y los aficionados a la fiesta nacional tenemos que aguantar la pesadez de un ínfimo número de tontos pulgosos que insisten en su ignorancia en llamarnos asesinos a quienes disfrutamos de una tradición milenaria sin la cual la presencia del toro bravo hubiera quedado reducida a su curiosa exposición en los zoológicos.

En contraste con tanto cuidado ambiental y mimo de la naturaleza, proliferan en nuestra enferma sociedad, con pública anuencia, cientos de abortorios –allí no se sana a nadie de nada- en los que se asesina sin piedad a seres humanos que aún no han visto la luz por el mero hecho de constituir una carga escasamente cómoda para sus progenitores. Son seres humanos, en muchas ocasiones totalmente formados, con sus sentidos totalmente desarrollados, que sufren horrendas mutilaciones dentro del seno materno y cuyo dolor se ahoga en el líquido de una placenta convertida en macabra sala de torturas. No estamos hablando de coleópteros, de linces ibéricos o águilas imperiales. Hablamos de seres humanos, a los que no alcanza ni el más mínimo nivel de protección que se extiende a la más común de las especies irracionales.

Paradójicamente, los que aprueban y fomentan la práctica del aborto suelen coincidir con los que no dudan en clamar vociferantes contra la muerte del toro en la plaza y disfrutan viendo como los más adelantados de entre ellos destrozan abrigos de piel con botes de pintura.

Claro que todos podemos ver al toro en la hora de su muerte y, sin embargo, no es frecuente que se televisen las carnicerías que se practican en los abortorios. Por eso, Intereconomía Televisión prestó anoche un servicio impagable a la sociedad y es justo reconocerlo. Confieso que aún tengo el corazón sobrecogido por las terribles escenas que emitió ayer dicha cadena. No han desaparecido de mis pupilas las imágenes de un pequeño cuerpo descuartizado, sus piernecitas, los brazos, la cabeza. Nunca podré olvidarlo y no podría verlo una segunda vez, pero el mejor servicio que podemos hacerle a esta sociedad es invitar a todos a que contemplen el horror de esas imágenes.

El mundo no se estremeció ante los horrores del holocausto judío hasta que pudo contemplar con sus propios ojos el dantesco espectáculo de los cadáveres amontonados en los campos de concentración. El mundo no se estremeció ante el terrorismo hasta que no pudo contemplar en directo la tragedia de miles de personas en las Torres Gemelas. Y el mundo no se dará cuenta del terrible holocausto que diariamente se está practicando en nuestra cada vez más higiénica y reciclada sociedad hasta que no contemplen, de una vez por todas, y a todo color, la carnicería del aborto y el macabro resultado de tan horrendo crimen.

LFU

11 de diciembre de 2007

España y Cataluña


30 de noviembre de 1934. Se debatía en el Congreso de los Diputados una enmienda de D. Honorio Maura para derogar el Estatuto de Autonomía de Cataluña tras los sucesos de Octubre del mismo año en los que Companys proclamó el Estado Catalán.



Subió a la tribuna de oradores un joven diputado de 31 años, de nombre José Antonio y pronunció un brillante discurso para defender la derogación del Estatuto que hoy, setenta y tres años después, está de plena actualidad y resulta estremecedoramente profético:



(...) Cataluña existe con toda su individualidad, y muchas regiones de España existen con su individualidad, y si queremos conocer cómo es España y si queremos dar una estructura a España, tenemos que arrancar de lo que España, en realidad nos ofrece, y si nos obstinamos en negar que Cataluña y otras regiones tienen características propias es porque tácitamente reconocemos que en esas características se justifica la nacionalidad, y entonces tenemos el pleito perdido si se demuestra, como es evidentemente demostrable, que muchos pueblos de España tienen esas características.



(...) Se ha dicho que la autonomía viene a ser un reconocimiento de la personalidad de una región; que se gana la autonomía precisamente por las regiones más diferenciadas, por las regiones que han alcanzado la mayoría de edad, por las regiones que presentan caracteres más típicos. Yo agradecería -y creo que España nos lo agradecería a todos-, que meditásemos sobre esto; si damos las autonomías como premio a la diferenciación, corremos el riesgo gravísimo de que esa misma autonomía sea estímulo para ahondar la diferenciación. (...) Por eso entiendo que, cuando una región solicita la autonomía, en vez de inquirir si tiene las características propias más o menos marcadas, lo que tenemos que inquirir es hasta qué punto está arraigada en su espíritu la conciencia de la unidad de destino; que si la conciencia de la unidad de destino está bien arraigada en el alma colectiva de una región, apenas ofrece ningún peligro que demos libertades a esa región para que, de un modo o de otro, organice su vida interna.



¿Es éste el caso de Cataluña?. Acaso los que le concedieron el Estatuto pensaron que la conciencia de la unidad de destino estaba tan arraigada en Cataluña, que el Estatuto no iba ser nunuca instrumento de disggregación, y podía ponerse en sus manos sin ningún peligro para la unidad. Ahora bien, aquello que en el mejor caso fue una presunción (...) ha sido evidentemente destruido por la prueba en contrario. Los dos años de experiencia en Cataluña han sido dos años de deshispanización, y si en dos años se avanzó lo que se avanzó en el camino de la deshispanización, con el instrumento puesto en manos de los que ejercieron el gobierno de Cataluña, la presunción se invierte, pensar que si dejamos entregado el Estatuto en manos semejantes, probablemente comprometemos, ponemos en trance de pérdida definitiva, el sentido de la unidad de destino nacional que debemos exigir arraigado en todas las tierras de España. (...)



Once días después, el 11 de diciembre de 1934, el Congreso rechazó la enmienda y el joven Primo de Rivera subió de nuevo a la tribuna a explicar su voto negativo:



El pueblo catalán presenta una faz de melancolía de vencido que no promete, ni mucho menos, una adhesión a la unidad hispana
. El pueblo catalán se siente dolorido en lo suyo y no crea el Sr. Presidente que el pueblo catalán va a cambiar de representantes cuando de nuevo los elija.



(...) cuando se compruebe de nuevo que en Cataluña no está suficientemente afianzada la unidad de destino, será una repetición, ya sin discvulpa, de todos los riesgos, de todas las traiciones, de todas las crueldades que han estado a punto de deshacer de nuevo la Unidad de España. Ya es tarde para que os diga esto. ya habéis votado desechando la petición de que el Estatuto se derogase. ¡Bien! Os habéis retorcido el corazón una vez más; pero habrá un día en que España, defraudada y exasperada, entre en este salón a retorcernos a todos el pescuezo."



Lástima que los Constituyentes de 1978 no tuvieran en cuenta tan medidas y profundas reflexiones. Ya no son dos, sino treinta los años en los que se ha caminado indefectiblemente hacia la deshispanización de Cataluña con el beneplácito de los gobiernos de España preocupados sólo de asegurarse los votos de unas minorías. La marcha atrás parece ya una quimera y alguien tendrá que poner el pescuezo para que España se lo retuerza.



LFU

4 de diciembre de 2007

Miserables

Quiero reproducir una carta que he leído en el blog de unos amigos http://elbaluartedeoccidente.blogspot.com/. Pero, a modo de prólogo, diré dos cosas:

Miserable el Ministro del Interior del Gobierno Español insistiendo una y otra vez en el carácter fortuito del asesinato, en un repugnante intento de rebajar el nivel de culpabilidad de ETA y dar a entender a la sociedad que "está todo controlado".

Miserables todos los partidos del arco parlamentario -con excepción en este caso del Partido Popular- que se han pasado la legislatura dando alas a los terroristas con el repugnante proceso de paz y ahora se ponen a la cabeza de la manifestación para lavar sus culpas al olor de las urnas.
No voy a asistir a esa pantomima unitaria, porque confieso que a mí si me produce asco ir de la mano de Llamazares -que cogobierna en el País Vasco con el PNV y financia a los familiares de los presos de ETA-, de Carod Rovira -que le pidió a ETA que no matase en Cataluña-, de Pepiño Blanco y compañía. Espero que les llamen todo lo que se merecen. ¡Miserables!
LFU

MISERABLES

Una vez más, la banda terrorista ETA ha actuado. En esta ocasión, no ha sido como ya nos tenía acostumbrados, jugando al ratón y al gato, sino que ha actuado de verdad, a la vieja y macabra usanza: el cobarde tiro en la nuca que asegure su indemnidad. Tal vez porque esta vez querían asegurar el resultado y, desde luego, con total conocimiento de sus objetivos, que no deja de resultar significativo, a estas alturas. Lo que no ha cambiado es la condición de sus víctimas: una vez más, se trata de ejemplares cumplidores del deber, Raúl Centeno, fallecido, y Fernando Trapero, herido muy grave, que se jugaban la vida para librarnos de la lacra terrorista.

Soy hija, nieta, hermana, tía y sobrina de Guardias civiles, y fue un austero cuartel de este benemérito Cuerpo lo primero que vieron mis ojos al nacer, en aquella mi querida tierra vasca. Por ello se agolpan en mi mente y en mi alma tantos sentimientos de orgullo y de dolor contenido, pero también de repulsa -que no odio- hacia tanto miserable que nos rodea. Porque malditos y miserables son todos los asesinos terroristas que continúan golpeando nuestra patria. Pero, por desgracia, no son los únicos.

Miserables son todos aquellos grupos vascos de siglas cambiantes y esquivas que sostienen política y socialmente a la banda terrorista ETA. Quienes contribuyen con su apoyo, sus algaradas o sus recursos económicos al sostenimiento del entramado terrorista. Los que, con fondos públicos, mantienen o sustentan colectivos del entorno de ETA y alientan y fomentan el odio entre los niños y jóvenes vascos.

Miserables todos aquellos -y créanme que son muchos- que hoy se dan golpes de pecho por el atentado contra estos dos Guardias civiles pero durante largo tiempo sonrieron furtivamente o, cuando menos, se encogieron de hombros ante el asesinato de tantos Guardias civiles, ni mejores ni peores que los de ahora, que un día subieron al altar de los héroes.

Miserables, en fin, los que han obtenido, pretenden obtener ahora o buscarán en un futuro alcanzar algún tipo de rédito político con la sangre de un Guardia civil. Y en cambio, todos han merecido, como españoles, el derramamiento de hasta la última gota de la sangre de tantos servidores públicos que fueron fieles a lo que un día juraron. Me consuela saber que su generosidad será recompensada en lo Alto, donde un nuevo tricornio negro luce desde hoy.

30 de noviembre de 2007

La trituradora


Dolor, rabia, indignación, tristeza. Cada uno de estos sentimientos se me anudan en el estómago de forma persistente desde que hace unos días tuve noticia de la carnicería que vienen protagonizando con el beneplácito y silencio de las autoridades, un grupo de salvajes alimañas con bata blanca y manos manchadas de la sangre inocente de cientos de miles de niños, a los que diariamente se enviaba a la trituradora, para borrar sus rastros. Sí, a la trituradora. Sí, a niños de ocho meses, los mismos que tenía mi hija Paloma cuando la vi nacer emocionado. Claro que previamente se habían encargado de acabar con sus pequeñas vidas, bien hundiéndoles el cráneo, bien inyectándoles una letal sustancia en sus pequeños corazones. Dicen que, en sus conversaciones, los hijos de puta comentaban jocosamente el número de “rompe-cocos” que había hecho cada uno. Y estoy seguro de que estos canallas habrán llorado alguna vez viendo La Lista de Schilnder, El Pianista o La Vida es bella. Claro que las víctimas de los Hitler y las de Stalin ya tenían carné de identidad y estos niños nunca podrán obtenerlo.

¿Qué sociedad es ésta que hemos creado? ¿Alguien ha escuchado a alguno de nuestros políticos rasgarse las vestiduras por la masacre cotidiana que miles de niños están padeciendo en Barcelona, en Madrid y en toda España? Unos, los de la izquierda, callan porque no les importa; no hay contradicción con su código moral, pues el aborto es una “conquista social”. Otros, los de la derecha, miran para otro lado para no molestar demasiado, y de tanto adoptar acomplejados perfiles bajos, están arrastrando por el suelo su propia dignidad y el humanismo cristiano que dicen defender.

Digámoslo claro: El aborto, como cualquier crimen, no es un ningún derecho de la mujer. En cambio, los embriones, los fetos, los niños, sí tienen derecho a vivir. El mismo que tiene un niño de dos años a seguir viviendo. Me repugna la indiferencia con la que la mayor parte de nuestra sociedad mira para otro lado ante el fenómeno del aborto, por el simple hecho de que el feto no ha salido del vientre materno. ¿Acaso un recién nacido es menos dependiente que un embrión de 4, 5 y 6 meses?. Triturar a un feto de ocho meses, o de dos, o de seis, o de unos cuantos días, es lo mismo que hacerlo con un niño recién nacido, cerrando la puerta para que nadie lo vea.

Vivimos en una sociedad hipócrita, que se escandaliza con las imágenes de los cadáveres amontonados en los campos de concentración de hace sesenta años, y asiste impasible e indiferente al holocausto diario de cientos de miles de inocentes criaturas, cuyo destino no es ya el horno crematorio, sino una fría e implacable trituradora, en la que se termina su dolor, se ahoga su llanto y se borra para siempre cualquier rastro de su existencia.

Estoy seguro de que algún día, no muy lejano, las generaciones venideras contemplarán con verdadero horror el estéril sacrificio de millones de vidas en nombre del egoísmo y de la sinrazón. Y yo le pido a Dios la dicha de poder verlo con mis propios ojos.

LFU

27 de noviembre de 2007

El último laureado


En medio del silencio oficial más absoluto, y con la misma discreción con la que vivió, ha muerto en Madrid, el último Caballero Laureado de San Fernando, el Teniente General Adolfo Esteban Ascensión. Le fue concedida la Cruz Laureada individual siendo Capitán de Caballería, por su heroica defensa de la posición de Las Minas, en el frente de Vizcaya, el 27 de mayo de 1937. Su escuadrón fue atacado por fuerzas enemigas muy superiores y, agotadas las municiones, las rechazó machete en mano. Es el último exponente del épico heroismo español, el último de los elegidos en un Capiítulo que, muy probablemente, ha cerrado con su muerte su gloriosa historia.

Rusia, una vez derribado el muro del comunismo, sigue honrando a los Héroes de la Unión Soviética. Estados Unidos rinde permanente homenaje al General Lee y a cuantos en el Ejército Confederado lucharon con valor y heroismo. España no. Porque aquí hasta los héroes tienen que ofrecer el pedigrí de "luchadores por la democracia" y liberarse de cualquier costra franquista. Mientras el Parlamento español, con la aquiescencia de la acomplejada derecha del Partido Popular, no tiene pudor alguno en elevar a la categoría de "luchadores por la libertad" a quienes procedentes de los partidos comunistas de toda Europa acudieron en 1936 a la llamada del Komintern para luchar por la victoria del comunismo en España, ni el Gobierno, ni tampoco la oposición, han tenido la generosidad ni la dignidad de representarnos a todos en la despedida al último de nuestros héroes de la milicia.

Por eso, y porque a mí no me representan los enanos que se sientan en el Parlamento, no quiero dejar, desde mi modesta tribuna, de rendirle mi más sentido homenaje a su valor, a su heroismo y a su vida.

Descanse en paz, mi General.

LFU

23 de noviembre de 2007

Valle de los Caídos



El pasado 17 de noviembre asistí, junto a otros miembros de mi familia, al funeral oficiado por el Padre Abad Mitrado del Valle de los Caídos y concelebrado por toda la Comunidad benedictina, en la Basílica del Valle. Se estima que fuimos entre 1.500 y 2.000 españoles los que allí acudimos a rezar por Francisco Franco, por José Antonio y por todos los Caídos enterrados en la basílica (unos 60.000, de ambos bandos), menos que otros años, debido al miedo infundado de algunos a que hubiera incidentes, tras la feroz campaña mediática empeñada en mezclar churras con merinas, o a nosotros con los nazis, cabezas rapadas y demás fauna. Por supuesto, no hubo incidente alguno, ya que el Valle está lo suficientemente apartado para disuadir a los grupos "antisistema" de dar la lata. Y pudimos escuchar una profunda y bien construida homilía, que transcribo a continuación:

Con la perseverancia que os caracteriza os reunís una vez más en torno al altar de esta Basílica para significar que vuestra memoria del pasado y de sus protagonistas la ponéis ante todo bajo la mirada de Dios y la encomendáis a su protección. Él es Aquel “en Quien y para Quien todos viven” (liturgia de Difuntos), el que tiene la última palabra sobre cada hombre y cada acontecimiento. En Él la ‘memoria de la historia’ tiene un testigo y un juez insobornables, el mismo que afirma que dará a cada uno según sus obras.


Pero mientras cada uno espera esa hora de la verdad, vosotros venís ante la Cruz y al mausoleo del Valle a pedir el descanso eterno para todos los caídos, así como la paz para todos los que hemos heredado su sacrificio por una España que sepa vivir en armonía entre todos sus ciudadanos. El vuestro quiere ser hoy un gesto de reconciliación en el que, siguiendo la voluntad del fundador de este templo, D. Francisco Franco, os hacéis valedores de todos ante el Redentor de todos, cuyos brazos abiertos envuelven, desde la Cruz que nos preside, a todos los que reposan detrás de estos muros o en cualquier lugar de nuestro suelo.

Pedís la misericordia de Dios para ellos y para cuantos, en aquella guerra que todos nos dimos, se dejaron su vida en defensa de la causa que creyeron más justa y útil para el interés de España. Ahora las almas de los que están sepultados en esta Basílica, y que se hallen en presencia de Dios, rodean este altar cada vez que en él se celebra el sacrificio de la Misa, y unen su sangre a la de Cristo, en la Cruz y en el cáliz, para expiar los errores que unos y otros pudieron cometer, así como para purificar las profundidades de la conciencia de nuestro pueblo.

Entre estos caídos enterrados en el Valle se cuentan algunos de los mártires ya beatificados, ocho de los cuales: un P. dominico y siete religiosas adoratrices, figuran entre los que lo han sido el pasado 28 de octubre. La misión de todos ellos, hoy, es abogar por esa reconciliación a partir, no de símbolos y palabras efímeras, sino desde la fuerza de su propio testimonio, con el que sellaron a la vez su muerte y su amor a una España que uniera para siempre, en el nombre de Dios y en un abrazo común, a todos los hijos de este pueblo.

Ellos pusieron los primeros hechos positivos por el perdón y la concordia, hechos que se prolongaron en este Valle de los Caídos donde una Cruz y un altar se han convertido en testigos de este propósito de reconciliación. En esos símbolos religiosos radica el máximo estímulo al entendimiento entre los hombres, muy superior al de cualquier palabra o gesto políticos. La conciliación de los corazones no se hace por ley, sino en virtud del amor y de la piedad que dimanan de la Cruz y que nuestros mártires transparentaron en su muerte.

A ellos nos encomendamos para hacer que el Valle pueda ser, de manera eminente y eficiente, ese ámbito religioso de presencia de Dios a través de los símbolos sagrados y del culto que lo caracterizan. Para que sea un espacio para la paz de los corazones a través de la atmósfera de quietud y religiosidad que envuelve cada rincón de este lugar, como tantas personas experimentan, a veces de forma muy sensible.

Los que llegan hasta aquí con espíritu abierto perciben sin dificultad ese mensaje de paz y espiritualidad que se desprende de todos los elementos y símbolos que se dan cita en el Valle, y que representan suficientemente su sentido, y lo consideran como un marco óptimo para esa doble tarea que a todos nos espera siempre: acercarnos en profundidad a la interioridad de nosotros mismos y, al mismo tiempo, tomar la medida de las realidades humanas, sabiendo discernir entre lo verdadero y lo falso de cuanto tenemos ante nosotros. Todos somos conscientes de la necesidad de esa terapia de serenidad y claridad en medio de la confusión que nos envuelve.

En el Valle de los Caídos todo tiene como referencia la Cruz. La misma que ha estado siempre presente en nuestra historia personal y colectiva. Una vez más tenemos que acogernos a ella como lugar de encuentro y de esperanza en esta hora de España. Esa Cruz que permanece inmóvil e inmutable, como todo lo que ella representa en cuanto memoria, a la vez, de Dios y del hombre. Ella es luz en nuestro camino, vigía amorosa de nuestros días, puente entre las generaciones que nos han precedido y seguirán. Ella continúa siendo el signo del precio por nuestros pecados y desvaríos, también los de hoy. Una cruz que ha crecido tanto como esos pecados, pero también como el amor con que siguen siendo redimidos.

Pero se diría que nos estamos distanciando cada vez más de esta sombra de la Cruz, como si quisiéramos eliminar los vestigios de su presencia entre nosotros. Es como si una esponja estuviera barriendo la mente y el alma de los españoles y disipando las huellas del pasado marcado por ella. Lo que nos han traído los tiempos inmediatamente pasados no ha sido sólo unos cambios en el régimen de gobierno de nuestra sociedad, sino la amenaza de la quiebra histórica y espiritual de nuestra nación.

Lo que ha ocurrido ha sido ante todo la ruptura histórica con el pasado, una metamorfosis cultural e ideológica que ha anulado las ideas sustentantes de España, ante todo las de raíz espiritual. De hecho, nos estamos dejando arrebatar el alma a cambio de un plato de libertad y bienestar, de una libertad que, con palabras del profeta Baruc, nos ha convertido “en vasallos, no en señores”.

La sociedad española se está dejando desvertebrar casi sin una réplica” (“Vida Nueva”..), en un proceso de disolución acelerada y fervorosa. Pocas veces un pueblo ha girado tan bruscamente sobre sí mismo para darse la espalda y no reconocerse; pocas veces una nación ha apagado tan súbitamente su luz y su memoria.

Hemos olvidado de improviso que primero es el espíritu y después todo lo demás, porque todo lo demás es humano cuando está inspirado en lo más hondamente humano: el espíritu. Por eso, hay libertades que oprimen: precisamente las que ahogan el espíritu. Es opresiva la libertad que se erige contra Dios, contra la verdad y el bien, o contra el derecho y la justicia, porque son, en ese caso, libertades que se vuelven contra el hombre. La libertad que escapa a la esfera del espíritu escapa a ella misma, escapa al hombre, porque el hombre es su espíritu, es decir, su hálito divino, la fuente de su fuerza creadora y rectora.

Ese hálito se nos está apagando porque, como dice la Escritura (…), de improviso “nos encontramos luchando contra Dios”: contra la Verdad y la Luz, contra lo que el conjunto de los hombres ha considerado, en todas las épocas, como la expresión superior del alma humana. Lo cual no obsta para que imaginemos estar en los albores de una civilización nueva, por la que aseguramos estar alcanzando la plenitud del hombre.

Pero estas esperanzas están sustentadas sobre un falso Cristo, sobre un hombre elevado a supuesto superhombre, que ha decidido ser él mismo apoyado únicamente en sí mismo. Ahora bien, ‘nadie puede poner otro fundamento que el que ha sido puesto: Cristo’, afirma con fuerza el apóstol S. Pablo (1 Cor 3, 11). Nuestras obras, sin Él, se disiparán tanto más rápidamente cuanto más arrogantes sean. Lo hemos escuchado en el Evangelio: “esto que contempláis –el templo- llegará un día en que no quedará de él piedra sobre piedra” (Lc 21, 5) “La salvación procede de nuestro Dios”, asegura el Ap. (7, 11), no de los hombres, de los poderes humanos, las ideologías o los Estados de este mundo. Cristo es la Vida y la Luz del mundo. Él es la única juventud del mundo; por tanto, el único que nos la puede devolver.

En Él, en Dios, “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28), de manera que cuando le expulsamos nos precipitamos en la nada, aunque creamos haber encontrado todo en esa fiesta de la libertad y de la vida que hemos organizado. Él es la Piedra viva que, aunque desechada por los hombres, ha sido escogida por Dios para que sea fundamento de las obras humanas (cf 1 Pe 2, 7).

Es conocido el esfuerzo que se está haciendo para desplazar esta Piedra no sólo de las legislaciones sino de las conciencias humanas, en las que se quiere reblandecer la tenacidad de los que se oponen a este propósito. Una prueba de ello es la Constitución Europea. Pero el intento de anulación de la resistencia espiritual y moral es una acción que tiende al colapso del hombre y de las sociedades, porque busca producir el vaciamiento de su núcleo radical y la convulsión de cuanto se ha construido sobre él. Entonces al hombre no le queda nada de sí, ni para él ni para la sociedad.

Donde se ha anulado la resistencia moral tampoco subsiste la libertad, y sin ambas ya no hay sujeto, pero sin sujeto tampoco hay sociedad sino masa, a la que se puede manipular a placer.
Ocurre, además, que cuando se ha hecho perder el respeto a Dios y a la conciencia, y se ha promovido una sociedad sin criterios morales, la invocación del deber o de la ética, a la que a veces recurren esas legislaciones, resulta superflua: no hay nadie, no hay persona para responder a esa llamada. Tal vez, muchos de nosotros necesitamos un suplemento de energía para no ceder en esta tenacidad. Sabemos dónde encontrarlo: en la fuerza de la Cruz, en la fortaleza de nuestros mártires, en la fidelidad a la fe sobre la que nuestro pueblo ha erigido su identidad y su honra. Como nos ha asegurado Jesús: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”