24 de julio de 2013

José Antonio, católico. Por Fray Justo Pérez de Urbel

El que recorra las obras de José Antonio, sus discursos, sus cartas, sus artículos, se encontrará con sorpresa que este gran defensor de una España integral habla muy rara vez de las verdades religiosas, del cristianismo, de la tradición católica. ¿Era olvido? ¿Era indiferencia? ¿Era táctica? Indudablemente, ese silencio o esas expresiones vagas que se le escapan de los puntos de la pluma no obedecen a una posición negativa como la de su maestro en tantas cosas, José Ortega, sino más bien a su actitud de fundador y jefe de una agrupación que debía comprender a todos los españoles que quisiesen trabajar por una patria más próspera y más justa.
Entre los objetos que contenía la célebre maleta de José Antonio, se aprecian
una medalla de la Santa Faz y un "detente" que le acompañaron hasta su muerte

Él, ciertamente, no pensaba, como Azaña, que España había dejado de ser católica, pues todavía en el verano de 1935 afirmaba que la religión católica «es la de casi todos los nacidos en nuestras tierras»; pero su llamamiento se dirigía también a los obreros envenenados por las ideas socialistas, a los estudiantes minados por la incredulidad, que podían aceptar su programa político, sin por eso abandonar sus dudas o sus extravíos de orden religioso. Entre sus primeros compañeros estaba aquel Mateo, venido del comunismo, que angustiado por no tener la fe que veía en la mayor parte de sus camaradas, le decía a uno de ellos: «¿Por qué no le dices al Jefe que me hable de Dios?» José Antonio podría haberle hablado maravillosamente, pero es bien conocida su respuesta: «Yo soy solamente misionero de España».

Esta actitud era ciertamente hábil en un político, pero podía tener sus inconvenientes. Y pronto se vio que los tuvo. El mismo José Antonio alardeaba de no ser un reaccionario, y se ha podido decir que en su ideal falangista no había nada de beato y gazmoño. Esto, unido a sus diatribas contra los latifundios y los terratenientes, a sus campañas de nacionalización de muchos servicios públicos, a sus desprecios contra las derechas y las izquierdas, a sus consignas revolucionarias, a sus ataques contra los ociosos, los zánganos, los rentistas y los convidados, debía poner a muchos en guardia contra él y contra su sistema político. «O está loco o es un bolchevique», se decía de él en algunos centros conservadores y ciegamente cerrados al movimiento social que él propugnaba. Y era fácil ver la afinidad que existía entre la Falange y los sistemas políticos que acababan de triunfar en Italia y Alemania, uno y otro de ortodoxia muy dudosa. ¿No caería el sistema español en los mismos errores? Esta va a ser la acusación venenosa de los enemigos. Inútilmente repetía el Fundador que la Falange no es copia del fascismo; inútilmente protestaba que se negaba a asumir una serie de accidentes intercambiables que existían en el fascismo. Si el fascismo era laico y chocaba con las organizaciones italianas de Acción Católica, ¿no podría temerse otro tanto de la Falange? ¿Y no era de esperar que la Falange se contaminase con los excesos racistas, paganos y totalitarios del nacional-socialismo alemán?

Los Puntos Iniciales de la Falange aparecidos a fines de 1933 cayeron como una piedra en la charca de las ranas. No podía exigirse nada más claro y rotundo. Es la condenación de toda interpretación materialista de la vida, la afirmación católica frente a las eternas preguntas sobre la vida y la muerte; la aceptación del sentido católico de la vida, en primer lugar porque es el verdadero y, además, porque, históricamente, es el español; la incorporación, por tanto, de este concepto religioso en toda la reconstrucción de España.

Todo esto con tres corolarios que no podían despertar recelos en nadie: que la era de las persecuciones religiosas ha pasado; que el Estado no asumirá funciones religiosas propias de la Iglesia; que la Iglesia, a su vez, evitará toda clase de intromisiones contrarias a la dignidad del Estado. Era ésta una advertencia necesaria para los feroces jabalíes de la izquierda.

Nada había en este programa que pudiese molestar al católico más exigente; y no obstante, fue entonces cuando surgió un conflicto inesperado, fue entonces cuando un camarada de la primera hora que, además, era miembro del Consejo Nacional de la Falange, intimidado por la gritería que acusaba al fascismo de incompatible con la religión católica, de panteísta y de acumulador de la personalidad humana, se separó de José Antonio, publicando una nota en que recogía lo más importante de las calumnias que contra la Falange recordaba el movimiento de la Acción Francesa, justamente condenado, que adoptaba una actitud laica frente al hecho religioso y que subordinaba los intereses de la Iglesia a los del Estado.

El escándalo fue grande, pero no produjo el efecto que los adversarios imaginaron desde el primer momento. José Antonio sintió la traición del amigo, y a su nota contestó con otra muy serena y rebosante de buen humor. Estaba seguro de la ortodoxia de su programa doctrinal «que coincidía -afirmaba- con la manera de entender el problema que tuvieron nuestros más preclaros y católicos reyes [...] Además -añadía humildemente-, la Iglesia tiene sus doctores para calificar el acierto de cada cual en materia religiosa». En cuanto a sus propias convicciones, no admitía dudas ni sospechas maliciosas. Jamás disimuló su fe ni en sus palabras ni en su manera de obrar. «Yo soy católico convencido», había dicho a Francisco Bravo en una carta particular unos meses antes del incidente. Era católico, pero a la manera del siglo XX. «La tolerancia es ya una norma inevitable impuesta por los tiempos», y aceptada siempre, podríamos decir, si no por la sociedad católica, sí por la Iglesia católica. «A nadie puede ocurrírsele hoy perseguir a los herejes como hace siglos, cuando era posiblemente necesario». Conformes también, y conforme con estas palabras finales de aquella efusión hecha en la intimidad de la amistad: «Nosotros haremos un concordato con Roma en el que se reconozca toda la importancia del espíritu católico de la mayoría de nuestro pueblo, delimitando facultades».

Es verdad que él admitía en la hermandad sagrada de la Falange a cuantos quisiesen compartir sus ideas políticas sin preguntarles sus sentimientos religiosos, pero estaba seguro de que a su lado el espíritu más descreído, el tránsfuga del marxismo o del socialismo, el mismo ateo, encontrarían un clima espiritual y tal vez un camino hacia la fe. En una carta bien conocida, había escrito estas certeras palabras: «En España, ¿a qué puede conducir la exaltación de lo genuino nacional sino a encontrar las constantes católicas de nuestra misión en el mundo?» No era una orden religiosa lo que José Antonio fundaba, sino una institución política, pero una institución política que suponía para todos sus adeptos un acercamiento al sentido más profundo de la España auténtica, al mundo del espíritu, a las más hermosas verdades del alma y a un concepto de la vida que empezaba por reconocer que el hombre es portador de valores eternos. Si José Antonio, tal vez por considerarse indigno del título de misionero de Dios, aquella gran amplitud de espíritu, aquella maravillosa tolerancia, que debían formar el clima de la Falange, eran ya de suyo ejemplares y misioneras, y a ellas se unía, según el consejo del Fundador, «la propaganda con la ejemplaridad de la conducta» -esto era verdad sobre todo en el Jefe-, sin proponérselo, sin meterse a predicador, sin mezclar la política con la religión, sin alharacas y sin exhibiciones, su sencillez en las prácticas religiosas atrajo a muchos de los que le rodeaban a la aceptación de las verdades de la fe y al cumplimiento consecuente con ellas. Los más antiguos camaradas, los que vivieron en su intimidad durante aquellos años de lucha y de difamación, nos cuentan hermosas anécdotas, que nos descubren su actitud de hijo sumiso de la Iglesia, como aquella que oí una vez, si mal no recuerdo, al camarada Julián Pemartín. Invitados ambos a cenar un viernes de Cuaresma en una casa, donde importaban poco las prescripciones de la abstinencia eclesiástica, apenas se extendió por el comedor el olorcillo de la carne asada, José Antonio se levantó, y cogiendo del brazo a su amigo, le dijo: «Vámonos. ¡Sería tan tonto condenarse por una chuleta…!».

Revelador también es lo que Ximénez de Sandovál nos cuenta como un recuerdo personalísimo. Era ya en los comienzos del año 36. Una tarde, dice el biógrafo, José Antonio nos pidió a Agustín de Foxá y a mí que le acompañásemos la próxima Cuaresma a hacer ejercicios espirituales. Como el ilustre poeta y yo ensayásemos alguna resistencia, él, seriamente, nos dijo: «Os harían un gran bien. Yo he hecho dos veces este retiro, una de ellas con ocasión de una gran crisis espiritual, y me sirvieron de gran alivio y vigorización». «Si nos lo ordenas, iremos contigo como falangistas subordinados», contestó Foxá. Pero él replicó vivamente: «Yo no puedo ni debo mandar eso como Jefe. Os lo aconsejo como amigo. Ahora bien, si no os ponéis a bien con Dios y os toca caer un día, no aleguéis allá arriba el acto de servicio para libraros del infierno».

Los acontecimientos se precipitaron. Vinieron las elecciones, el hundimiento de las derechas, el desencadenamiento de la barbarie, la persecución, los procesos, la Cárcel Modelo, Alicante. En el retiro de la cárcel, donde haría aquellos últimos ejercicios proyectados. Y tras ellos vendría la liberación, la victoria final, la inmortalidad a través de la muerte. Le mataron los rojos, porque sabían muy bien que su doctrina era el más poderoso valladar frente a sus organizaciones marxistas y españolas; pero pudieron haberle matado muchas gentes de orden que le miraban como un apestado o como un aguafiestas, o como un desertor de los círculos aristocráticos, que por pura vanidad se entregaba a actividades indignas de su apellido y de su tradición familiar. Hoy todo aparece claro y lógico: el fervor españolista del Fundador se armonizaba con una conciencia perfectamente católica; las consignas revolucionarias, que tanto asustaban a muchos espíritus timoratos, van poco a poco haciéndose realidad, y desgraciados de nosotros si no logramos implantarlas íntegramente; los clamores de justicia social tan similares a los postulados de la encíclica Mater et Magistra, ya no pueden extrañar a nadie después que tantas voces tan altas y tan prestigiosas han venido desde las cimas de la jerarquía eclesiástica o desde las esferas de la Universidad a juntarse con aquella voz que parecía surgir solitaria entre la polvareda de las pasiones políticas.

La incomprensión fue acaso uno de los más grandes dolores de José Antonio en su última hora. «Me asombra -dirá poco antes de morir- que aún después de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistan en juzgarnos sin haber empezado ni por asomo a entendernos, y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información». Por un lado, sólo veía saña; por otro, antipatía.

Como sucede con frecuencia, la comprensión empezó a abrirse camino con la muerte, aquella muerte sublime que en una vida tan lógica corno aquélla no podía ser de otra manera, aquella muerte en que el heroísmo adquiere toda su grandeza, los valores humanos todo su esplendor y el sentimiento cristiano su más bella y genuina manifestación. Se había cumplido una misión histórica trascendente, sólo quedaba sellarla con la sangre. Conocemos los gestos, las palabras, los escritos de las veinticuatro últimas horas, aquellas cartas bellísimas a los familiares y a los amigos, aquel testamento admirable. Es la muerte del caballero cristiano, que siente morir en plena juventud, pero que se entrega generosamente. Ni jactancia, ni debilidad, ni apocamiento, ni fanfarronería. Una serenidad plena, una calma espiritual admirable; una previsión y una clarividencia que llena de asombro a cuantos le rodean. Su mirada se dirige con la emoción del recuerdo hacia cuanto había amado en este mundo: hacia aquella España rota y desangrada, hacia aquella Falange perseguida, cuyo porvenir incierto le preocupa, hacia aquellos camaradas a quienes él había lanzado al combate. «Hasta el final os acompañará mi afecto». No le tiembla el pulso, la fe le sostiene. Es entonces cuando aparece con toda su fuerza. Ahora las consideraciones de la prudencia, necesarias en la propaganda política, habían terminado. Era el momento de la verdad, de la gran realidad: Dios; el momento en que para un hombre realista y con profundas convicciones, el político debía eclipsarse ante el cristiano: Pensemos en Carlos y en el mismo Napoleón: «Espero la muerte sin desesperación, pero ya te figurarás que sin gusto». ¡Qué confesión tan noble! ¡Qué belleza en esta sinceridad! De su carta a su tía la monja son estas palabras: «Dos letras para confirmarte la buena noticia de que estoy preparado para morir bien, si Dios quiere que muera y para vivir mejor que hasta ahora, si Dios quiere que viva». ¿Qué hace entre tanto? Lee, reza, escribe, medita, pasea y hasta duerme. Unas frases a un amigo, una conversación con el sacerdote, unas palabras confortadoras de Cristo. «Tengo sobre la mesa, como última compañía -escribe a Carmen Werner, una de las primeras camaradas de la Sección Femenina- la Biblia que tuviste el acierto de enviarme a la cárcel de Madrid. De ella leo trozos de los Evangelios en estas, quizá, últimas horas de mi vida». Y en posdata: «Ayer hice una buena confesión». La alegría de la confesión hecha le rebosa en el alma y en los ojos y salta hasta los puntos de la pluma una y otra vez. Por ejemplo, en carta íntima a su tío Antón Sáenz de Heredia: «Ayer confesé con un sacerdote viejecito y simpático que está preso aquí, y estoy lleno de paz». Con esta paz escribe la primera cláusula de su testamento: «Deseo ser enterrado conforme al rito de la religión católica, apostólica, romana, que profeso, en tierra bendita y bajo el amparo de la Santa Cruz». Dios cumplió su deseo y le trajo a descansar al amparo de una Cruz colosal, digna de su grandeza.

Así fue la doctrina y así fue el hombre. No puedo olvidar el estupor de unos y la satisfacción de otros cuando un prelado insigne de la Iglesia española, el arzobispo de Valladolid, con motivo del segundo aniversario del 20 de noviembre, ante una asamblea en que estaba representada toda la España Nacional, proclamó con palabras inolvidables la nobleza de aquel corazón, la honradez de aquella vida y la sinceridad de aquella fe. «Él supo vivir -decía- y, sobre todo, supo morir, como siervo bueno y como hijo bueno de la Patria y de la Iglesia. Y Dios ordenó en su Providencia amorosísima que el mismo José Antonio nos dejase un retrato sublime de su corazón en aquellas horas que precedieron a su muerte: su Testamento, prueba palmaria de que fue un hijo preclarísimo de España y un hijo ferviente de la Iglesia católica. No era un estoico, era un cristiano; y el cristiano es divino y es humano [...] El cristiano, por ser divino, por llevar en su entendimiento la luz sobrenatural de la fe y las aspiraciones sobrenaturales de la esperanza en el corazón, y los ardores de la caridad en la voluntad, no por eso deja de ser humano; más aún: aquellas fuerzas sobrenaturales aumentan, vigorizan y exaltan todas las fuerzas ordenadas de la naturaleza humana. Ved, pues, a José Antonio valiente, activísimo, denodado hasta el sacrificio, hasta la muerte, y a la vez de corazón sensible. No merece le recriminación del Apóstol: sine afectione [...] Evidentemente, la España que soñaba el Fundador de la Falange es una España en consonancia con el espíritu español y católico, que informa, y anima, y vivifica, y engrandece, y sublima su Testamento». 

Fray Justo Pérez de Urbel

Del libro: José Antonio. Edit. Delegación Nacional de Organizaciones del Movimiento
noviembre de 1961
http://www.plataforma2003.org

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