16 de febrero de 2022

Juan Belmonte, Casado y Abascal

Todos los que hemos sido niños alguna vez recordamos cómo, al principio, todos corríamos en busca del balón y, a medida que crecíamos, aprendíamos a estar en nuestro puesto para aprovechar la ocasión.

Esa es la imagen a la que me han transportado, por un lado, los líderes del Partido Popular, Teodoro García Egea y Pablo Casado (o viceversa) con la inefable y agresiva diarrea verbal que han desplegado, aún con las urnas de Castilla León de cuerpo presente, y, por el otro, Santiago Abascal con su mesurada respuesta de mano tendida.

La prudencia y la templanza son quizás, las virtudes cardinales que deben adornar a cualquier líder político; la precipitación, por el contrario, es muestra de evidente bisoñez.

Digan lo que digan los tertulianos a sueldo de uno y otro lado, el resultado de las elecciones de Castilla y León ha sido catastrófico para Ciudadanos, que ha perdido más de 150.000 votantes, muy malo para el PSOE, que ha perdido casi 120.000, malo para el PP que ha perdido 55.000 y extraordinariamente bueno para Vox, que ha ganado137.000 votos.  Y el resultado práctico es que el PP necesita el apoyo o la abstención de Vox -o el apoyo o abstención del PSOE- para poder formar gobierno. Todo lo demás está muy bien para discusiones de café, pero esa es la realidad desnuda del proceso electoral.

Lo único que el PP no puede permitirse es una repetición electoral, que castigaría con fuerza a Mañueco y reforzaría a su rival en la derecha que ha demostrado más músculo de lo esperado tanto en le medio rural como el urbano. Así que Casado se encuentra ante una encrucijada ciertamente difícil, que puede condicionar definitivamente sus posibilidades de llegar a la Moncloa.

Ante una situación como esa, lo último que debe hacer -y lo primero que ha hecho Casado- es precipitarse. Hacer declaraciones altisonantes y darse golpes de pecho es propio de macho alfa marcando territorios, pero impropio de alguien que aspire a liderar una nación.  Tendría que haber esperado en su sitio, esperando el momento propicio para fijar posición sin abrasarse, pero ha querido recibir al toro de Vox a portagayola y eso tiene sus riesgos.

En contraste, Abascal, a quien la legión mediática de la izquierda presenta como un peligroso fascista, ha visto de lejos salir de chiqueros al toro de las provocaciones peperas y, en lugar de recibirlo como un bisoño novillero, ha preferido permanecer en el burladero, viendo cómo se comporta el morlaco para saber por dónde bajarle la mano, suavemente, con mano izquierda y sin estridencias.

No lo tiene fácil Casado, porque si se echa en manos de Vox, de nada le va a valer su impostada imagen de nieto de represaliado por el franquismo pues la izquierda con todo su poder mediático le acusará de fascista. Y si se echa en manos de Sánchez, perderá buena parte de su electorado de derecha que seguían fieles por aquello del “voto útil” y jamás le perdonarían que se abrazase al socio de Bildu que ha indultado a los golpistas. Y mucho menos con unas elecciones andaluzas en lontananza con una presunta candidata en la derecha que puede hacer estragos en las filas del votante popular.  Pero los líderes, como los toreros, se forjan ante las dificultades.

Decía Belmonte que el toreo era “parar, templar y mandar”. Pero Casado no parece haber leído a Chaves Nogales. No para de moverse, engancha la muleta y no sabe estar en su sitio, mientras Santiago Abascal, en una posición ahora sí, más cómoda, espera tras la barrera fumándose un puro con la mano tendida para ver si su adversario, esta vez, es capaz de dar la talla.


LFU

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