6 de febrero de 2015

Un inquietante porvenir. Por José Utrera Molina


La portada de ABC de ayer sobre la estimación de voto de los españoles invita a una seria y profunda reflexión. No se trata de establecer equivalencias ni de juzgar proporcionalidades. Ante nuestros ojos aparece dibujado en trazos gruesos el próximo porvenir de España. Hay una fuerza emergente que sin duda alguna ha de ser reconocida. La conveniente estabilidad y la determinación en la política no permiten mirar con indiferencia el empuje de una perturbación institucional efectiva.  No sólo está en juego el sistema partitocrático que salió de una transición pacífica, aunque cortoplacista. A mi modesto parecer, son los cimientos de la España vital los que  se están asentando sobre arenas movedizas.

Los pueblos soportan variaciones y cambios con asombrosa normalidad pero otear en el futuro lo que pudiera significar el triunfo de una izquierda radical borra todas las posibilidades de progreso y de concordia. Es necesaria más que nunca una completa renovación de unas instituciones vapuleadas por el descrédito de una prolongada y amplia epidemia de corrupción.  Pero para eso hay que poner sobre el tapete de la historia coraje y decisión.  Existe una crisis fundamental que afecta a la estructura de un sistema que arrebató al ciudadano su representatividad en beneficio de los aparatos de los partidos y que no ha resistido los embates de una crisis económica que ha tenido efectos devastadores en la esperanza de una juventud que cuestiona legítimamente la viabilidad de unos principios que entonces se consideraron ejemplares.  Si no corregimos a tiempo la estructura esencial de España, si no le damos la vuelta a un sistema indudablemente agotado, corremos el peligro de afrontar su dolorosa liquidación.

Los restos de una España apolillada tienen que ser barridos porque en el caso contrario, el acecho de fuerzas antinacionales será un hecho inescrutable. Buena parte de la culpa la tiene la debilidad ideológica de la llamada derecha española que ha renunciado a la defensa de sus principios tradicionales acomodándose acomplejada  ante la pretendida superioridad moral de la izquierda. Y es que, ante el intolerable espectáculo cotidiano de la corrupción de buena parte de la clase política, sindical y financiera, las cifras de la recuperación económica no se me antojan como remedio suficiente capaz de ilusionar a un electorado que se ha sentido claramente defraudado. 

Los impulsos revolucionarios estuvieron siempre en la raíz de la historia de España y es responsabilidad del hombre político encauzar esas corrientes, en ocasiones arrolladoras, para el bien común de todos los españoles. Los restos de una moral cainita están sobre el tapete de la historia y es preferible borrar esos vestigios porque no conducen a ningún espacio de tranquilidad sino a una zozobra peligrosa y destructiva.

La juventud necesita ríos de seguridad, espacios abiertos a su participación y rechaza el desprecio y el orgullo de los que creen saberlo todo y sin embargo no hacen nada.  Por eso me resisto a creer que esta generación que ha vivido en la esquina de una tragedia sobre la tierra de España, pueda incurrir en la defensa de situaciones políticas, de ideas y de principios que el tiempo había clausurado. A estas alturas, fortalecida ya la idea de una unidad europea, no podemos regresar al ámbito estrecho de un particularismo suicida.

Ojalá nuestros gobernantes se apresuren a encauzar con nobleza y generosidad el torrente de novedad que representa el empuje de un movimiento que acierta en el diagnóstico, pero amenaza y atemoriza con soluciones imposibles. España no puede perecer ante una banda organizada de iluminados que pretenden hacernos revivir épocas felizmente superadas.

Si el gobierno renuncia a liderar un ambicioso cambio en el sistema fiándolo todo a las cifras macroeconómicas, corre el riesgo de ser arrastrado por un torrente demoledor de realidades. Yo tengo ese temor, pero mi corazón alberga también la esperanza de que el cambio que se avecina pueda ser positivo. España tiene al alcance de su mano un futuro prometedor en dichosa convivencia, pero requiere en esta hora crítica gobernantes que sepan estar a la altura de las circunstancias.


JOSÉ UTRERA MOLINA

1 comentario:

  1. Bajo mi humilde opinión, estimado Sr. Utrera, se debería hablar más a los votantes, y hacerles ver cuáles son los problemas, y diferenciar entre reflejos (síntomas) y causas. Habría que tratarles como adultos y no como bebés, explicando qué es la macro-economía, las consecuencias de los movimientos, cómo funciona el sistema, pues entendiendo el sistema, la gente pensaría en sistema, y no en individuos. El principio del sistema es ese: cuando se mueve un individuo dentro del sistema, todo el sistema es alterado. Estoy lo explico yo a directivos cuando les formo en estructuras organizacionales.La gente (gente somos todos), debería entender cómo se crean los presupuestos generales del Estado, deberían entender qué significa la compra de deuda, cómo afecta el circulante para las pensiones y pagos de prestaciones sociales. Deberían entender cuánto dinero sale de España de las arcas el día 1 de cada mes...y así entenderían algunas razones. Yo, si fuera Presidente del Gobierno, lo haría...como animo a los Directores Generales a que hablen con sus empleados y les hagan partícipes de sus decisiones, no del porqué, sino del para qué.
    Así por ejemplo, millones de afectados de Hepatitis C, entenderían que no es tan fácil sacar de la Caja 50.000€ * 900.000€ afectados = 45.000.000.000€. Y por tanto no se haría tanta demagogia partidista. La gente (que somos todos) debe ser tratada como adultos. La gente entendería que Podemos es una caricatura de V De Vendetta, y que como chiste está muy bien, pero ya cansa que tengamos un representante de la política que aún no se entera en qué partido está jugando. La gente entendería que cuando un perro con coletas promete que subirá las pensiones, está prometiendo subir a 9.150.000 de personas su pensión, y que subirles 100€, por ejemplo, sería sacar de caja 915.000.000 más al mes. Entendería que si a eso sumamos bajar el IRPF y el IVA, significaría que no solo es que hay que sacar 915.000.000€ sino que se dejan de ingresas miles de millones...Entenderían que el perro con coletas, les miente, les trata como a bebés, les insulta...y así con todo.
    Yo lo haría. La gente está muy cansada de ver teatro político, donde los que van a la cárcel, son los que juegan con la carta de "tonto mono de feria". O alguien se cree que los Mata, Bárcenas, Blesa, Granados, Chaves, Blanco..son los "maker decision"?
    En fin..me encantó tu artículo. El cambio de tratar a la gente como adultos ha de hacerse ya.
    Por el bien de España, por supuesto, y la unidad de un país que se merece lo mejor.
    Arriba España.

    ResponderEliminar