"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

11 de julio de 2016

Brindo por ti, torero.

A Victor Barrio, in memoriam

Decía Ortega que sólo dos cosas pueden realizarse con garbo: la historia y el toreo. La historia hoy se hace sin gloria, con mediocridad, con miedo y enormes dosis de mentira. El toreo, por el contrario, cada vez se hace mejor.

Si uno repasa las viejas películas en blanco y negro de Joselito y Belmonte puede imaginarse sin mucho esfuerzo, el aluvión de almohadillas e imprecaciones que recibirían esas dos glorias del toreo si bregasen con un astado como solían en los años 20 y 30 del siglo XX. Belmonte fue el primero que se paró, que eligió pisar sus terrenos y no los del toro, pero nada comparado con cualquier torero de hoy. El toreo ha ido creciendo en armonía y en belleza, en temple y en quietud. Pero en esencia, el peligro al que se enfrenta un torero hoy es el mismo que hace 150 años.

Cierto que gracias a Fleming y a los avances de la medicina moderna, la mortalidad de los toreros ha decrecido en gran medida en las últimas décadas.  Pero la cornada mortal de Victor Barrio nos recuerda la cruda realidad de quienes se juegan la vida delante de un toro cada tarde.

En un tiempo en el que la juventud destaca por su indolencia y su falta de compromiso, en el que el progreso material proporciona enormes comodidades a amplias capas de la sociedad, resulta admirable la afición de los jóvenes que deciden arriesgar su vida por un sueño. Hace 60 años, los futbolistas no eran estrellas rutilantes y multimillonarios y los pocos mercedes y haigas que se veían eran las más de las veces, de las figuras del toreo. Era el sueño de los niños, de los jóvenes, de los más humildes, alcanzar el triunfo y la gloria vestido de luces y cortándole las dos orejas a un pabloromero. Hoy resulta infinitamente más rentable y menos arriesgado triunfar dando patadas a un balón y el ideal de los niños es jugar como Ronaldo para tener un Ferrari como el suyo.  Y no hablemos de los que gracias a la telebasura viven pingüemente de los asuntos de la entrepierna y del mal gusto.

Por todo eso, y por mucho más, yo me quito el sombrero ante los matadores de toros, ante los novilleros, ante los hombres de plata. Son de otra galaxia, tienen otros sueños, se recuperan en dos días de una cornada que a cualquiera de nosotros nos hundiría en el abismo, porque son sus sueños, sus ganas de triunfar en una plaza lo que mueve su corazón.

A Victor Barrio un toro le ha partido el corazón en el albero de Teruel, recordándonos a todos el valor que tiene ponerse delante de un toro –en eso no ha cambiado nada- y el respeto que merece cualquier hombre que se viste de luces. Tan sólo atisbo la congoja y el dolor de los suyos, pero también su orgullo. Un toro ha roto sus sueños pero eso formaba parte de la partida que había decidido jugar con la vida, lo que había dado sentido a su existencia.  

No dedicaré más que mi desprecio infinito a los miserables que se alegran de la muerte de un torero. Victor Barrio era joven, recién casado y tenía toda la vida por delante. La gloria le ha llegado al fin, pero de otra forma. Le ha faltado tiempo para cumplir el sueño de ser figura del toreo, pero su nombre ya está en la historia y es probable que con su muerte preste un servicio más grande a la fiesta a la que tanto amaba. Su joven sacrificio tapará muchas bocas y abrirá nuevos capotes entre una juventud necesitada de modelos de carne y hueso que se juegan la vida por una pasión, por una ilusión, por un sueño.

Brindo por ti Víctor Barrio, torero que ya eres eterno, porque brindar por ti es brindar por la fiesta y por España.

Luis Felipe Utrera-Molina 

4 de julio de 2016

Los Paraguayos. Por José Utrera Molina

In memoriam Aurelio Benítez Duarte

Acaba de fallecer, víctima de un fatal accidente de tráfico D. Aurelio Benítez Duarte.  A pocas personas les sonará este nombre, pero en mí tiene una resonancia tan dramática como fraterna.  Alguien me preguntará quién es este señor y yo le voy a contestar inmediatamente. Era un caballero silencioso y amable, trabajador incansable y leal hasta límites desconocidos. Tenía diez hijos y se encontraba de vacaciones en Paraguay con el billete de regreso a España en su bolsillo. Yo le esperaba, porque desde hacía una larga etapa formaba parte del circulo de los paraguayos que yo trato con el respeto y la devoción que siempre me han suscitado aquellos que desde fuera de España, pronuncian todavía su nombre con fervor.

Repasando la historia, compruebo que los primeros asentamientos religiosos protagonizados por la Compañía de Jesús en Paraguay dieron frutos muy abundantes. El espíritu de la Compañía impregnó profundamente a un pueblo variable y dividido, no sólo por los accidentes fronterizos sino por la complicada estructura interior que poseían.

Siempre me ha sorprendido el acervo moral escandalosamente positivo que tienen los paraguayos a los que he tratado. Son silenciosos, amables y comunicativos cuando hace falta. Quieren a su país y aspiran a que remonte el vuelo y se convierta en una gran nación, pero eso por ahora es casi un sueño imposible.  Los paraguayos saben soñar, algo que aquí posiblemente no comprendamos del todo.  Yo he sido testigo de sus sueños, de sus aspiraciones, de sus afanes, de sus esperanzas y puedo pregonar en alta voz que hay poca gente con la dignidad humana de los paraguayos que yo he conocido.  En mis conversaciones con Aurelio, a menudo se quedaba absorto y mudo. Cuando le apremiaba para que me contestase, me respondía: “es que estoy pensando qué tengo que contestar”. Muchas veces recuerdo haberle dicho que sus silencios eran, para mí, elocuentes y esclarecedores.  

Para ocultar sus esperanzas, olvidaba sus dolores, pero continuaba enhiesto y grave, altivo y generoso y sobre todo dueño de sus silencios y de la estirpe de caballerosidad a la que pertenecía. Es posible que allá en lo alto Aurelio se sorprenda por la conmovida oración que mueve su recuerdo en mí, pero en el alma de mi memoria estará siempre presente quién me desveló el alma de un pueblo que merece un singular destino.

Hace aproximadamente un año, escribí al Presidente de Paraguay para darle cuenta del asombro que yo tenía al comprobar la enorme dignidad del comportamiento que los paraguayos tenían y que se lo notificaba para que tuviera el orgullo de saber con qué gente trabajaba. No he recibido respuesta alguna, quizá porque las altas responsabilidades de gobierno les hacen olvidar la plataforma sentimental que merecen aquellos que han tenido que dejar su patria para poder progresar.  
Vuelvo a insistir, he conocido mucha gente perteneciente a dicha nación, pero jamás pude sospechar el pozo de ternura y sensibilidad que adornaba el alma de sus gentes.  Qué bellos comportamientos, qué afán de superación, qué esperanzas no rotas incluso cuando había que enfrentarse con realidades dolorosas. Desde este pequeño artículo quiero rendir homenaje al pueblo de Paraguay y ofrecerle no solo mi oración por sus aspiraciones, sino mi devoción por su comportamiento.  

Cuando la Compañía de Jesús comenzó su apostolado en aquellas tierras, España no era aún una nación compacta  y consolidada en su destino, pero ya prometía que en el futuro, el mundo se iba a quedar estrecho para sus ilusiones y sus esperanzas.  Ahora, cuando el paso de los siglos ha consolidado tantas cosas, y algunos españoles reniegan de serlo, aflora en las tierras de La Asunción el nombre de España.  Ignoro lo que pensarán sus habitantes pero tengo la certidumbre de los que,  doloridos por la ausencia de su país, trabajan en España por la ilusión de su regreso.  A ellos me uno con una estremecida emoción y quiero que se sepa que no hay fronteras para delimitar el área de nuestra influencia, más bien hay espacios abiertos para que lo ocupen aquellos que sienten en el fondo de sus corazones la admiración por un pueblo admirable.


JOSÉ UTRERA MOLINA

27 de junio de 2016

Alivio cortoplacista, pero alivio.

Mentiría descaradamente si no dijera que anoche  respiré aliviado y no precisé de ningún barbitúrico legal –léase lexatin- para conciliar el sueño. Pese a mi radical desafecto hacia un Partido popular acomplejado y socialdemócrata, plagado de corruptos, incumplidor de promesas, continuador del proyecto de ingeniería social del zapaterismo y cobarde frente a los nacionalismos, no tenía muchas ganas de arder en la pira del Frente Popular, pues, ni soy funcionario, ni tengo el futuro resuelto, ni mi profesión me permite mirar con indiferencia los cataclismos populistas. Lo confieso. No tengo madera de mártir y respiré aliviado tras el triunfo del mal menor y el inesperado fracaso del amenazante frente popular que ya se veía instalado en la Moncloa.

El alivio vino regado además de alegría al saber que Julio Rodríguez, el indigno exmilitar, había sido olímpicamente ignorado por los almerienses como lo fue de los maños hace seis meses. España no paga traidores o, al menos, a este tipejo se le habrá borrado la sonrisa de la cara. Que Maroto y Semper se hayan quedado sin escaño ya fue la guinda que necesitaba para acabar plácidamente en brazos de Morfeo.

Pero soy consciente de que se trata de un alivio cortoplacista, como lo es el miedo que lo ha provocado. A la vista está que no va a ser fácil la formación de gobierno, pero ninguno de los otros partidos –PSOE y Ciudadanos- está legitimado tras su retroceso, a forzar unas terceras elecciones que llevarían al Pp a una mayoría más amplia. Así que muy probablemente veremos a Sánchez o a quien le sustituya, abstenerse para evitar un batacazo mayor.

En todo caso, es hora ya de pensar en España y no en el trasero de cada uno. Ya sé que estamos ante un triunfo de Arriola, pero Rajoy tiene una última oportunidad de liberarse de su nefasta brujería y pasar a la historia por algo más que ser el presidente que vino del miedo.  De optimista que soy caigo siempre en la ingenuidad, pero qué sería de nosotros –Calderón- si no tuviéramos sueños.

Celebro que los más tristes se hayan equivocado con sus negros presagios. Visto lo de anoche, dudo mucho que las huestes podemitas superen algún día este resultado. Era su ocasión de oro y han perdido más de un millón de votos. Si la economía ayuda y de una vez por todas el gobierno se pone a hacer política de altura, pensando en las próximas generaciones, hay lugar para la esperanza.

Yo, desde aquí –anoche deshice el hatillo que tenía preparado por si las moscas- , espero que Dios me de cuerda para seguir escribiendo, como hasta ahora, pensando sólo en España.


LFU

22 de junio de 2016

El regreso del odio. Por José Utrera Molina

Hubo un tiempo en el que llegué a pensar, con evidente ingenuidad, que el odio, esa planta envenenada y corrosiva, criminal y nefasta que tanto sufrimiento había causado a lo largo de la historia de nuestra patria, había desaparecido de los paisajes de España o al menos estaba limitada su influencia y residía en la más absoluta marginalidad.   Lo creí sinceramente y lo proclamé ante el escepticismo de los que se resistían a abandonar las filas de la pesadumbre. Navegamos durante muchos años embarcados en el barco de la utopía, que siempre ha sido el motor de las grandes horas de España, pero la inevitable realidad es que asistimos de nuevo a la resurrección de odios cainitas que han venido a golpear los cimientos de una  concordia que algunos creímos definitiva.

Los que perdimos repentinamente la niñez por la tragedia de la guerra tenemos la obligación moral, ya en el ocaso de la vida, de advertir contra el grave peligro que se esconde tras la proliferación del germen del odio. Derriba todas las fronteras, se convierte en una brillante pieza irracional y se utiliza con manos criminales para dividir lo que está unido, asaltar y destruir lo que se edificó con tanto esfuerzo y borrar de la memoria colectiva la huella de una España hoy irreconocible y que vislumbro en el recuerdo cada día más nítidamente como una patria alegre, ilusionada y, sobre todo, verdaderamente libre. 

Nunca he querido ser profeta de la apocalipsis, pero quedamos pocos testigos de los estragos que el odio causó en nuestra nación y le pido a Dios que nos libre de esta plaga maldita que ha vuelto a reaparecer ante el temor, la irresponsabilidad y el silencio de muchos. El odio se palpa en las pancartas, en el tremolar de banderas amenazantes, en los mítines, en las proclamas radiofónicas, en las tertulias y lo que es peor, circula por las capas más bajas de la sociedad como una especie de antídoto frente a todos los males sociales que aquejan a España.


Personalmente, jamás sucumbí a la tentación de ese horrendo sentimiento, pero conozco su fuerza aniquiladora y lo he mirado siempre con temor y respeto. El día que se abran las puertas para una circulación ambiciosa del odio, España habrá llegado a su fin. Hablar de reconciliación, de fraternidad, de solidaridad, de sonrisas, corazones y entendimiento entre los hombres y al mismo tiempo sembrar la cizaña de un odio rastrero y cobarde, me parece no ya una impostura, sino una verdadera felonía.

 Mi advertencia apenas si encontrará eco en los medios, pero alivia mi conciencia de español dolorido.  Ahora que ha terminado la primavera, no quisiera que el sueño que alimentó mi vida se rompiera para siempre. Apelo a la esperanza y no a los recuerdos que la matan. Acudo a los ejemplos que fortalecen el espíritu y levantan el corazón y pido en un último clamor que las banderas que dividen y amenazan sean definitivamente arriadas si no queremos abocar de nuevo a España a una tragedia inevitable.



JOSÉ UTRERA MOLINA

9 de junio de 2016

Una madrina ejemplar

Bastantes sinsabores nos proporciona el afán diario como para avivar el fuego con mis palabras. Me preguntaba anoche si no estaría dejándome seducir por la tristeza y la desesperanza, las armas preferidas del maligno; si no estaba alimentando odios análogos a los que denuncio; si no empiezo a militar en el batallón de los tristes y cabreados.

Si estamos llamados a ser la luz del mundo, además de denunciar las injusticias, nuestro credo nos obliga a ser testigos de esperanza. Por eso esta mañana me he propuesto dar un giro copernicano a mi discurso para proponer un modelo de persona, un ejemplo de virtudes, un limpio espejo en el que uno puede mirarse y reconciliarse con una humanidad en la que sólo parece ser noticia el odio, la perversión y la amargura.

Siempre he pensado que la sonrisa es un regalo reservado por Dios para los corazones sencillos. Conozco demasiados ilustres sesudos a quienes su continuo discurrir les impide disfrutar de los pequeños detalles de la vida, cuya soberbia e inconformismo les priva de las bondades de la gratitud y cuya ceñuda desconfianza no les permite beber en la alegre fuente de la ingenuidad.  

Mi madrina es la permanente sonrisa luminosa en medio de la adversidad. Mujer de gran belleza y madre de siete hijos, la vida le ha reservado una sucesión inagotable de pruebas de enorme dureza que ha superado con admirable entereza y con la ayuda de un corazón inabarcable. La más dura, la de su hija Anuca, un ángel con síndrome de Down que en su corta vida padeció calvarios sin límite y cuya marcha dejó un hueco imposible de llenar. Y la última, la de mi padrino Juan, aquejado de ese mal que aniquila los recuerdos y te convierte en un ser inerme y menesteroso en manos de una mujer admirable a la que ya no conoce, pero sonríe agradecido cada mañana.

Cuando le preguntas como está, jamás te cuenta sus penas ni sus dolores, nunca la oirás quejarse, y mucho menos hacer repaso de méritos.  ¡Yo divinamente! –te dice-. Tan sólo se compadece de aquellos a los que amorosamente cuida, pero mi madrina Ana parece como esa roca siempre joven a la que Dios tenía reservada una pesada cruz, pero también una fortaleza infinita para cargarla con una sonrisa y enorme señorío.

Tener la suerte de contar con su ejemplo todavía es todo un privilegio y una bendición.  Desde luego, mis padres sabían bien lo que hacían cuando les confiaron el cuidado de mi fe.Dios te lo pagará, querida madrina. No lo dudes.


Luis Felipe Utrera-Molina

7 de junio de 2016

Mañana será tarde


Mucha gente debe hacerse mirar cuál es su actitud ante los episodios de violencia que estamos viviendo en España, si se siente aludida por el célebre poema de Niemöller. Hace unos días, unas bestias independentistasapalearon a dos chicas y arrasaron el puesto en el que defendían el derecho a ver a la selección española en la vía pública. Ayer nos enteramos de la palizaque unos cobardes “antifascistas” propinaron a un hombre que llevaba en la manga de su chaqueta una bandera nacional.

Ni una ni otra noticia ha merecido una portada en los medios de comunicación, aunque el empuje de las redes sociales hace que las noticias se hagan hueco en los periódicos.

Lo que estamos recogiendo no es sino el fruto de la tolerancia suicida de un sistema ante los constantes ataques a España, a sus símbolos, a su identidad como nación y a su unidad. Y corolario lógico de la cobardía de amplias capas de la sociedad, empeñadas en ponerse de perfil y mirar para otro lado mientras todo esto sucede ante sus narices. Y me gustaría equivocarme, pero pronostico que este tipo de situaciones arreciará con el tiempo.

Acostumbro a lucir a diario en mi solapa los colores de la enseña nacional y me entristece contemplar cómo a muchos les llama la atención y lo consideran casi una extravagancia propia de “ultras”, sentimiento que no albergan cuando ven a Obama lucir en su solapa la bandera americana o a Hollande la tricolor.

Los españoles tenemos sobrados motivos de orgullo para convertir en normal el homenaje a nuestra bandera y hacerlo viral. Hasta que no nos sacudamos los complejos impuestos con el paso de los años por una izquierda heredera de lo más rancio de la internacional comunista que sigue reivindicando la bandera de la nefasta II República como símbolo del progreso, asistiremos a episodios de violencia contra los pocos españoles que seguimos luciendo con orgullo nuestra bandera y proclamando ufanos nuestra condición de españoles. Y, algunos se darán cuenta, como en el poema de Niemöller, demasiado tarde.


LFU

30 de mayo de 2016

Carta abierta a Julio Rodríguez

Te escribo como Alférez de Infantería, pero permíteme que te apee el tratamiento de vuecencia que durante años te dispensaron tus subordinados, pues presumo que para ti debe tener reminiscencias de un pasado oscuro y de ingrato recuerdo.

En mi breve e intenso paso por la milicia pude sentir el singular orgullo de vestir el uniforme de un ejército heredero y depositario de la gloriosa tradición española.  Aprendí de mis superiores el valor de la disciplina y las virtudes del sacrificio callado, la abnegación y la lealtad. Pocas veces en mi vida he sentido tanta emoción como cuando mis hombreras lucieron por vez primera la estrella de seis puntas que me acreditaba como oficial de la mejor Infantería del mundo. Siempre recordaré el orgullo de mi padre en aquel gélido día de diciembre en el patio de la Academia toledana cuando quiso fotografiarse conmigo delante de la estatua de su viejo capitán, que  hoy -gracias entre otros a tí-  estará cubierta de polvo en algún lejano y frío almacén.

Aprendí de memoria aquél artículo 72 de las Reales Ordenanzas que aún hoy guarda el eco de la mejor tradición castrense española y procuré ser fiel a su letra y a su espíritu durante el breve tiempo en el que tuve el privilegio de mandar una sección de fusileros.

Desde entonces, he seguido en contacto con la familia militar en la que tengo grandes y entrañables amigos que son exponente de las mejores virtudes del soldado y del caballero español. Conocí también jefes y oficiales a los que no pude admirar, pero jamás tuve la desgracia de despreciar a ninguno como militar.....hasta que te empeñaste en deshonrar el uniforme que durante años te ha proporcionado respeto y una dignidad que tu mismo has querido pisotear.

Prefiero no acordarme de la cobarde actuación que como JEMAD tuviste con ocasión del rescate del "Alakrana", La Armada tenía preparado el asalto de los secuestradores, te pideron una orden, pero al otro lado del teléfono sólo hubo silencio. Dejaste escapar a los piratas, pero no tuviste el coraje de reconocerlo en público. Antes que asumir la responsabilidad del mando, preferiste que la duda se cerniese sobre la eficacia y profesionalidad de tus soldados. 

Lo de menos fue tu anuncio extemporáneo de unirte a las huestes de Podemos mientras vestías el uniforme. Ni a mí ni a tus compañeros de armas nos importa una higa como piensas ni a quien apoyas, pero existen formas y procedimientos que debías respetar y que por un mínimo sentido de la lealtad y la coherencia debiste haber cumplido. No fue así y celebro que figure esa mancha en tu hoja de servicios.

Fue miserable tu compadreo con Ada Colau tras el trato chulesco y degradante que dispensó a dos jefes uniformados en Barcelona. E imperdonable cuando no tuviste reparos en defender a Bildu, donde se alistan buena parte de las hienas que vistieron de luto los hogares de muchos de tus antiguos camaradas.  

Que te definas como pacifista me parece muy bien. Todos queremos y ansiamos la paz y ya Julio Cesar dijo aquello de "si vis pacem para bellum", porque para eso están los ejércitos, para salvaguardar la paz frente a los que quieren violentarla.  Pero que un militar se confiese antimilitarista es, además de un oxímoron insoportable, una bofetada en la cara de todos tus antiguos compañeros y subordinados.

La última villanía, la de despreciar el día de las fuerzas armadas por franquista. Un sencillo desfile y un acto de homenaje a los Caídos que tu mismo deshonras con tu penúltima ruindad no es sino un acto de justicia y gratitud para los que han dado su vida por España, antes de Franco, con Franco, contra Franco y después de él y para los que con singular ejemplaridad velan para salvaguardar nuestra paz, nuestro bienestar y la integridad de nuestra patria.

Dice el viejo refrán castellano que no hay peor cuña que la de la misma madera. Y tú, Julio Rodríguez, eres la viva expresión de esas palabras.

Te auguro una corta e ingrata carrera política porque Roma no paga traidores. Quienes te utilizan lo hacen para denigrar toda la dignidad del uniforme que has vestido durante toda tu vida. Y cuando ya no les sirvas, probarás la amarga hiel de una soledad acentuada por el desprecio de todos aquellos que tuviste bajo tu mando y que te recordarán aquel juramento que hiciste de joven y no has sabido cumplir como un soldado español.

No me despido a tus órdenes porque sólo recibo órdenes de quien tiene autoridad moral para darlas. Tan solo espero que Dios te de la ocasión para devolverme con honor esta pluma que hoy te hace llegar un oficial de Infantería.

Luis F. Utrera-Molina