"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

22 de febrero de 2011

23 de febrero, 30 años después


Vivimos estos días una auténtica marea de verdades a medias y proclamas unitarias de fervor democrático en la conmemoración (¿) del treinta aniversario del lamentable intento frustrado de Golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuyo corolario será el absurdo acto promovido por Bono en el Congreso, que estoy seguro que le hace gran ilusión al rey.

Mucho se ha escrito y dicho sobre aquella jornada, pero sigue habiendo muchos -demasiados- puntos oscuros. Uno de ellos, aún sin respuesta, por qué no se emitió el mensaje real hasta la 1.15 de la madrugada –cinco minutos después de que Armada saliese del Congreso tras el rechazo de Tejero a dejarle presentar su singular lista de Gobierno- si el mensaje estaba grabado desde las 8 de la noche.

Ojalá algún día puedan aclararse todos los interrogantes, que son muchos, quizá demasiados. Mientras tanto, he decidido traer a estás páginas, una vez más, una emotiva carta que publicó ABC hace ya dos años. Es la carta que Ramón, el hijo sacerdote de Antonio Tejero Molina le escribe a su padre con todo el amor y el dolor y la admiración que cabe en su corazón.

Aunque desde hace años se le quiera presentar como el epítome de la más oscura y grotesca caverna de los tiempos, Tejero fue la fácil y dócil cabeza de turco de un triste episodio de la historia de España, que aún hoy dista mucho de estar aclarado.

Tras un largo, intenso y dolorosísimo destino en la Comandancia de San Sebastián, en el que tuvo que enterrar a muchos de sus guardias y amigos por la noche y a escondidas, ante la indiferencia del resto de España, se ofreció voluntariamente para realizar una misión, que él sabía le podría costar la vida y la carrera, creyendo que de esa forma se pondría fin al terrorismo etarra y a la fractura creciente de la unidad de España. Cumplió con eficacia y sin violencia gratuita las órdenes recibidas de sus superiores, convencido de que así prestaba su mejor servicio a la patria, pero consciente de las consecuencias que un fracaso podría acarrearle. Su comportamiento personal dentro del Congreso sólo tuvo –para mí- el borrón de la zancadilla y cuando comprendió que había sido utilizado y engañado, supo afrontar con dignidad y silencio, el castigo y la difamación. Rechazó el avión y los 200 millones que le ofrecieron por rendirse y sólo pidió para sí toda la responsabilidad para librar a sus oficiales y guardias de una inevitable represalia. Después, supo cumplir su condena en silencio y con humildad, aunque con la decepción de saberse utilizado por unos y otros y la zozobra de no poder saber qué o quien estaba detrás de aquél episodio.

Algún día se demostrará que no sólo fue quien le puso cara a la ejecución del golpe sino también muy probablemente -aunque otros se pongan las medallas- quien lo frustró definitivamente al negar la entrada al General Armada al Congreso tras conocer la colorida y sorprendente composición del gobierno de concentración que aquél pensaba presidir y del que nunca había oído hablar.

Pero eso queda ya para la Historia y los historiadores. Hoy, cuando vuelve de nuevo a ser el blanco de todos los escarnios, quiero recordar el regalo que hace dos años recibió este hombre y que toda España pudo leer. El amor de uno de sus hijos impregnado en cada una de las palabras de una carta verdaderamente emocionante:

LFU

"Aquel 23 de febrero de 1981, muy temprano, salimos de casa... Yo sabía lo que ocurriría... Sin embargo, el silencio era la expresión más simbólica del cariño que se puede dar a un padre que en esos momentos atravesaba unos de los momentos mas difíciles de su vida. Había vivido momentos de angustia, de terror. Noches en vela, acompañadas de desconcertados en una España que los españoles desconocían. Noches de zozobra que acompañaban a un hombre al cargo de las tierras vascas y con el encargo de acabar con el terrorismo... Muertes sin compasión de manos de ETA, traiciones de ideales, injusticias, quejas de viudas, órdenes para quemar una bandera que, después, fue legalizada y que causó tantos y tantos muertos...

Todo era incomprensible para un joven que creció con el dolor, la inquietud, el temor y el deseo irrefrenable de una España coherente... Ese joven era yo, ahora sacerdote de Jesucristo, pero sin dejar de ser hijo de mi padre, del cual me enorgullezco plenamente. Aquella mañana del 23 de febrero acompañé a mi padre a la celebración de la Eucaristía en la capilla que hay frente a la Dirección General de la Guardia Civil. Momentos de silencio, de oración profunda, de contemplación sincera de un hombre creyente que sabía cuál era su deber, que conocía las órdenes recibidas y que no quería por nada del mundo manchar sus manos de sangre (como así fue). Un hombre de uniforme, de rodillas ante el Sagrario y el altar del sacrificio: mi padre.

Suponía para mí un ejemplo de gallardía que nadie me hará olvidar, el testimonio fiel de un creyente coherente con el juramento que había hecho años atrás... No había palabras, sólo silencio, recogimiento y oración sincera. Al salir de la capilla, con una mirada penetrante -y me atrevería a decir que trascendente-, contempló la Bandera Nacional y, con voz serena, tranquila y gallarda, me dijo: «Hijo, por Dios y por Ella hago lo que tengo que hacer...». Y, con un beso en la mejilla, se despidió de mí. Un beso tierno de padre, pero que también sonaba a despedida: la despedida de un hombre que teme que no volverá a la vida... y eso pensé yo también.

Y, con el gozo de amar a mi padre con locura, volví a mi casa para acompañar a aquella que simbolizaba -en aquel momento y siempre- los valores de la mujer fuerte de la Biblia: mi madre. Esa gran mujer que ha sabido hacer, de su existencia, una entrega victimal y heroica a Dios, a España y a su familia -valores en los que fue educada a lo largo de todo su vida y que sigue mostrando, en el otoño se su existir, con una entrega amorosa a todos nosotros-.

Pasamos la mañana con serenidad... El silencio era la elocuencia de nuestro pesar, mientras que el tiempo se convertía, segundo tras segundo, en el traicionero «reloj» que nos hacía pensar en aquel momento. No sabíamos más ni menos. Realmente, nos dolía España, mi padre y el momento en sí; aunque nos tranquilizaba la certeza, según nos habían dicho, de que el Rey apoyaba y ordenaba tales hechos. Era un acto de servicio más, en un momento crítico, por el cual atravesaba nuestra Patria. Y pasó lo que toda España conoce y lo que los medios transmiten (aunque no con toda la veracidad que debieran). No voy a entrar en polémica... ni quiero, ni debo. Pero sí deseo aclarar algunos puntos que conozco, que siento míos y que viví con intensidad aquella noche. Y deseo hacerlo desde el sosiego, desde la paz que, cada día, me regala Cristo y desde la serena sabiduría de los años que te hacen asentar pasiones y discernir la verdad como realidad de la vida.

No voy a revelar nada del 23F, el silencio de mi padre me obliga a callar. Sin embargo, no puedo dejar en el olvido las grandezas de un gran hombre.

Es por ello que, ante las distintas informaciones y publicaciones de estos días en distintos medios de comunicación, quiero y deseo expresar lo siguiente: mi padre es un hombre de honor, fiel a sus principios religiosos y patrióticos; es coherente y sincero. Es un militar de los pies a la cabeza, consciente de sus responsabilidades, entregado a sus hombres. Es un hombre cumplidor, trabajador hasta el extremo, leal ante el significado de la palabra juramento y fiel al mismo. Es un hombre sereno, sencillo, disciplinado y amante de la verdad. No es violento, ni agresivo. Es templado, sensato, sereno, inteligente y capaz de discernir con coherencia una realidad aparentemente absurda e incoherente como parece que fue el 23F. Es un marido ejemplar. Un padre extraordinario. Un hombre excepcional. Un amigo fiel. Un español honorable y un cristiano sincero y veraz. Mi padre es mi padre. Me duele la falta de información y coherencia. Me duele ver cómo todos aprovechan el «silencio» de un hombre para intentar destruirle... quizá por miedo a su palabra... Me duelen tantos programas y tan poca veracidad...

Quiero a mi padre con locura. Es por ello que ruego y aliento a todos aquellos que creen en la libertad de expresión, para que sean tan audaces y coherentes como para publicar estas pobres palabras que tan sólo manifiestan los sentimientos de un hijo por su padre.

Un hijo que se siente orgulloso de su padre y de que éste se llame: Antonio Tejero Molina.

Ramón Tejero Díez "

5 comentarios:

Guillermo dijo...

Hasta que este sistema tachado de "partitocrático" por unos (o "dedocrático" por otros, que para el caso es lo mismo) no tendremos el "privilegio" de saber que narices pasó ese día, junto con todo lo que hay detrás.
Son muchísimos los que hoy y desde aquellos momentos se llenan la boca de "libertades y democracia", "derechos"... pero no sabemos NI LA MITAD años después.

Cuando caiga este sistema tan "transparente" quizás (y solo "quizás") el pueblo pueda enterarse de algo que le atañe DIRECTAMENTE.

Gonzalo dijo...

Magnífica entrada.

Te me has adelantado, yo la tengo lista pero esperando a que sea 23.

Un abrazo.

Carlos Fernández Ocón dijo...

No sé si 'ha desaparecido' mi comentario o que estoy peor de la olla de lo que pensaba. Te decía que enhorabuena por el post y que, con tu permiso, me llevaba un trozo.

Saludos

Anónimo dijo...

Luis Felipe, que ya ha pasado más de una semana, escribe algo que hay un montón de noticias y se te echa de menos. Espero que no nos estemos volviendo perezosos... :-)

LFU dijo...

¡Primum vivere.....!

No me da la vida.....