"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

16 de octubre de 2020

La corrupción de la memoria.


 

LA CORRUPCIÓN DE LA MEMORIA

 

Mi padre fue de esos niños a los que la guerra les robó la infancia. Vio cómo asesinaban a un amigo por ser falangista y a su padre por defenderlo; vivió las siniestras romerías de mujeres que cada mañana subían hasta el lugar triste de los fusilamientos para burlarse de cadáveres aún calientes. Creció sabiendo que no todo era oscuro al otro lado, porque tenía familiares luchando bajo otra bandera, y que en el suyo no todo era limpio, porque sabía de miserables y aprovechados que buscaban el amparo del uniforme para cometer sus felonías.

 

Mi padre fue falangista. Hasta el último día de su vida hizo honor a su juramento. En su carta de despedida nos pidió ser enterrado con su camisa azul. “No es un gesto romántico sino la postrera confirmación de que muero fiel al ideal que ha llenado mi vida.”. Para él, la política no era otra cosa que la emoción de hacer el bien sobre todo a los que no podían congraciarse con la patria porque carecían de pan y de justicia. Y fue leal a Francisco Franco, antes y después de su muerte. Una lealtad crítica y ajena a lo cortesano, que le granjeó no pocos recelos en el régimen y una implacable persecución posterior cuando, rechazando jugosas ofertas, no quiso alistarse en las filas de los conversos ni formar en el escuadrón de los mudos mientras un repentino oprobio comenzaba a cubrir lo que había dado sentido a su vida.

 

Mi padre era alérgico al sectarismo y siempre nos previno de que el odio era una pasión aniquilante para el que la padecía. Sabía que no era posible un franquismo sin Franco, consciente de la excepcionalidad de un régimen que no podía entenderse sin su protagonista y sin el contexto del proceso revolucionario y anticlerical de los años 30. Pero asistía con perplejidad y dolor al proceso de desfiguración de nuestro reciente pasado y demonización de un hombre, Francisco Franco, al que consideraba, con sobradas razones para ello y sin escatimar las sombras de su régimen, el mejor gobernante que había tenido España desde Felipe II.

 

Ese era mi padre, un caballero falangista del que me siento legítimamente orgulloso y cuyo ejemplo me estimula cada día. Pero como él hubo millones de españoles nobles, leales y ejemplares que, desde un ideal, lucharon y trabajaron denodadamente bajo el mandato de Franco para levantar España de su postración. Claro que cometieron errores, que hubo injusticias, pero también se creó una clase media dominante, se construyeron más de cuatro millones de viviendas sociales, más de quinientos pantanos, decenas de miles de escuelas, institutos, universidades laborales, residencias sanitarias, se creó el seguro de enfermedad, la Seguridad social y España llegó a ser la novena potencia industrial en términos de PIB con una deuda pública que no superaba el 7,5%.

 

Yo nací apenas 30 años desde el final de la guerra y pude conocer a muchos de los que habían luchado en una y en otra trinchera. Jamás percibí en ellos sombra alguna de odio, pero sí de dolor. Hablaban con respeto de los que se batieron el cobre al otro lado y con despreció infinito de quienes se ocupaban de las limpiezas en la cómoda atalaya de la retaguardia. Estaban vacunados contra el odio porque habían sufrido el desgarro de una guerra fratricida.

 

Hoy, un gobierno siniestro e incompetente, que ha hecho de la mentira su más visible seña de identidad, quiere aprobar una ley totalitaria que convertirá en delito la publicación de este artículo; que condena con un manto de oprobio a los que se batieron el cobre en un lado, mientras glorifica a los que lo hicieron en el otro, muchos de los cuales, si pudieran levantarse de sus tumbas escupirían a los promotores de esa ley cainita con el mismo desprecio con el que hablaban de los cobardes de la retaguardia.

 

La ley quiere imponer un relato deformado de nuestra reciente historia que presenta a los vencedores de la guerra como verdugos y a los derrotados como víctimas, dinamitando el espíritu que hizo posible la transición y negando a la derecha cualquier legitimidad para gobernar. Ya lo intentaron en 1936, falseando el inmediato relato del golpe revolucionario de 1934 y sabemos cómo resultó. Me atrevo a aventurar que este nuevo intento podría volverse también en su contra, porque ignoran las consecuencias del odio que están inoculando en los españoles.

 

Hay quienes, disfrazando su cobardía de practicismo, seguirán mirando para otro lado mientras avanza la imposición de la mentira. No hacer nada cuando se violan los derechos más elementales y se criminaliza la disidencia con el discurso oficial, es abrir la puerta a la peor de las tiranías, la de la mentira. A mí no me van a callar ni con multas, ni con amenazas, ni con penas de prisión. Me niego a permanecer impasible mientras se insulta y se vierte un himalaya de mentiras sobre los que, como mi padre, y desde unas ideas tan respetables como las que más, nos legaron una España mejor de la que recibieron y de la que nosotros dejaremos a nuestros hijos. Prefiero perder la libertad por decir lo que pienso a no poder mantener la mirada a mis hijas por no haber tenido el valor de defender la honra de mis mayores. Al fin y al cabo, si no encuentro justicia en esta vida, siempre me quedará la eterna promesa de las bienaventuranzas.

 

 

            Luis Felipe Utrera-Molina, Abogado

 

 

17 de junio de 2020

Por la puerta grande (A mi hija Paloma)




Recuerdo, como si fuera ayer, aquel día de septiembre de 2005 en el que mamá y yo te llevamos por vez primera al “Mater”. Toda la alegría, los nervios y la emoción de aquella mañana al enfundarte el nuevo uniforme del “cole de mayores”, se truncaron en sentido llanto cuanto te diste cuenta de que te dejábamos allí.  Todo estaba bien hasta que te dijimos adiós, los dos con un nudo en la garganta, encogido el corazón y cargado el lagrimal.  Tus primeras lágrimas eran la expresión de tu zozobra, del miedo a lo que entonces estabas por conocer.

Han pasado 15 años, y se agolpan en mi mente, desordenados, cientos de recuerdos, todos ellos felices. Aquellas mañanas del mes de mayo, cantándole a María y llevándole flores, aunque tú, tímida y alérgica a cualquier protagonismo, limitabas la ofrenda floral a un par de días, por aquello de no destacar ni por defecto ni por exceso.  Cómo no recordar aquél “enhorabuena por vuestra hija” de Charo y aquella sonrisa inolvidable, llena de ternura de la inolvidable Madre Madurga que te ha acompañado hasta el final.

Luego vinieron los rezos en el porche de primaria, el ofrecimiento de obras, los cánticos, a veces tiritando de frío, pero que no dejaban de emocionarme. Recuerdo que contaba con pena los años que me quedaban aún de rezos y lo mucho que luego los eché de menos cuando tu hermana pasó a secundaria y me quedé sin ese momento de paz.

Los festivales de primaria en junio bajo un sol abrasador, vestida de gato o lo que tocase, que a punto estuvo de causarle quemaduras de tercer grado en la calva a tu abuelo Pepe que, de chaqueta y corbata, aguantaba estoico la canícula y los gritos y empujones de madres desaforadas y al que tuvimos que cubrir la cabeza con un pañuelo.


Luego vendrían los festivales Mater, los bailes regionales, las bulerías, alegrías o tanguillos de Cádiz, la boda gitana…. el día que llevaste el chapiri de la Legión y aquél
en el que enarbolaste nuestra bandera con traje vasco-navarro y a mí se me caía la baba de la emoción.

En estos 15 años de colegio tan sólo te he tenido que ayudar con la tabla de multiplicar y con alguna que otra poesía….. El resto, con alguna ayuda de tu madre -mucho más aplicada que yo- lo has hecho tú sola con tu esfuerzo y con ilusión.  Has heredado de tu madre su pundonor, su sentido de la responsabilidad, su disciplina y capacidad de sacrificio. De mí, acaso el entusiasmo para disfrutar de todo lo bueno que Dios te ha concedido.
Y como nadie cosecha sin sembrar, la recompensa que acabas de ofrecernos nos llena de orgullo y será un jalón en el acontecer de tu vida del que siempre podrás estar orgullosa. Matrícula de honor en Bachillerato con una felicitación especial del Colegio y del claustro de profesores. Has dejado muy alto el pabellón, haciendo honor a tus apellidos y buen recuerdo que tu madre dejó en el Mater.

Sé lo que quieres a ese colegio, que ha marcado para siempre tu personalidad, tu estilo de vida. Sé lo feliz que allí has sido y eso compensa todos los esfuerzos; adiviné que aguantabas la lágrimas el día que fuiste a recoger tus cosas, en este año tan extraño y duro para todos y he visto tu emoción de ayer al recibir esa Matrícula de honor que es una puerta grande que se abre para completar tres lustros de felicidad. En esta ocasión, he sido yo quien no ha podido contener las lágrimas, de puro orgullo, de pura alegría. Sé que las lágrimas te acompañarán también a tí en la despedida, las mismas lágrimas con las que entraste, pero esta vez derramadas, no por miedo, no por angustia, sino por amor, porque sólo cuando se ama se puede sufrir.

Lo has dado todo y hoy es el día que, echando la vista atrás, tus padres podemos estar orgullosos de haberte dejado aquel día a los pies de la Virgen Mater Salvatoris, a la que te encomendamos entonces, que te ha acompañado estos quince años y seguirá a tu lado, guiando tus pasos el resto de tu vida.

Te vas del Colegio por la puerta grande o, si me lo permites, aún mejor, por la Puerta del Príncipe. Como los grandes toreros y sobre mis hombros orgullosos. Pero allí quedará para siempre, junto a la capilla de esa Virgen niña, el depósito de los mejores recuerdos de tu niñez. Esos recuerdos que han fortalecido tus raíces, que han tensado las finas cuerdas de tu espíritu y a los que volverá siempre tu corazón en busca de consuelo cada vez que te angustien las dificultades de la vida.

Ahora empieza una nueva etapa ilusionante en la que se forjará definitivamente tu destino. Aprovecha cada instante y da gracias por todo lo que Dios te ha concedido. No olvides nunca que la gratitud y la humildad son las virtudes en las que se resumen todas las demás.

Termino con el último terceto del soneto de tu abuelo que desde el cielo te mira orgulloso:

Es tu mirada azul, canto callado  
que adivina el mañana, hora tras hora
bajo un cielo de estrellas plateado.

Enhorabuena Paloma. Te quiero.

Tu padre

28 de mayo de 2020

Nuevos escolios hispanos (VII). Ser padre


         
Ser padre es una ventana abierta al abismo. Abismo de amor y dolor sin fecha de caducidad en la tierra. Cada hijo permite abrirla o cerrarla en todo momento. Es la oportunidad de continuar la senda sin límite del afecto. Atreverse a recorrerla no es otra cosa que imitar al Primer Padre. Cuando pienso en cualquier padre, pero especialmente en los de 6, 8 o 13 hijos… me recorre el escalofrío de la admiración, de temor y la sana envidia, pues es muy poco probable que alguien así no se lance a ese abismo y resulta aún más improbable que no encuentren, tarde o temprano, la red de seguridad de Aquél a quien han imitado. He conocido algunos. No se les ahorró pruebas y sinsabores y pese a ello, no creo que ninguno negara que ya participaron de manera misteriosa, aquí en la tierra, en la preciada recompensa del ciento por uno.

                                                                                                                                 FUEYO

20 de abril de 2020

El silencio de los corderos

Hace algunos días, el ex magistrado del Tribunal Constitucional Manuel Aragón, advertía en un artículo en El País que el gobierno estaba vulnerando la Constitución. Basta leerse el artículo 55 de la Carta Magna para darse cuenta de que la libertad de circulación de los españoles solo puede restringirse en los estados de excepción o de sitio, y no estamos en ninguno de esos escenarios.  Pero, salvo al ilustre magistrado, poco sospechoso de reaccionario, no he escuchado a ningún líder político advertir que se estaba vulnerando la Constitución y, hasta donde sé, nadie ha acudido al Tribunal Constitucional para denunciarlo, aunque, para qué decirlo, confiar en que dicho Tribunal, tristemente politizado, actúe conforme a derecho, conduce a la melancolía

En la peor crisis desde la guerra civil, España está en manos de un gobierno absolutamente inútil, irresponsable, sobrepasado por los acontecimientos y que ha antepuesto su sectarismo a una empresa de salvación nacional que demandaba la crítica coyuntura. En los momentos difícileses cuando se mide la talla de los gobernantes y Pedro Sánchez no sólo carece de credibilidad, sino que balbucea noqueado sobre el rumbo que debe imponer a la nave del Estado.  Sin la más mínima autocrítica por la falta de previsión, por la falta de categoría de sus ministros, por los errores cometidos y la absoluta descoordinación con los gobiernos regionales, aparece cada semana a sacar pecho y continuar en una gigantesca operación de marketing, pagada por todos los españoles, consistente en esparcir las culpas al adversario y amenazar a la oposición con la Fiscalía General del Estado en manos de una sectaria enciclopédica.

Ya llevamos más de 20.000 muertos oficiales y todos sabemos que son muchos más. Los españoles de a pie no podemos hacernos test y nos contentamos con una llamada semanal del centro de salud y aplicaciones informáticas que no sirven para nada, hasta que te falta el aire y te tienes que ir al hospital. Es difícil comprar guantes, faltanmascarillas, faltan equipos de protección y la culpa de todo la tienen “los recortes”, palabra mágica con la que el Rasputín de la Moncloa pretende alejar de su amado líder cualquier responsabilidad por la catastrófica gestión de la pandemia.

Un gobernante serio, que pensase en servir a España en lugar de servirse de ella, habría hecho una crisis de gobierno a principios de marzo y habría llamado a la oposición para nombrar un gobierno de salvación nacional con personalidades independientes en todos los órdenes. No sólo habría sido aplaudido por toda España, sino que también habría conseguido diluir su posible responsabilidad en el retraso en actuar. Pero lejos de hacer lo que aconsejaba la prudencia y el bien común, ha mantenido un gobierno de ineptos revolucionarios que un día reivindican la república, otro día reciben de madrugada a la Vicepresidenta delincuente de Venezuelaotro se bajan los pantalones ante los que quieren destruir la nación española otro releen las tesis revolucionarias del admirado Lenin desde sus amplias dachas del extrarradiopara saber cómo emular su toma del poder en medio de una desgracia, mientras España ocupa el triste podio de los países con mayor mortandad de todo el mundo.

Para ello cuenta con la entusiasta colaboración de unos medios de comunicación genuflexos ante la lluvia de millones que les llega antes que la renta mínima universaly que se pasan el día detectando bulos fascistas por doquier sin reparar en las mentiras que se vierten a diario desde el Palacio de la Moncloa. Y con el silencio cada día más indignado de millones españoles encerrados en sus casas atemorizados por el virus y más aún con un futuro sombrío de paro y carencias que asolará nuestra nación.

No puede pedirse a los españoles sacrificios como los que están haciendo, encerrados en sus casas, sin poder ganarse la vida, viendo cómo se mueren sus seres queridos en soledad, sin poder despedirse de sus padres, de sus hijos, de sus mujeres y al mismo tiempo gastar bromitas en el parlamento, e insultar los sentimientos y los símbolos de la mayoría de los españoles amenazando con enviarte a la fiscalía si osas desafiar la verdad oficial. Me avergüenza especialmente la nula sensibilidad de unos gobernantes que ni siquiera han tenido la decencia de decretar luto oficial cuando los españoles se mueren a chorros como nunca antes desde la guerra civil.

Estamos en una situación límite en la que se están pisoteando los derechos fundamentales de los españoles por un Estado que zozobra sin rumbo ni timonel, empeñado sólo en saber cada mañana qué le aconseja su Rasputín de cabecera para mantener la integridad de su mullido colchón.  Ante esta situación de una gravedad extraordinaria, no cabe la componenda ni la comprensión. La oposición en bloque debe dar una respuesta constitucional seria y rotunda y exigir la formación de un gobierno de salvación nacional que tome el mando del Estado sin hacer política partidista, que afronte la crisis sanitaria y económica con determinación y amplios poderes. Los españoles estamos dispuestos a sacrificar nuestra libertad para salvar a España, para salvar vidas y puestos de trabajo, pero nunca para ver cómo queda inerme y moribunda, a merced de los que quieren acabar definitivamente con ella.

Luis Felipe Utrera-Molina
Abogado  

15 de abril de 2020

Escolios (VI)


Uno de los frutos amargos de la opulencia suele ser la esterilidad, fraterna hermana del egoísmo. En el siglo pasado en Occidente, en un momento de crecimiento y optimismo, la mentalidad anticonceptiva se abrió paso a partir de 1968. Un Papa, ese mismo año, advirtió, profético, de todas sus consecuencias al mundo entero. Demasiados dentro de su Iglesia desoyeron y desoyen, aún, con soberbia, sus enseñanzas. 52 años después, tanto las sociedades opulentas de todo el mundo como la Iglesia Católica junto con muchas otras iglesias cristianas, fueron transformadas por esa mentalidad. Los resultados: se enfrentan mal a su inevitable envejecimiento; asisten debilitadas a una pandemia que afecta más a sus ancianos; sus mensajes de apoyo espiritual de las Iglesias se diluyen en un maremágnum de mensajes bienintencionados. Es preciso recordar, ahora, que fruto indirecto y cuasi simultáneo de la píldora y la mentalidad anticonceptiva son las innumerables víctimas del aborto, siendo imposible deslindar este horror de esa mentalidad cuya tristeza casi nunca ha sido contada y cuya imposición blanda o imperativa casi nadie combate y que sigue perfilando una pendiente inclinada por la que transitan todas las sociedades opulentas sin excepción hasta su colapso o catársis.

                                                                                                                                       FUEYO


2 de abril de 2020

Honrar a nuestros mayores




“Quisiera haber muerto despacio, en casa y cama propias, rodeado de caras familiares y respirando un aroma religioso de Sacramentos y recomendaciones del alma: es decir, con todo el rito y la ternura de la muerte tradicional. Pero esto no se elige (…)”. Estas palabras, escritas hace 83 años por un joven de 33 años condenado a muerte la noche antes de su fusilamiento, nos estremecen y apelan estos días viendo como tantos de nuestros mayores cierran los ojos sin el consuelo de una mano, de un beso, del cariño de sus familiares, quienes al mismo tiempo sufren el desgarro emocional de no haber podido dárselo.

Yo tuve la fortuna y el privilegio de poder cuidar de mi padre en sus últimos días. Un privilegio que compartí con mis siete hermanos y con mi madre. Nunca le faltó la mano, el beso ni el te quiero de cada día. No le faltaron los sacramentos, ni el cariño de sus amigos. Y aunque estaba en paz con todos y esperaba la muerte con enorme serenidad, sé que su marchito corazón era sensible a tanta ternura. Y también sé que, después de su partida, los que nos quedamos sentimos el consuelo de no habernos dejado ningún beso, ningún abrazo, ninguna oración, ningún te quiero por decir.

Hoy, cuando se cuentan por millones los besos que nunca llegarán a su destino y tantos te quiero han quedado para siempre amordazados, la impuesta soledad de nuestros mayores en la hora del sufrimiento parece interpelar a una sociedad que los aparta y parece más empeñada en buscar fórmulas que faciliten su tránsito que en atender a su dignidad como personas y proporcionarles el consuelo y compañía que merecen en el ocaso de sus vidas. Fiel reflejo de lo que escribo es la escandalosa, por indecente, reacción de las autoridades holandesas, paladines de la eutanasia, por la excesiva presencia de ancianos en las unidades de cuidados intensivos ocupando el lugar de personas jóvenes.

Esos mayores fueron los que levantaron una España rota y en ruinas con su trabajo y su ilusión; los que soñaron con la bicicleta que no tuvieron y fueron felices al poder comprársela a sus hijos, los que hicieron posible que sus hijos vivieran en una España mejor que la que les había tocado vivir; los que estaban dispuestos a abrazarse con los que habían combatido en distinta trinchera, o con los que mataron a su padre, porque creían en el futuro de España. Son los mismos que han cuidado de nuestros hijos para que nosotros pudiéramos trabajar o irnos de viaje, los que les han enseñado a rezar; los que hoy mueren en soledad para que podamos vivir los demás.

Quisiera pensar que esta maldita catarsis, además de llevarse tantos abrazos perdidos, pueda barrer todo lo vacuo y egoísta que infecta esta sociedad desde hace décadas. Quisiera creer que la cultura de la muerte (aborto, eugenesia y eutanasia) ceda frente a la cultura de la vida, de la esperanza, del amor; y que el espíritu de unión y socorro que nos hace fuertes aplaste el gregarismo aldeano de una nación que parecía abocada a su desaparición. No podemos rendir mejor homenaje a nuestros mayores que enderezar el rumbo de una nave que dejaron en nuestras manos y se encuentra a la deriva.

Cuando todo esto termine, cuando volvamos a llenar las calles, cuando sonriamos en medio de un atasco, cuando nos apretemos en el tendido de la plaza y nos demos codazos ante un natural interminable, cuando nos abracemos jubilosos por un gol en el descuento, cuando recuperemos nuestras vidas, no estaría de más que nos acordásemos de los que lo dieron todo ayer y están dándolo todo hoy y les rindamos el enorme tributo de admiración que se merecen.

Mientras tanto, los que aún podáis, besad y abrazad a vuestros padres y a vuestros abuelos. Saboread cada minuto de su compañía, decidles mil veces te quiero y pedidles que os repitan otras mil esa historia que ya os sabéis de memoria pero que les gusta contar, porque mañana puede ser muy tarde.

Dicen los hombres de la mar que el momento más oscuro de la noche es el que precede a la aurora. Aún desde esta ardiente oscuridad no debemos perder la esperanza en una nueva amanecida. Detenernos, volver la vista atrás y repetir nuestros errores, sería traicionar el mandato de nuestros mayores, desoir su exigencia, hacer inútil su sacrificio e incapacitar la posibilidad de conquistar con su ejemplo la dignidad de un nuevo mañana fraterno y solidario, que haga que nuestros hijos se sientan orgullosos de esa empresa, grande y apasionante que se llama España.


Luis Felipe Utrera-Molina
Abogado

7 de febrero de 2020

La mirada de los niños de Ryan. José Utrera Molina


 El 6 de febrero de 1981 apareció el cadáver del Ingeniero José María Ryan en un camino forestal entre Zarátamo y Arcocha con un disparo en la cabeza.​ Atado atado y amordazado, fue asesinado cobardemente por la ETA tras siete días de tortura y secuestro. Ryan tenía 39 años y dejaba 5 niños huérfanos. El 8 de febrero de 1981, el Diario "El Alcázar" publicaba este artículo de José Utrera Molina.




20 de enero de 2020

El silencio culpable

Artículo publicado en La Razón el 6 de enero de 2020


El 22 de junio de 1978, ABC publicaba un artículo firmado por mi padre, José Utrera Molina, titulado “El silencio culpable”. Comenzaban a conocerse detalles preocupantes de las negociaciones para la redacción del título VIII de la Constitución y merece la pena extraer un párrafo que, leído hoy, cuatro décadas después, resulta verdaderamente premonitorio. «El que afirma que el problema de aceptar o no la voz nacionalidades se reduce a una cuestión terminológica, o no tiene sentido de la política, ni de la Historia, o no obra de buena fe. En política no hay palabras inocuas cuando se pretende con ellas movilizar sentimientos. El término nacionalidad, remite a nación o Estado. Cuando alguien dice que “Cataluña es la nación europea sin Estado que ha sabido mantener mejor su identidad”, resulta muy difícil no ve que se está denunciando una «privación del ser», que tiende «a ser colmado para alcanzar su perfección», y preparando una sutil concienciación para reclamar un día ese estado independiente a que la imparable dinámica del concepto de nacionalidad habrá de conducir hábilmente manejada.»

Aquel profético artículo le granjeó entonces el desprecio e insulto de una clase política que, afanada en encontrar acomodo en las mullidas alfombras del consenso, le alistó para siempre en la caverna del inmovilismo, apartándole de la vida pública. Hoy podemos decir sin ambages, a la vista de la situación que vivimos, que algunos obraban de mala fe, y la mayoría con una carencia absoluta de sentido de la política y de la historia, abriendo un melón -el de las nacionalidades- que lejos de neutralizar al separatismo, no hizo sino darle unas alas que no tenía, fomentando el aldeanismo y la insolidaridad entre las distintas regiones de España.

La explosiva combinación entre un título VIII jamás armonizado y una ley electoral hecha a medida de los nacionalistas, ha acelerado un proceso de centrifugación que amenaza seriamente la existencia de la nación más antigua de Europa. Las últimas cuatro décadas han sido escenario de una constante cesión al separatismo por parte de los partidos tradicionales que se han alternado en el poder, PP y PSOE, cada vez que han necesitado los votos de las minorías nacionalistas para una investidura.

Felipe González cedió en 1993 la corresponsabilidad fiscal (15% del IRPF) y dio paso a las primeras transferencias. Mucho mayor fue el precio que pagó el PP de Aznar en 1996: supresión de los gobiernos civiles (sustituidos por Delegados del gobierno con muchas menos competencias), cesión de competencias de tráfico a los Mossos d'Esquadra, transferencias en justicia, educación, agricultura, cultura, farmacias, sanidad, empleo, puertos, medio ambiente, política lingüística y vivienda, además de la sustitución de los topónimos oficiales españoles de las ciudades vascas, catalanas y gallegas por los de sus lenguas vernáculas. En 2004 un irresponsable Zapatero llegó al poder de la mano de los independentistas catalanes prometiendo aceptar el Estatuto que aprobase el Parlament cuyo texto adolecía de una palmaria inconstitucionalidad, parte de la cual se tragó el Tribunal Constitucional en una sentencia salomónica que no contentó a nadie.

La abierta rebeldía que vive Cataluña no es sino el resultado de cuatro décadas de adoctrinamiento en la mentira más abyecta y en el odio a todo lo español por parte de una clase política, no ya mediocre, sino también instalada en una corrupción sistémica. Decía Camús que había una estrecha simbiosis entre el odio y la mentira y ya hace décadas el catalán universal Josep Plase preguntaba si algún día tendrían en Cataluña “una auténtica y objetiva historia, que no contenga las memeces de las historias puramente románticas que van saliendo”. El resultado es que hay toda una generación de catalanes instalados en un aldeanismo cerril que ya no atiende a los tradicionales estímulos económicos que otrora caracterizasen a sus paisanos.

Sin embargo, en los albores de 2020, lejos de tratar de combatir al separatismo con la fuerza de la ley, asistimos atónitos al dramático espectáculo de un presidente errático, mitómano y debilitado dispuesto a dilapidar el Estado de derecho y reconocer naciones por doquier y otorgar mercedes imposibles con tal de mendigar el apoyo en la investidura de quienes están en abierta rebeldía contra España. Con no menos sorpresa nos contemplan el resto de las naciones, viendo cómo el gobierno de España negocia con quienes quieren destruirla como nación.  

Ante esta coyuntura hay que afirmar una y mil veces, en alta voz, que la nación española es una e indivisible. España creó hace más de cinco siglos una nueva fórmula de comunidad humana, basada en una innegable realidad geográfica, cultural e histórica que hemos heredado de nuestros mayores y que debemos legar a nuestros hijos. Hay que armonizar la unidad y la diversidad, pero nadie tiene derecho a romper la unidad nacional porque eso sería una traición a nuestra historia y a nuestra libertad. Cataluña no es posible sin España y España dejaría de serlo sin Cataluña.

 Callar cuando la unidad de España está en peligro es la peor de las cobardías. Yo, al menos -como hiciera mi padre hace ahora 42 años- no quiero dejar de sumar mi voz a las que ya se levantan frente al riesgo clarísimo de perderla. Quiero que se sepa que no todos los españoles estuvimos de acuerdo en quedarnos sin Patria.

Luis Felipe Utrera-Molina