"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

21 de mayo de 2021

EL GOBIERNO DE LA MENTIRA

Uno de los síntomas más alarmantes de la degradación moral que afecta a nuestra nación es, sin duda, la pasmosa indiferencia y el mimetismo con que los españoles asisten a la normalización de la mentira en sus representantes políticos. A diferencia de la mayoría de las sociedades occidentales, que castigan con dureza el descubrimiento del engaño y la impostura en sus políticos, la sociedad española no sólo no penaliza el engaño o la mentira sistemática de su clase política, sino que parece asumirlo como un elemento de uso común, como algo natural e inevitable, acaso como una fatalidad. 

 Aun admitiendo que todos nuestros gobernantes, con mayor o menor descaro, han faltado en algún momento a la verdad, existe una clamorosa unanimidad a la hora de considerar que Pedro Sánchez ha fulminado todos los récords a la hora de decir una cosa y su contraria, eso sí, sin perder la compostura y con la insólita complacencia de unos medios de comunicación que no se rasgan las vestiduras ante una reiteración abrumadora y sin precedentes de falsedades, engaños y medias verdades. 

Es difícil pedir que sea fiel a la verdad quien comenzó engañando erga omnes plagiando su tesis doctoral. Pero tan lamentable impostura se vio ampliamente superada cuando Sánchez se presentó a las elecciones asegurando con contundencia que jamás pactaría con Podemos, para abrazarse a Pablo Iglesias a las 24 horas de cerrarse las urnas. Aún resuena el célebre: “si quiere se lo digo cinco veces o veinte, con Bildu no vamos a pactar”, o el no menos mendaz: “no voy a permitir, con todos los respetos hacia los votantes de Esquerra Republicana, que la gobernabilidad de España descanse en partidos independentistas”, que en unos pocos días se vieron desmentidos al pactar con todos ellos para llegar a la Moncloa. 

Consciente de la rentabilidad de la mentira, Sánchez no sólo le perdió el miedo, sino que contagió de impostura al resto de su gobierno que, desde entonces, no ha cejado en utilizar la mentira de forma sistemática. Mintió el gobierno al permitir que se celebrasen las manifestaciones del 8M ocultando la alarma de la OMS sobre la rápida evolución de la pandemia; mintió Marlaska con descaro cuando, para justificar el cese ilegal de Pérez de los Cobos, negó haber solicitado el informe sobre el 8M; mintió el gobierno al desaconsejar hace un año el uso de la mascarilla ocultando que la verdadera razón era el desabastecimiento; mintió sobre el comité de expertos que nunca existió; mintió Sánchez en julio de 2020 cuando proclamó a los cuatro vientos que habíamos “vencido al virus y doblegado la pandemia”; mintió Ábalos en los casos Delcy Rodríguez y Plus Ultra y ha mentido sistemáticamente el gobierno al ocultar y falsear una y otra vez el número de muertos causados por la pandemia. La última mentira ha sido el pueril intento de polarizar la campaña de Madrid en torno a una inexistente amenaza “fascista”, conscientes de la falta de un proyecto mínimamente serio que ofrecer. Y lo más grave es que esa relación no es en modo alguno exhaustiva, sino meramente ejemplificativa, que habrá quedado superada cuando se publique este artículo. 

 Este gobierno merece pasar a la historia como el gobierno de la mentira, pues ha sido su seña de identidad el falseamiento constante de la realidad como arma política, amenazando con hacer saltar por los aires la pacífica convivencia de los españoles. Jean-François Revel sostenía que “la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira» y Albert Camus afirmaba que “existe un nexo biológico entre el odio y la mentira”. Puede afirmarse que mientras más se odia, más se miente, pues la mentira no deja de ser la máscara del odio. Y es precisamente el odio (y el sectarismo como subproducto), uno de los rasgos que mejor definen a Pedro Sánchez: un odio que le sirvió para alcanzar el poder traspasando las líneas más elementales de la ética y la moral; un odio que alimenta y extiende con la imposición de una visión cainita de nuestro pasado para crispar la vida política y dividir la sociedad en buenos y malos; un odio que amenaza con la voladura controlada de los pilares del Estado de derecho, que socava la necesaria neutralidad de las instituciones y encuentra su caldo de cultivo en una sociedad cobarde, medrosa y domesticada. 

 Existe una contraposición metafísica entre la mentira y la libertad, pues sólo quien vive en la verdad es realmente libre. Haríamos bien en no olvidar la advertencia profética del propio Camus “Allí donde la mentira prolifera, se anuncia la tiranía”. Y es que a este gobierno no le interesa una sociedad libre, que pueda formar libremente su opinión -y su voto- conociendo la verdad, sino una sociedad cautiva, mediatizada por el odio y manipulada por la mentira. 

Pero, al igual que el odio es una pasión que acaba aniquilando a quien la padece, nadie que se alía con la mentira se libra de sucumbir a su servidumbre. Se trata de una simbiosis letal. Es cierto que el mal deslumbra y atrae por su poder y su astucia, pero indefectiblemente acaba siendo siempre derrotado por el bien. Son muchas las señales que anuncian el despertar de muchas conciencias aletargadas y es que los españoles, atenazados por los efectos de la pandemia, empiezan a estar hartos de la asfixiante sensación de impostura y falta de libertad que ha presidido la acción de este gobierno. Por eso me atrevo a predecir que, más pronto que tarde, Pedro Sánchez verá declinar su estrella y acabará siendo consumido por la soberbia que devora implacable a los que se han alimentado sin escrúpulos del fruto de la impostura. 

 Luis Felipe Utrera-Molina Abogado

19 de enero de 2021

Lo esencial



En el curso de una entrevista concedida a la televisión francesa TF3 en febrero de 2016, el Rey D. Juan Carlos reveló la siguiente anécdota: "Días antes de morir, Franco me cogió la mano y me dijo: Alteza, la única cosa que os pido es que preservéis la unidad de España. No me dijo 'haz una cosa u otra', no: la unidad de España, lo demás... Si lo piensas, significa muchas cosas".

Apenas un mes antes de su muerte, la mañana del sábado 18 de octubre de 1975 -según conocemos por el testimonio de su hija Carmen- Franco se encerró en su despacho para escribir el que sería su testamento político. En su último mensaje pidió a los españoles perseverar “en la unidad y en la paz”; “alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España” y añadió finalmente lo siguiente: “Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria.”

No es casual que Franco mencionase hasta tres veces la palabra “unidad”. En su testamento político no hay mención alguna al Movimiento Nacional, a los Principios Fundamentales o al Ejército. En los umbrales de su muerte, el viejo general, con la perspectiva de sus casi 83 años de vida y 39 años en el poder, consciente ya de que el edificio institucional que había construido iba a ser rápidamente desmontado, quiso advertir a su sucesor y a todos los españoles, sobre lo que consideraba esencial y acaso más frágil, consciente del peligro latente que representaban para España los movimientos centrífugos, agazapados durante su mandato a la espera de mejor ocasión.

No tardaron mucho los nacionalismos periféricos en sumarse con entusiasmo al proceso de la transición, tras el Real Decreto-ley 20/1977 sobre Normas Electorales que les concedía un peso político asimétrico y desproporcionado con el que poder condicionar el futuro de la nación y el título VIII de la Constitución de 1978 que establecía un marco competencial a las autonomías propio de un Estado Federal. Sólo puede achacarse tan peligrosa claudicación a la irresponsabilidad de quienes pilotaron la transición, embriagados en el empeño conseguir consensos que poder exhibir como medallas al precio que fuera. Las pocas voces que en aquél entonces se alzaron advirtiendo del peligro que todo ello entrañaba para la unidad nacional (Fernández de la Mora y mi padre, entre otros) fueron silenciadas y condenadas al ostracismo, acusados de sostener pretensiones cavernarias, contrarias al progreso y a la modernidad.

Hoy, 45 años después de la muerte de Francisco Franco, la unidad de España está herida de muerte. Durante las últimas décadas, los otrora nacionalistas -ya abiertamente separatistas- han jugado hábilmente sus cartas arañando concesiones de los distintos gobiernos de izquierda o derecha que han ido socavando de forma progresiva la presencia de España en Cataluña y en las provincias vascongadas y la conciencia de pertenencia a una patria común.  Primero fueron cesiones fiscales y política lingüística, luego vendrían las competencias de educación, orden público, supresión del servicio militar, etc., que han utilizado siempre con patente deslealtad con el objetivo de extirpar de raíz cualquier seña de la españolidad de esas tierras.   

Ahora, cuando la unidad de España agoniza en manos de un gobierno social-comunista, amancebado con quienes no disimulan en reivindicar las repúblicas vasca y catalana, y algunos -el primero, el rey D. Juan Carlos- se rasgan las vestiduras ante el denigrante espectáculo que la actualidad cotidiana nos depara, es momento de recordar la clarividencia del hombre que llevó sobre sus hombros el peso de nuestra patria durante 40 años y que, al rendir la vida ante Dios, quiso advertirnos y pedirnos que veláramos por lo esencial. 

Nadie, o muy pocos, quisieron escucharle entonces y el tiempo se ha encargado de darle la razón, cumpliéndose los pronósticos más sombríos.  Asistimos atónitos e impotentes a la deconstrucción progresiva de la nación más antigua de Europa, mientras se desactivan con precisión de bisturí las únicas instituciones que la Constitución consagra como garantes de la unidad indisoluble de la patria: la Corona y las Fuerzas Armadas. 

Dicen los hombres de la mar que el momento más oscuro de la noche es el que precede a la aurora y conviene no olvidar que nuestra Patria ha sabido resurgir de sus cenizas en peores coyunturas. Si Dios quiere que España no perezca en manos de sus enemigos, algún día habrá de rendir homenaje y desagravio a quien puso hasta el final, por encima de toda mira personal, la defensa de la sagrada unidad de la nación española.  


Luis Felipe Utrera-Molina