"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

17 de febrero de 2015

Yo soy copto


La estremecedora imagen de los 21 cristianos coptos a punto de alcanzar la palma del martirio a manos de unos salvajes desalmados, nos debe hacer reflexionar sobre la distinta reacción que ha provocado en occidente este acto de barbarie comparado con lo sucedido recientemente en París.

Yo no soy Charlie, ni lo seré jamás, pues como cristiano no me es dado ofender ni escarnecer a nadie por su credo o religión. Pero yo sí soy copto. Tan bautizado e hijo de Dios como todos los mártires de Libia, de Irak, de Siria o de Nigeria, que han sido asesinados por su condición de tal, sin que mediara insulto o provocación alguna.

Sin embargo siendo infinitamente más numerosos los cristianos que los charlies, no he visto en los medios de comunicación un relieve informativo equiparable al de los sucesos de París. No he visto a los líderes mundiales condenando en alta voz esta barbarie. Ni siquiera a mi presidente del Gobierno, que se dice cristiano, haciendo una declaración institucional. Nadie ha viajado a El Cairo para apoyar a los cristianos coptos o solidarizarse con el pueblo egipcio. 

Y sin embargo el repugnante y sangriento vídeo iba dirigido a todos los cristianos quienes estamos en el punto de mira por el hecho de nuestra fe.

No imagino reacción semejante entre el pueblo judío, ni tampoco del pueblo musulmán. Y es que, por desgracia, son legión los cristianos que se avergüenzan de serlo, los mismos que trataron de expulsar a Dios de la Constitución europea.

Afortunadamente, la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Que los 21 mártires que se unen en el cielo a los miles que les precedieron en el martirio intercedan para que su bienaventurado ejemplo sea semilla de esperanza en una sociedad anestesiada por el relativismo, el materialismo y la ausencia de Dios.


LFU

6 de febrero de 2015

Un inquietante porvenir. Por José Utrera Molina


La portada de ABC de ayer sobre la estimación de voto de los españoles invita a una seria y profunda reflexión. No se trata de establecer equivalencias ni de juzgar proporcionalidades. Ante nuestros ojos aparece dibujado en trazos gruesos el próximo porvenir de España. Hay una fuerza emergente que sin duda alguna ha de ser reconocida. La conveniente estabilidad y la determinación en la política no permiten mirar con indiferencia el empuje de una perturbación institucional efectiva.  No sólo está en juego el sistema partitocrático que salió de una transición pacífica, aunque cortoplacista. A mi modesto parecer, son los cimientos de la España vital los que  se están asentando sobre arenas movedizas.

Los pueblos soportan variaciones y cambios con asombrosa normalidad pero otear en el futuro lo que pudiera significar el triunfo de una izquierda radical borra todas las posibilidades de progreso y de concordia. Es necesaria más que nunca una completa renovación de unas instituciones vapuleadas por el descrédito de una prolongada y amplia epidemia de corrupción.  Pero para eso hay que poner sobre el tapete de la historia coraje y decisión.  Existe una crisis fundamental que afecta a la estructura de un sistema que arrebató al ciudadano su representatividad en beneficio de los aparatos de los partidos y que no ha resistido los embates de una crisis económica que ha tenido efectos devastadores en la esperanza de una juventud que cuestiona legítimamente la viabilidad de unos principios que entonces se consideraron ejemplares.  Si no corregimos a tiempo la estructura esencial de España, si no le damos la vuelta a un sistema indudablemente agotado, corremos el peligro de afrontar su dolorosa liquidación.

Los restos de una España apolillada tienen que ser barridos porque en el caso contrario, el acecho de fuerzas antinacionales será un hecho inescrutable. Buena parte de la culpa la tiene la debilidad ideológica de la llamada derecha española que ha renunciado a la defensa de sus principios tradicionales acomodándose acomplejada  ante la pretendida superioridad moral de la izquierda. Y es que, ante el intolerable espectáculo cotidiano de la corrupción de buena parte de la clase política, sindical y financiera, las cifras de la recuperación económica no se me antojan como remedio suficiente capaz de ilusionar a un electorado que se ha sentido claramente defraudado. 

Los impulsos revolucionarios estuvieron siempre en la raíz de la historia de España y es responsabilidad del hombre político encauzar esas corrientes, en ocasiones arrolladoras, para el bien común de todos los españoles. Los restos de una moral cainita están sobre el tapete de la historia y es preferible borrar esos vestigios porque no conducen a ningún espacio de tranquilidad sino a una zozobra peligrosa y destructiva.

La juventud necesita ríos de seguridad, espacios abiertos a su participación y rechaza el desprecio y el orgullo de los que creen saberlo todo y sin embargo no hacen nada.  Por eso me resisto a creer que esta generación que ha vivido en la esquina de una tragedia sobre la tierra de España, pueda incurrir en la defensa de situaciones políticas, de ideas y de principios que el tiempo había clausurado. A estas alturas, fortalecida ya la idea de una unidad europea, no podemos regresar al ámbito estrecho de un particularismo suicida.

Ojalá nuestros gobernantes se apresuren a encauzar con nobleza y generosidad el torrente de novedad que representa el empuje de un movimiento que acierta en el diagnóstico, pero amenaza y atemoriza con soluciones imposibles. España no puede perecer ante una banda organizada de iluminados que pretenden hacernos revivir épocas felizmente superadas.

Si el gobierno renuncia a liderar un ambicioso cambio en el sistema fiándolo todo a las cifras macroeconómicas, corre el riesgo de ser arrastrado por un torrente demoledor de realidades. Yo tengo ese temor, pero mi corazón alberga también la esperanza de que el cambio que se avecina pueda ser positivo. España tiene al alcance de su mano un futuro prometedor en dichosa convivencia, pero requiere en esta hora crítica gobernantes que sepan estar a la altura de las circunstancias.


JOSÉ UTRERA MOLINA

2 de febrero de 2015

"Podemos" como síntoma.

Como a todo cuerpo enfermo, al sistema partitocrático de la segunda restauración le ha salido una pústula que, por un lado, muestra su propia fragilidad y, por otro, amenaza con su destrucción.

El sistema no ha soportado la prueba de una crisis económica profunda y prolongada. En la Alemania de entreguerras la terrible crisis alumbró un monstruo como el nazismo que vino a dar falsas esperanzas y sueños de grandeza a un pueblo sometido que vivía en una atmósfera irrespirable rodeada de miseria.  En España, el populismo de corte marxista de «Podemos» emerge con fuerza entre millones de mileuristas y cieneuristas que han visto como la crisis les dejaba sin trabajo, sin capacidad de hacer frente a sus deudas, desahuciados del hoy y del mañana, mientras asistían atónitos al imperio de la mentira y la corrupción generalizada en los partidos, sindicatos, cajas de ahorro y en la mayor parte de las instituciones del Estado. 

Resulta ingenuo no darse cuenta que el diagnóstico que hace «Podemos» de la realidad de nuestra nación es esencialmente correcto. Su percepción de la oligarquía financiera y partitocrática de estos años es, por desgracia, absolutamente certera y justa pues ha sobrado codicia y ha faltado ejemplaridad. Otra cosa son las fórmulas que propone, que son tan rancias o más que el sistema mismo, ancladas en un frentepopulismo marxista trasnochado y anclado en los postulados de la nefasta II República.

Ante la aparición de este síntoma de evidente agotamiento, ya no valen las formulas caducas y mucho menos la demonización del adversario. La apelación al voto del miedo es cortoplacista y peligrosa y centrarlo todo en la economía es de una ingenuidad mayúscula.   Si el sistema del 78 no afronta un cambio profundo que establezca cauces reales de representación que sustituyan a los aparatos de los partidos, que hurtando la soberanía al pueblo quitan y ponen a capricho parlamentos, gobiernos, miembros del consejo del poder judicial y tribunal constitucional, es muy probable que acabe siendo destruido por las fuerzas antisistema.

La única solución posible es ir hacia un sistema de circunscripciones en las que se asegure que cada representante responde ante su electorado y no ante su partido, hoy por hoy el único electorado que tienen los representantes. O el sistema barre y airea la casa o será inevitablemente barrido desde fuera.

O el sistema se reinventa totalmente y termina de una vez con la partitocracia,  o la partitocracia acabará con el sistema sustituyéndolo por algo mucho peor.


LFU

27 de enero de 2015

Hay que creer en España

Traigo aquí un curioso editorial del Diario "Pueblo" del mes de julio de 1974, elaborado sobre la percha de una bonita fotografía en la que aparezco con mi padre, llevando el uniforme de la OJE, contraponiendo la tecnocracia y el utilitarismo, representados por Garrigues, a la lucha imposible de mi padre por evitar que el Movimiento languideciese como un cascarón vacío que, en pocos años, acabaría por disolverse por falta de sustancia.

Sin embargo, me ha llamado la atención la siguiente frase por su indudable actualidad, cuarenta años después:  «Malo sería que deseásemos volver a presuntos racionalismos en los que no fuese posible que la palabra política que se proyecte sobre el mañana se hiciese mano apoyada en el hombro de un niño. Y malo será que ese lenguaje no se entienda por quienes dicen que pretenden entender lo que es nuestro pueblo.» 

LFU

20 de enero de 2015

España, Patria y Ejército. Por José Utrera Molina



Para dar vida a la vida, Dios creó la palabra. La palabra lo es todo y no caben envolturas perniciosas que ataquen su propia esencia. Desde mi niñez, he respetado siempre no ya el uso de las palabras, sino su propia raíz para no crear confusiones ni desalientos. Hoy leo en las páginas del diario ABC un artículo de Gabriel Albiac que encuentro absolutamente improcedente. Se reitera en todos los medios de comunicación la exigencia de respeto a la libertad de prensa, pero todos sabemos que esa palabra hermosa, justiciera y universal a veces se quiebra en la vileza de las malas intenciones. El artículo al que me refiero ofende no solamente a colectivos muy concretos sino a muchísimos españoles, entre los que me cuento.

El Señor Albiac tiene derecho, que no discuto, a escribir lo que le parezca oportuno. Pero hay límites a esa oportunidad. Afirma que en España, la patria, el ejército y ella misma, fueron secuestradas por la dictadura quebrantando el uso normal de su sentido en la lengua, que el sentido de tales vocablos nos fue arrebatado por aquél régimen. Y yo le contesto que tal aseveración no solamente constituye un error de visión, sino un ataque injusto y miserable a los que hemos pronunciado el nombre de España con las entrañas de nuestro corazón.

Estoy obligado a decir que al menos yo y muchos que pertenecen a mi generación -y tengo ya 88 años-, hemos nombrado y comprendido a España como un valor permanente y absoluto y no como una expresión insulsa y zarzuelera. La hemos escuchado con emoción en labios de los que iban a morir, la hemos ensalzado en estudios y en trabajos que valoraban en alto grado lo que nuestra patria representaba. Es cierto, que el vocablo patria estuvo muy presente en la etapa de la dictadura que el señor Albiac condena. “Todo por la patria” era el emblema común que presidía nuestros acuartelamientos y centros militares. Quien lo ideó no creo que estuviera ofendiendo con ese rótulo, -cuya significación es de todos conocida- a un valor extraordinario y permanente.  En relación con el ejército, al que me siento ligado desde la etapa de la milicia universitaria, declaro que su contenido, sus formas y su disciplina no constituían jamás un abuso sino una declaración formal y efectiva de lo que como esencia permanente correspondía al nombre de España. Creíamos entonces y lo recoge también el artículo 8 de la Constitución que el ejército era la salvaguardia de lo permanente y no la referencia más o menos retórica de un valor circulante.

Afirmar que España, patria y ejército han sido exhibiciones permanentes de un régimen político determinado, no sólo no responde a la verdad sino que entra en la infame categoría de las vilezas. Afirmar que el valor de la patria, el sentido de España y la esencia del ejército se perdieron en 1939 es simplemente una mentira. Desde 1939 no secuestramos las palabras sino que las rescatamos y ensalzamos orgullosos frente a aquellos que, primero las condenaron al ostracismo, sustituyendo a España por la República y luego las insultaron con aquellos gritos de ¡Muera España! que muchos todavía recordamos y que por su edad el señor Albiac no ha podido conocer.

Ya va siendo hora de que estos vocablos enaltecedores de valores permanentes y absolutos mantengan su valor sin menoscabar su esencia. Que se pronuncien, como entonces, con orgullo y sin estúpidos complejos. Sostener que el régimen anterior arrebató a los españoles el uso normal de tales palabras no es un error, es una infamia y como tal espero que quien ha escrito esas palabras indeseables sepa rectificar cabalmente. Ya va siendo hora de que se diga la verdad y toda la verdad.


JOSÉ UTRERA MOLINA

16 de enero de 2015

Sobre Charlie y los peligros del multiculturalismo

Como acertadamente escribía hace días Enrique García Máiquez, todos los que creemos en los valores de la civilización cristiana somos víctimas potenciales del islamismo radical. Eso es lo único que me une con quienes hacen negocio de la blasfemia, de la procacidad y la provocación soez, a los que por lo visto no se puede reprochar su actitud so pena de ser acusados de justificar su asesinato. 

Me gustaría ver al “equidistante” Fernando Ónega decir lo mismo que ha dicho hoy del Papa Francisco, si estuviéramos hablando de una revista que reivindicase, por ejemplo, los valores del nazismo y la negación del holocausto y quienes les hubieran acribillado hubiera sido un comando de desvariados integristas judíos.

Las civilizaciones entran en decadencia cuando dejan de creer en sí mismas y la civilización occidental comenzó su declive cuando dejó de defender y reivindicar los valores de la cristiandad que son los que han constituido su basamento.  

Lo que estamos viviendo en Europa en los últimos tiempos es una consecuencia lógica del llamado “multiculturalismo”, que no es sino la plasmación del complejo de nuestra civilización ante culturas claramente inferiores que niegan el respeto a la dignidad profunda del ser humano, que degradan a la mujer hasta límites intolerables y discriminan al infiel de forma notoria, pero cuya fuerza viene de la propia cohesión de sus componentes quienes fomentan el arraigo de sus valores y creencias.

Toda comunidad tiene derecho a defender su modo de vida y sus principios frente a la agresión de quienes se niegan a integrarse y quieren imponer una cultura totalitaria basada en el fanatismo religioso. Pero para exigir la aceptación de unos valores, primero hay que creer en ellos y no tengo muy claro que los líderes europeos estén dispuestos a reconocer y reivindicar los valores de nuestra civilización cristiana y occidental.


LFU

2 de enero de 2015

La Cruz y el Puñal

Título: The Cross and the Switchblade.
Autor: Reverendo David Wilkerson.

Se trata de unos de los libros fundacionales del movimiento carismático cristiano en Estados Unidos y por extensión en el resto del mundo. La Renovación Carismática, potente motor en la actualidad dentro de la Iglesia Católica reconoce, sin embargo, como uno de lospioneros de la experiencia carismática al reverendoprotestante Wilkerson y sus seguidores que a finales de los 50 surgen en las barriadas más castigadas por la droga, la violencia y la exclusión en Nueva York.

Es una narración autobiográfica centrada en el nacimiento de la experiencia de redención personal y espiritual de los jóvenes miembros de las bandas delictivas que surgen en la periferia del sueño americano, precisamente en el lindero más cercano del American Dreamen el Bronx y en ciertas zonas de Brooklyn, en las zonas suburbiales de Nueva York, dónde las condiciones de vida de los inmigrantes venidos de Puerto Rico, República Dominicana y las comunidades negras más humildes convivían en unas circunstancias de enorme precariedad, en vecindad dolorosa y contradictoria con la gran opulencia de la ya entonces, capital del mundo a fines de la década de los 50.

También es un relato de conversión y seguimiento interior a la llamada del Señor. Ése y no otro es el leit motiv del relato. Escrito con sencillez es difícil no sintonizar y emocionarse con la obediencia valiente y humilde a la llamada que el reverendo recibe y la tenacidad llena de fe con la que prosigue su obra en la confianza que la Providencia es la que guía sus pasos. Asimismo resulta no poco chocante y sorprendente, para la mirada racionalista y analítica del europeo actual (creyente o no),la invocación al Espíritu Santo y su manera de manifestarse que el reverendo y sus seguidores plantean como elemento medular de su predicación y experiencia religiosa.

Quien quiera conocer esta realidad emergente en el Cristianismo actual, que tiene una fuerza notable, aparentemente destinada a seguir creciendo y a jugar un papel importante en la unidad de los cristianos de todas las confesiones, éste es un buen libro para comenzar a conocer a la Renovación Carismática, cálida e inconfundiblemente cristiana. 

César Utrera-Molina Gómez