"Mi sueño es el de la patria, el pan y la justicia para todos los españoles, pero especialmente para los que no pueden congraciarse con la patria, porque carecen de pan y de justicia.". JOSÉ ANTONIO

26 de septiembre de 2015

Cataluña nunca dejara de ser española. Por José Utrera Molina

Artículo publicado en Abc el 26 de septiembre de 2015

Hace ya muchos años en el calendario alborotado de España, se registraba un acontecimiento para muchos españoles extremadamente doloroso. El presidente de la Generalitat de entonces, había culminado su siembra y declarado el Estado Catalán. Yo entonces, tenía 9 años y por tanto no podía comprender la profundidad del acontecimiento que las radios transmitían. Pero hubo algo referido en algún que otro artículo mío, que me llamópoderosamente la atención. Las lágrimas de mi abuelo que se encontraba encorvado junto a un aparato de radio telefunkenCreo que ahí nació el dolor de mi patriotismo. No presumo de él. Lo ostento y creo que me acompañaráen los últimos momentos de mi vida.
Cataluña es una parte fundamental y esencialísima de España. Yo he recorrido sus ciudades, sus pueblos. He convivido con una gente verdaderamente extraordinaria. Jamás se planteó en mi presencia la posibilidad de una separación de aquellas tierras entrañables. Pero lo fataltiene siempre una vertiente de ocurrencia y hoy nos arrebata el corazón las vísperas de un episodio trascendente.
Si repasamos la historia de España, nos encontramos con infinidad de episodios que otorgan al pueblo catalán la hegemonía del patriotismo español. En la guerra de la Independencia, brillaron a gran altura, no solamente figuras excepcionales sino el furor contenido de los catalanes que no podían admitir que nos pisaran las botas el ejército francés comandado por Bonaparte. Nos preguntamos atónitos y turbados pero ¿es posible que se plantee un problema de estas dimensiones, de este significado y de esta importancia?. ¿Es posible que sobre el silencio de los españoles se pueda perpetuar un crimen histórico que abandera y eleva a nuevos altares  al espíritu de Cataluña?. Cataluña es española, lo repito una y otra vez. Un hijo mío ha permanecido sirviendo los intereses españoles más de 18 años en Barcelona. Ha vivido las notas increíbles de una sinfonía sin instrumentos. Me refirió en varias ocasiones la úlcera agrandada por insolventes y malhechores y que tarde o temprano esa herida tendría que abrirse ante la perplejidad dolorosa de todos los españoles. Pues bien, esa hora ha llegado. Estamos en las vísperas de un acontecimiento inigualable, de una traición que pone los vellos de punta, de un disparate que no tiene límites ni explicaciones. España no puede permitir que una parte de sus entrañas quede desgajada de su valor central, corrompiendo lo que los siglos han compuesto como una irrevocable unidad de todos aquellos que nos sentimos españoles. ¿Qué vamos a hacer? Todo menos callarnos. Denunciamos en alta voz la trágica desmesura del SeñoMas y nos sorprende dolorosamente que haya gente que le acompañe en su camino infernal y traidor. Yo acuso al Señor Más de traidor y lo hago con toda la fuerza de mi espíritu, con todos los resortes que aún me quedan de mi empobrecido corazón. Le pido a Dios morir antes que contemplar la ruptura de la sagrada unidad de España. 
Alguien dirá que tengo el alma encendida. Es cierto. Y me duele y me destroza este fuego interior pero España no puede morir en brazos de gente sin escrúpulos que tienen por emblema la cobardía y por cobijo la mayor de las desvergüenzas.

24 de septiembre de 2015

¿Catalanizar España?

Dejo al margen la para mí disparatada decisión de que un ministro del gobierno de España se preste a debatir con el número 5 de una candidatura al parlamento autonómico que propugna la secesión de una parte de España. Si se sostiene que son unas elecciones autonómicas y que en ellas no se decide la soberanía, ¿a qué viene darle esta relevancia? ¿no se está entrando en el juego de los separatistas?

No vi el debate, pero sí alguno de sus cortes. Y una vez más Margallo nos regaló con una de sus píldoras de complejistina con las que trata de hacerse el simpático a quienes quieren robarnos la cartera a todos los españoles: “Hay que catalanizar a España”.

Cuando hablo con mi hija adolescente y tengo que decirle que no, no acostumbro a decirle después que pese a todo, su madre y yo debemos adolescentizarnos. Si lo hiciera, mi hija, que de tonta no tiene un pelo, captaría perfectamente el mensaje: ella lleva toda la razón, pero las cosas son como son. Una victoria moral.

Pues bien, la errática y suicida trayectoria del pueblo catalán en los últimos cuarenta años no es ni mucho menos como para alabar su sentido común. Teniendo la clase política catalana una evidente responsabilidad, no podemos olvidar que esa clase política ha sido elegida por sus conciudadanos, que han convivido sin inmutarse en una ciénaga de corrupción institucionalizada y con una estrategia creciente de discriminación étnica y lingüística –sí, lo que leen- propia de la Alemania de los años 30. 
Hace tan sólo unos días, un buen amigo catalán de más de 17 apellidos catalanes y sin embargo –o quizás por ello- español hasta la médula me decía con resignación “ya sólo falta, querido amigo, que nos pongan la estrella”.

Así pues, aquél seny que era señal de identidad de un pueblo próspero, abierto, emprendedor y cosmopolita como lo fue en un tiempo el pueblo catalán, ha sido arrumbado y sustituido por un aldeanismo excluyente y xenófobo que ha triunfado en la actual sociedad catalana, que avanza a marchas forzadas hacia el abismo frente a la cobardía y el silencio culpable de la mayoría.  Y los pocos que aún conservan aquél señero sentido común y se atreven a alzar su voz, son una minoría señalada y apestada que está a punto de ser desahuciada por española.

Nada de dorar la píldora a los canallas. El pueblo catalán de hoy –salvo muy contadas y honrosas excepciones- no tiene nada que enseñar al resto de los españoles. Más bien necesita -y merece- una buena cura de humildad que le redima de unos errores que ya nos están costando mucho a todos.


LFU

21 de septiembre de 2015

Cataluña no es una nación

Esto, que tantos españoles y catalanes tenemos claro y que se publicaba sin ambajes en el año 1932 (magnífico libro, por cierto), no hay un solo político español actual que se atreva a decirlo. Es más, cada vez menos españoles de a pie se atreven a decirlo por miedo a molestar o ser tachado de extremista, radical o intolerante.  Por cobardía.

Nadie puede negar la singularidad del pueblo catalán, como tampoco la del gallego, vasco, andaluz, asturiano, murciano y extremeño, cuya riqueza y variedad convierten a la nación española en la nación culturalmente más rica de Europa. Cataluña tiene una lengua propia y una cultura propia, enriquecida durante siglos por su pertenencia al Reino de Aragón y después al reino de España. Una tradición que no es posible separar de su condición, primero aragonesa y luego  española, y de las aportaciones que la emigración del resto de España ha dejado en aquella tierra de emprendedores y comerciantes, sin incurrir en una falsificación histórica escandalosa.

El nacionalismo catalán, surgido en el turbulento siglo XIX y fermentado durante los últimos cuarenta años gracias primero a la irresponsabilidad de los padres de la constitución y después a los intereses electorales de los sucesivos gobiernos de uno y otro signo, está basado en una sucesión interminable de mentiras colosales y burdas, que a fuerza de repetirse ad nauseam por los diferentes medios de comunicación públicos y privados –todos vasallos de la Generalidad- y por los libros de texto en los colegios ha adquirido consistencia en la mente de dos generaciones de catalanes que ya no se sienten españoles.

Cataluña jamás fue un reino, jamás fue independiente de Aragón o de España y nunca ha sido reconocida como nación  por estado o nación alguna. Pero es que tampoco lo pretendió hasta ahora. El referente histórico de los separatistas resulta ser un edil que luchaba porque la casa de Austria mantuviese la corona de España en la guerra de sucesión. Luchaba en nombre de España, perdió y murió jubilado como Notario en Barcelona y recientemente sus descendientes reivindicaban su condición de patriota español.    Y los que pretenden pasar a la historia como los próceres del nuevo estado independiente son el ejemplo más escandaloso de corrupción política de la historia de España, que sin embargo ha gozado hasta ahora de una vergonzosa impunidad.

El separatismo catalán es fruto de la expansión impune de una serie de mentiras consentida en los últimos cuarenta años  por los gobiernos de España según su conveniencia electoral. La mentira está en su origen, la mentira, el engaño, la corrupción y el latrocinio ensucia a sus promotores y la mentira ampara su último envite, prometiendo un estado próspero y europeo en lugar de una sima profunda de miseria y división que es lo que sería una Cataluña separada.  

La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. La mentira, su difusión indiscriminada y la ausencia de una clara contradicción suele acabar en una frustración colectiva. Si no, que se lo digan a Goebbels.


LFU 

8 de septiembre de 2015

Villalobos.

Si Agustín de Foxá hubiera conocido a Celia Villalobos, seguramente habría superado en su semblanza aquella célebre de Azaña en su inolvidable Madrid de Corte a Checa. Y es que confluyen en este cutre y rancio personaje todos los rasgos que definen uno de los tipos humanos más despreciables de nuestra piel de toro: el clásico merdellón[1] malacitano.

La condición de merdellón o merdellona lleva consigo la negación de toda clase, estilo o elegancia. La antítesis de la prudencia y la ausencia absoluta de pudor.  Basta recordar el célebre vídeo en el que demuestra el mezquino trato que dispensa a sus servidores para ver la incapacidad del personaje para mantener una mínima compostura o dignidad.

Por supuesto, los integrantes de esta singularísima categoría social suelen padecer un exceso de soberbia y desconocen la humildad. Como muestra  de lo anterior, valga el botón de la inexistencia de disculpa alguna tras ser pillada in fraganti jugando al “Candy crush”  en una sesión del pleno del Congreso de los diputados.  

Para ser un perfecto merdellón es necesario tener dinero. Villalobos lo tiene por partida doble, ya que además de cobrar un sustancioso sueldo público por jugar a videojuegos en el Congreso, está casada con Pedro Arriola, el rey de las alcantarillas, el brujo de Mariano Rajoy, el mejor adivinador del pasado que conocieran los tiempos, cuyos honorarios a cargo del partido popular superan el millón de euros anuales.   Y es que el perfecto merdellón es reconocible más que nunca cuando trata de lucir su patrimonio, pues se convierte en luminoso escaparate del mal gusto y de la zafiedad. Como decía Manuel Machado,  “no se ganan, se heredan, elegancia y blasón” y la falta de educación no se disimula, sino todo lo contrario, con la abundancia patrimonial.

Villalobos, el epítome de la vulgaridad y del mal gusto, el símbolo supremo de la mediocridad del ser humano, ha comparado en su último rebuzno político a Artur Más con Francisco Franco, a quien en un alarde de valentía y arrojo ha calificado nada menos que de “nazi que expulsó a los andaluces” (aún no sabemos a cuántos, de dónde y a dónde). Es natural. Los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance. Y qué duda cabe que Franco, aquél hombre al que su marido desde el Frente de Juventudes y ella atacaron con tanta “saña” y riesgo de sus vidas, está a años luz de su pequeña humanidad.

Hace bien poco, Villalobos, que en su defensa del aborto tanto se acerca a algunos de los postulados eugenésicos nazis, expulsó de su partido a quienes se opusiesen al aborto. Hoy le ha echado otra manita a su jefe para ver si acaba de perder esa parte residual del votante de derechas, impermeable a lo políticamente correcto, que seguía votando con una pinza en la nariz a un partido que, con personajes como ella, ha perdido cualquier respeto por sí mismo.  

LFU




[1] Merdellón (del francés merd de gens):

4 de septiembre de 2015

He vuelto

He vuelto.  Me resistía a retomar la pluma, adormecido aún por las olas de la mar, pero la entrevista de esta mañana al miserable Artur Mas en Ondacero me ha despertado del letargo.

Llegaba tarde a una reunión y no he podido escucharla entera. Pero me bastaba lo oído.  El anuncio público y descarado de la próxima comisión de una serie de delitos de máxima gravedad, que habrán de culminar con la secesión de una parte del territorio nacional. La crónica anticipada de un delito anunciado.  La escandalosa confesión pública de la existencia de una conspiración para cometer un delito por quien tiene la posibilidad de hacerlo.

Adormecido aún por los ecos estivales, he llegado a pensar ingenuamente que la policía interrumpiría la emisión y detendría de inmediato al malhechor por orden de la fiscalía para ponerlo a disposición judicial.

He imaginado qué hubiera pasado si Antonio Tejero Molina hubiera sido entrevistado en enero de 1981 y hubiera desgranado paso a paso su plan para entrar en el Congreso como fue expuesto en el piso de General Cabrera ante Armada y los demás. El final de todo sería un gobierno de concentración para cambiar el rumbo del sistema. Imposible ucronía, ya que ni siquiera Tejero sabía lo que estaba detrás de su operación táctica.  Pero lo que todos sabemos –o no- es que Tejero no hubiera terminado la entrevista. Ya lo habían detenido y condenado por una conversación de café en el que hablaba de la posibilidad de un golpe de timón.

Pero he salido de la reunión, he consultado la prensa digital y España, su gobierno y sus instituciones siguen anestesiadas. Me gustó el artículo de Alfonso Guerra y su andanada contra el gobierno por su inacción ante un golpe de Estado a cámara lenta. Más que el de Felipe, dando lecciones extemporáneas que debiera haberse aplicado a sí mismo en su día. Nada de lo dicho ha excitado el carísimo celo de la Fiscalía General del Estado.

Me he acordado de la paralela que recibí anteayer de Hacienda y he pensado que no somos nadie. He pensado en el artículo 14 de la Constitución, ese que habla de la igualdad de todos los españoles ante la ley y me he sorprendido a mí mismo esbozando una escéptica  sonrisa. Me he acordado de la imagen de Rato mil veces repetida entrando cabizbajo en un coche policial y de la imagen idílica de los paseos del “honorable” Pujol y su mujer por la Costa brava.

Y me he acordado que dentro de nada, hay elecciones. Y ni España, ni el Estado de Derecho valen una higa cuando se trata de decidir quién será el próximo inquilino de la Moncloa. Tú tranquilo, Mariano, que cuando todo se haya consumado, a lo mejor ya no tienes que hacer nada más que fumarte un puro.

Bienvenidos queridos lectores, a este nuevo curso, que promete ser intenso.


LFU 

28 de julio de 2015

Conspiración y Estado de derecho*

La seguridad jurídica es una de las notas consustanciales a todo Estado de derecho. Los ciudadanos necesitan disfrutar de un grado razonable de certeza y confianza en las normas jurídicas que regulan su convivencia y en la estabilidad del ordenamiento y disponer de un grado admisible de previsibilidad de las consecuencias del incumplimiento de las leyes, como elemento disuasorio de su violación.

En los últimas tiempos, los españoles –y con mayor conocimiento de causa los juristas- asistimos atónitos a una perversión de la seguridad jurídica en función de razones de oportunidad o conveniencia política establecidas por el gobierno de turno, encargado de cumplir y hacer cumplir la legalidad vigente.

El recién anunciado pacto entre Convergencia Democrática de Cataluña y Esquerra Republicana para una candidatura única -cuya letra pequeña no se ha hecho pública- incluye la secesión de una parte del territorio nacional en un plazo de seis meses según declaración pública del propio Presidente de la Comunidad Autónoma catalana. Es decir, con luz y taquígrafos se hace público un insólito pacto para cometer un delito de rebelión o, cuando menos, de sedición, de los regulados en los artículos 472 y 544 del Código penal, lo que implica ya la comisión del delito en grado de conspiración.

No se requiere ningún análisis sesudo de los hechos para llegar a esa conclusión, que obtendría  cualquier estudiante de primero de derecho.  Cierto es que el tipo penal del delito de rebelión exige que la declaración de independencia de una parte del territorio nacional venga precedida de un alzamiento «violento y público», y es la nota de la violencia lo que dificulta el correcto encaje de los hechos en ese tipo penal. Ello nos lleva a considerar como tipo penal más plausible el de sedición «Son reos de sedición los que, sin estar comprendidos en el delito de rebelión, se alcen pública y tumultuariamente para impedir, por la fuerza o fuera de las vías legales, la aplicación de las Leyes o a cualquier autoridad, corporación oficial o funcionario público, el legítimo ejercicio de sus funciones o el cumplimiento de sus acuerdos, o de las resoluciones administrativas o judiciales.». Y en cuanto al grado de conspiración resulta palmario, a tenor de lo dispuesto en el artículo 17 del Código penal «La conspiración existe cuando dos o más personas se conciertan para la ejecución de un delito y resuelven ejecutarlo.»

Sorprendentemente –o no, ya que la sorpresa requiere una previa expectativa de lo contrario- la noticia no ha excitado suficientemente el celo de la Fiscalía General del Estado, ni del Ministerio de Justicia, imbuidos todos ellos por el dontancredismo impuesto por el Presidente.

Es legítimo preguntarse cuál sería la respuesta del Estado si en lugar de tratarse del Presidente de una comunidad autónoma, se hiciese pública una conspiración de café para subvertir el Estado de Derecho por parte de un grupo de militares y civiles. La respuesta a tan retórica pregunta nos da la medida de que el Estado de derecho no funciona en España, o peor aún, lo hace o no en función de las conveniencias electorales de cada momento y lo que es casi peor, en función de la identidad de quien lo desafía.

Reza el dicho proverbial que «vale más prevenir que curar». El Estado de derecho no funcionó el 9 de noviembre de 2014 como funciona cuando un contribuyente comete un error en su declaración de la renta o sobrepasa el límite de velocidad.  No hubo nadie en la trinchera de la ley y los que retaron al Estado de derecho cosecharon una lamentable victoria moral. 

Ahora hay razones de sobra para temer que seguirá en fase durmiente a ver si el tiempo o la ventura le arreglan las cosas a un Presidente que parece no ser consciente de que puede que haya dejado de serlo cuando otros quieran consumar un delito para el que ya están públicamente conspirando. Para entonces, puede ser demasiado tarde, no para el Presidente, sino para España.


* (El artículo, escrito sobre la base de la entrada anterior, fue enviado a ABC pero finalmente no se ha considerado su publicación por la dirección) 


Luis Felipe Utrera-Molina Gómez.                          

16 de julio de 2015

El Pacto Mas-Junqueras y la conspiración para delinquir

El recientemente anunciado pacto entre Convergencia Democrática de Cataluña y Esquerra Republicana, cuyo texto aún no se ha hecho público aunque se publicita en la página web de CDC, constituye de por sí un flagrante delito de rebelión en grado de conspiración.
No se requiere ningún análisis sesudo de los hechos para llegar a esa conclusión. Basta con leer los siguientes artículos del Código penal:
Artículo 17.
1. La conspiración existe cuando dos o más personas se conciertan para la ejecución de un delito y resuelven ejecutarlo.
3. La conspiración y la proposición para delinquir sólo se castigarán en los casos especialmente previstos en la Ley.
Artículo 472.
Son reos del delito de rebelión los que se alzaren violenta y públicamente para cualquiera de los fines siguientes: (…)
5.º Declarar la independencia de una parte del territorio nacional.
Artículo 477.
La provocación, la conspiración y la proposición para cometer rebelión serán castigadas, además de con la inhabilitación prevista en los artículos anteriores, con la pena de prisión inferior en uno o dos grados a la del delito correspondiente.

Del texto de los mencionados artículos se deduce sin especial esfuerzo hermenéutico que

(i) la declaración de independencia de Cataluña constituye delito de rebelión o, como poco, si se entendiese que no existe violencia, de sedición del artículo 544 del Código penal.
(ii) el pacto por el que se compromete la secesión de Cataluña del Estado español constituye una conspiración para cometer un delito de rebelión; y
(iii) que el delito de rebelión es de aquellos castigados en grado de conspiración.
  
Sorprendentemente –o no, ya que la sorpresa requiere una previa expectativa de lo contrario- la noticia no ha excitado el celo de la Fiscalía General del Estado, ni del Ministerio de Justicia, imbuidos todos ellos por el dontancredismo impuesto por Rajoy.

¿Actuarían de la misma forma dichas instituciones si se descubriera una conspiración similar en una conversación de dos tenientes coroneles en una cafetería?

La respuesta a tan retórica pregunta nos da la medida de que el Estado de derecho no funciona en España, o peor aún, lo hace o no en función de las conveniencias electorales de cada momento.

No en vano reza el dicho proverbial que “vale más prevenir que curar”. El Estado de derecho ya hizo dejación de funciones el 9 de noviembre de 2014 y mucho me temo que seguirá en fase durmiente a ver si el tiempo le arregla las cosas a Rajoy, que parece no darse cuenta de que, presumiblemente, ya no presidirá el  gobierno de España cuando otros quieran consumar un delito para el que ya están públicamente conspirando. Para entonces, puede ser demasiado tarde.


LFU